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Dos Titanic buscan iceberg

Felipe González y Pedro Sánchez, en una foto de archivo. Ampliar foto
Felipe González y Pedro Sánchez, en una foto de archivo. AFP

Pablo Iglesias, fundador del PSOE, murió en su casa de Ferraz, donde muchos años después se levantó la sede del partido. Lo recuerda una placa que hay en la entrada y un busto enorme de su cabeza. Ese busto pertenecía a una estatua que le honraba en Madrid y que fue destruida después de la victoria de Franco. Su material se usó para construir los muros del Retiro, pero dos obreros salvaron la cabeza de Iglesias: la enterraron en unos jardines —tuvo que ser un esfuerzo digno de un mafioso en Nevada: la cabeza mide más que Joe Pesci— e hicieron un plano que entregaron a un amigo de Iglesias, Gabriel Pradal. La familia Pradal guardó el mapa durante 40 años y, tras la llegada de la democracia, lo entregó al partido. Hoy, nada más entrar en Ferraz, esa inmensa cabeza de Pablo Iglesias recibe al visitante y le recuerda lo difícil que es acabar con el PSOE: ni la dictadura destruyó la estatua de su enemigo.

Con el Partido Socialista solo puede acabar el Partido Socialista. Ahora lo está intentando con tantos esfuerzos que terminará por rendirse y sobrevivir cien años más. El espectáculo de ayer lo certifica. Atrajo a decenas de curiosos a Ferraz y los coches que pasaban por allí y veían el jaleo hacían sonar los habituales pitidos futboleros. Cuando la sede se abrió a los periodistas aquello parecía un castillo soltando el puente levadizo. Dentro, el silencio sepulcral de las iglesias abandonadas, de los lugares poblados de dioses a los que se le empieza a extinguir el culto. Había rueda de prensa del secretario de Organización, César Luena, que al dirigirse a la sala pasó por delante de otro mapa muy diferente del que guardó la familia Prada; el mapa de evacuación de la sede en caso de urgencia.

Ya delante del micrófono Luena explicó una burocracia que se resumía en un “no nos moverán” al que le faltó la guitarra mientras citaba artículos de los estatutos. Cuando le preguntaban por la abstención, Luena hacía algo que suelen hacer los cargos afines a Sánchez si hay que responder a eso: garabateó algo —¿una palabra?, ¿un pene?— y lo rodeó con un circulito. Fuera, en las terrazas, una mesa hablaba de Sánchez como debieron hablar los obreros del Retiro cuando decidieron salvar la cabeza de Pablo Iglesias mientras hacían la tapia con el cuerpo. El ambiente era el de un golpe de Estado trasladado a un partido con toques de tragicomedia. Se supo que Sánchez había resistido cuando el Twitter oficial del PSOE, tras un silencio de horas, anunció la rueda de prensa de Luena: los medios anunciaron que la cuenta seguía en manos de los oficialistas como si el Rey hubiese aparecido en TVE. El hombre de Susana Díaz, encargado de llevar las firmas, salió de la sede sofocado: no le habían dejado entrar en el despacho. Al salir miró de reojo la enorme cabeza de Iglesias, que parecía echar de menos la paz de los jardines. El PSOE, hoy, es un partido dividido en dos Titanics peleándose por un trozo de iceberg.