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Las cuatro esquinas

El discurso del presidente-candidato fue el mejor argumento para negarle el voto

Mariano Rajoy durante la segunda votación de Investidura de este viernes. Ampliar foto
Mariano Rajoy durante la segunda votación de Investidura de este viernes. EFE

Conviene abordar el análisis de las distintas responsabilidades, pero tampoco cabe olvidar que el sistema electoral vigente, sin prima alguna para el partido más votado, induce a que en el tetrapartito, cada uno de los competidores tenga que atender a la amenaza, no solo de sus oponentes, sino de los vecinos políticos. La espada de Damocles que representa Podemos para el PSOE en la izquierda, e incluso el aliado crítico que es Ciudadanos para el PP, son prueba de tales efectos limitativos de la libertad de acción. Por algo, fiel por lo demás a su insuperable egolatría, Mariano Rajoy ha ninguneado en su discurso la incidencia de Ciudadanos sobre su proyecto de gobierno.

El caso de Podemos es todavía más grave, favorecido por la rigidez de Pedro Sánchez. Su “leninismo amable”, heredero del legado de la Tercera Internacional, se ha dirigido antes que a deponer a Rajoy, a practicar el abrazo del oso con el pariente próximo, porque ya se sabe que en el corazón de la socialdemocracia anida la traición y que su papel histórico consiste en ser absorbido por los verdaderos revolucionarios. Así Podemos, hasta en el gesto caricaturesco —ya lo anticipó Marx— de levantar el puño al pasar delante del Gobierno, y desde el mismo 20-D, se ha convertido en el mejor aliado del presidente en funciones. No debe extrañar que Pablo Iglesias le piropee y el otro muestre su satisfacción. Su “clase contra clase”, ahora enmascarado como “gente contra IBEX 35” es un aval decisivo para Rajoy. La única baza que le queda a Podemos es seguir atizando la fragmentación de España, con la autodeterminación leninista disfrazada de “derecho a decidir”. Lo que Trotski dijo de Stalin, “gran organizador de derrotas”, encuentra aquí plena aplicación.

El discurso del presidente-candidato fue el mejor argumento para negarle el voto. Todo ha ido con él en el mejor de los mundos, salvo en el riesgo para la unidad de España, a cuya defensa convoca a todos en un frente nacional. Con tópicos que huelen al pasado y sin una propuesta positiva. ¿Prefirió el electorado al PP o dejó claro mayoritariamente su rechazo? ¿Es insuperable su política anticorrupción? ¿Cabe cantar victoria en la política económica con la deuda disparada? En suma, un personaje así no debe gobernar, si no queremos estar abocados al riesgo que él mismo denuncia de fractura del Estado.

Pero Sánchez, claro, al explicar el diagnóstico, no supo concretar una alternativa creíble. Era el momento para responder al reto de la unidad con esa propuesta federal siempre retenida. Y sin generar expectativas razonables, el no del PSOE, extendido además temerariamente de Rajoy a todo el PP, lleva a una vía muerta. Con o sin terceras elecciones.

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