Operación 'Virgencita'

Sánchez, Iglesias, Rivera y Santamaría, en el debate de Atresmedia.
Sostiene Mariano Rajoy que su álter ego, Soraya Sáenz de Santamaría, ganó el debate a cuatro del pasado lunes; al tiempo, ha pitado fuera de juego definitivo en estas elecciones para Pedro Sánchez.
El hombre que ha exhibido su fobia a debatir con sus rivales ante millones de electores, tanto en EL PAÍS como en Atresmedia, se erige en árbitro. En Doñana, desde la poltrona, ha diseñado, en contacto con sus asesores, el ataque final. En Sevilla, al día siguiente de que se pinchara el globo de Soraya, ha presumido en tierra hóstil a Sánchez de que el candidato socialista ya está fuera de combate.
Y habida cuenta de la arbitrariedad que supone alardear de la victoria de su enviada especial cuando en realidad ha decepcionado hasta a sus propios votantes, ¿no va a ser que el candidato del PSOE salió mejor parado de lo que dicen Rajoy y los medios de comunicación?
Rajoy, pues, ha empezado a "preparar" el ambiente mediático para el debate con Pedro Sánchez del próximo lunes, día 14, dando el titular a los medios de que ya da por muerto a su rival. O mejor: que el candidato del PSOE llegará al lunes 14 hecho jirones de su enfrentamiento con Pablo Iglesias, Albert Rivera, y last but no least, Soraya.
Veamos la secuencia de la estrategia de Rajoy.
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Ya en en los festejos del día de la Constitución, se lo "anticipó" a Iglesias: "Váis muy bien en las encuestas, como nosotros". Pedro Arriola, el cerebro de Rajoy, creía que la ronda de debates desgastaría a Sánchez por sobreexposición y cansancio de la audiencia. Y que los tres gladiadores secundarios se harían daño entre sí, dejando a Rajoy en excelentes condiciones para el duelo central. La fórmula elegida se resume en esta frase: ¡Virgencita, virgencita, que me quede como estoy!".
Después del espectáculo, razonan los asesores del presidente, tras la novedad de los debates, ¿que quedará? Pues una sensación de vacío y de generalidades.
Incluso, mira por dónde, las noticias sobre los claroscuros de la recuperación económica de España, aireados por la Comisión Europea, como la previsión de incumplimiento del déficit fiscal en 2015 y 2016, y la recomendación de otra vuelta de tuerca de la reforma laboral, no son interpretadas en clave negativa por el equipo de Rajoy. ¿Por qué?
Porque dicen: ¿Quién ha sabido lidiar durante estos cuatro años con Bruselas?
Que hay a corto plazo un ajuste pendiente, según Bruselas, superior a 5.000 millones de euros, y ello exige nuevos recortes, pues esto hay que saber arreglarlo, tener la astucia y la confianza política de la Comisión Europea para hacerlo.
El asunto, empero, no es baladí. Porque un ajuste similar es el que asumió, tras el primero, ejecutado el 12 de mayo de 2010, José Luis Rodríguez Zapatero, al recibir la carta de Jean-Claude Trichet, entonces presidente del Banco Central Europeo (BCE), el 5 de agosto de 2011, cuando los mercados atacaban el bono público español en los mercados secundarios. El ajuste del 0,5% del Producto Interior Bruto fue el nuevo precio a pagar para que el BCE comprara bonos públicos a fin de bajar la prima de riesgo a tres meses de las elecciones generales del 20-N.
¿Y de quién es responsabilidad que sea necesario seguir ajustándose?
¿Funcionará la Operación Virgencita para asegurar la victoria, aunque sea frágil, del PP? ¿Y garantiza esa victoria la supervivencia de Rajoy?
Depende de cómo se estratifica, caso de ser cierto, el cálculo del CIS sobre la existencia de un 41,6% de indecisos. Y de cómo se perfila la fuerza política que avanza transversalmente sobre los dos pilares del bipartidismo, el PP y el PSOE, al mismo tiempo. Es decir: Ciudadanos.
A saber: ¿ha llegado Rivera a su techo en la captación de votantes del PP? ¿Sigue avanzando ahora sobre los indecisos del PSOE? En cuanto a Podemos, hará probablemente unos resultados mejores a los que se le han vaticinado.
Lo que resulta posible avizorar es que la manida frase de que nada será igual después del 20-D, se juegue con las combinaciones que se quiera jugar, va camino de convertirse en realidad.

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