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La otra Alba: felipista, machadiana, rompedora, bética...

El autor, alcalde de Sevilla entre 1999 y 2011, recuerda su relación con la duquesa

Cayetana de Alba, en una imagen de 1961 en Madrid. Ampliar foto
Cayetana de Alba, en una imagen de 1961 en Madrid.

Nunca me sentí como el clásico político acomodado entre las caricias de la aristocracia. Las diferencias entre el mundo que ella encabezaba y el que yo representé eran abismales. Pero la duquesa, por rebelde, y yo por vestir el cargo, hacíamos como de 'agente doble' (es un decir). Y ahí nos encontrábamos. Por eso a mí en este momento, a bote pronto, solo me sale contar un rosario deslavazado de anécdotas convividas. No servirán para entender al personaje de papel cuché, pero a lo mejor sí a comprender que la persona no era, ni para bien ni para mal, la caricatura simplona que se reflejó.

Felipista

Ya la primera vez que almorzamos en su casa de la calle Dueñas, Cayetana —como para romper el hielo— me soltó a bocajarro: “Una cosa, presidente (yo lo era entonces de la Diputación): no le voy a decir que yo sea socialista, ¿verdad?, pero sí le digo que soy felipista, sí señor”. Ahí quedó. Años después se me quejaba- ella, la aristócrata por antonomasia, la terrateniente, anticomunista genéticamente- porque quería conocer a Antonio Rodrigo Torrijos (IU) y no entendía que este no se le acercara a saludarla. “Es teniente de Alcalde y yo no le he hecho nada a ese hombre ni él a mí”. Ni el rebote que pilló con las protestas del SOC, el Sindicato de Obreros del Campo de Juan Manuel Sánchez Gordillo, a las puertas de las Medallas de Andalucía le hicieron refugiarse en la caverna. Sé que mandó despedir a uno de sus administradores por faltar al respeto gravemente a los presidentes Zapatero y Chaves en cierta ocasión.

Machadiana

Se volcó con las conmemoraciones en Sevilla de la Red de Ciudades Machadianas (todas las ciudades donde Machado vivió) que presidíamos. A pesar de su amor a la sangre de los toros y al humo de los altares, más que a los alamares las sedas y los oros, con nosotros parecía —como don Antonio— más de don Giner que de don Guido. Se la notaba muy a gusto con los que no éramos de su mundo y especialmente con aquella gauche divine local y universal que, antes y después de casarse con Aguirre, pasó en muchas ocasiones por aquellos patios donde madura el limonero. Eran, frente a los de la vieja y tahúr, zaragatera y triste, los de la España que alboreaba, la de la rabia y de la idea.

Ciudadana

Muchas veces —sobre todo cuando ya estábamos en la Alcaldía— recibí cartas con sucinto membrete ("Alba") escritas a mano con su letra picuda. Intercedía en ellas por estos o aquellos colectivos que confiaban en su influencia para cosas benéficas y sociales. Y era a la vez taurina y animalista. Recuerdo la autorización que nos solicitó para que los coches de caballo pudieran invadir las zonas peatonales en verano a fin de colocar a la sombra a los animales. A veces ella misma mandaba comprarles pienso para que no se comieran la corteza de los emblemáticos naranjos de las calles de Sevilla. Me insistía sobre mi obligación de impedir que se derribaran las viejas casas del centro. Y no terminaba de quedar convencida cuando le contestábamos que todo lo moderno que habíamos hecho lo habíamos levantado sobre solares o espacios derruidos, nunca tirando nada. Asentía, pero creo que hubiera preferido unos buenos 'pastiches'.

Rompedora

Le encantaba ser rompedora. Provocadora, incluso, a veces. En todo. Quería sentirse fiel heredera de aquella que posó desnuda y vestida para Goya. No entraré aquí en cuestiones mayores. Pero sí que nos llamó por teléfono para que le ayudáramos a salirse con la suya en cuanto a su última boda. De vez en cuando nos soltaba, como quien no se daba cuenta, lo atractivo que era aquel mozo…o su marido, su yerno, su novio…

En muchas ocasiones, ya con lo de la cadera, cuando salía de un acto social o ciudadano- siempre se podía contar con su solidaridad- se enganchaba de mi brazo. Hablábamos profundamente de Sevilla, de sus virtudes y de sus problemas. Pero cuando yo pretendía ahorrarle el agobio de los paparazis, cambiaba el tercio, me pegaba un tirón hacia ellos y me decía: "Deja, Alfredo. Si a mí me gusta".

Bética

A las duras y a las maduras. Del Mucho Betis y del manque pierda. Estábamos ambos en el Calderón cuando el Betis ganó la Copa de Rey y nos dimos un largo abrazo. Y en el palco de Heliópolis nos quedamos la Duquesa y yo aguantando el chaparrón cuando el descenso. El presidente del club ya no acudía y al vicepresidente le dio una arritmia. Los aficionados solo tenían nuestras caras conocidas para desahogar su ira. Le dije a Cayetana que se fuera… pero no quiso dejarme solo. Y allí estuvimos hasta el final, encajando los gritos de los más exaltados a través de las botas de los antidisturbios, subidos en el murete delantero de aquel palco.

Al fin…

La acompañamos cuando falleció Jesús Aguirre, con el que compartimos algunos intensos ratos de sus últimos meses. Y fue en Liria, y luego en Loeches, helándosenos el corazón de las dos Españas, cuando asumimos al fin nuestras enormes contradicciones y la complejidad no ya del personaje, ni de la persona, sino de la vida misma: “No le des más vueltas Cayetana: eres, por encima de todo y de todos, una sevillana en Madrid. Y ya está”. A partir de ahí, otra vez se puso el mundo por montera. Ahora andará diciendo, paradójicamente, como la madre del poeta cuando iba al encuentro de la muerte igualitaria: “Hijo, ¿cuándo llegamos a Sevilla?”.

Alfredo Sánchez Monteseirín es Médico Inspector de Servicios Sanitarios en el Instituto de Salud Carlos III de Madrid. Fue Alcalde de Sevilla entre 1999 y 2011.

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