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Pique de ‘juniors’ frente al ‘senior’

Pedro Sánchez, Eduardo Madina y José Antonio Pérez Tapias debaten para liderar el PSOE

De izq a der, Pedro Sánchez, Eduardo Madina y José Antonio Pérez Tapias. Ampliar foto
De izq a der, Pedro Sánchez, Eduardo Madina y José Antonio Pérez Tapias.

Lo habían dicho los tres, cada uno por su lado. Querían un debate de guante blanco. Sereno. Leal. Limpio. Fraternal, incluso. Y así fue, más o menos, si aceptamos que los guantes no fueron de látex, puesto que aunque no hubo sangre, sí algún que otro arañazo de contacto. Que cada uno barrió para su casa, a pesar de se supone que son hijos de la misma madre. Y que los hermanos no eran biológicos, sino políticos, y con los cuñados, ya se sabe: en cualquier momento puede saltar la chispa. Sobre todo, entre los jóvenes. Así las cosas, la entrevista a tres bandas, más que debate, entre los candidatos a secretario general del PSOE, se saldó con un no por cortés menos evidente pique de divos. Una sucesión de andanadas entre los júniorsPedro Sánchez y Eduardo Madina—, que se disputaron la condición de gallo del corral socialista, ante la mirada entre asombrada y divertida de “qué bien me crecen los chicos” del senior de la granja, José Antonio Pérez Tapias, cuyas palabras fueron, al final, las más aplaudidas.

“Me ningunean, luego existo. (Descartes, repensado)”, había escrito en su cuenta de Twitter Pérez Tapias, decano de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Granada, horas antes de la cita, a la que llegó por los pelos y con los avales justos. Perfectamente consciente de no tener nada que perder en el empeño y sí mucho que llevarse puesto. Así llegó a Ferraz el docente. Profesoral, sabio, descreído, con su chaqueta de hilo gris plomo a juego con las canas de su melena de viejo izquierdista, dispuesto a hablar y a escuchar, a enseñar y a aprender, como quien va a un congreso de filosofía presocrática.

Antes habían llegado los chicos, como son ellos, marcando el territorio cada uno en su estilo. Pedro Sánchez, a cuerpo gentil, exultante con su camisa blanca como inmaculada bandera, saludando a las piedras y estrechando la mano hasta a un par de jubilados que mataban el tiempo en un banco de la calle y se quedaron un buen rato pensando quién sería ese tipo tan simpático y bien plantado.

Madina, vasco de cuna y british de espíritu, arribó como arriba él a los sitios, entre melancólico, escéptico e irónico, con la chaqueta de coderas que usan los de su tierra cuando refresca y que se quitó para arremangarse ante el atril de la disputa después de posar los tres para el photocall del magno acontecimiento, como estrellas de una película de intriga política de Aaron Sorkin.

Fue ahí, en el sótano del cuartel general de sus mayores, escenario de tantas victorias y debacles electorales, cuando los júniors empezaron a repartirse civilizadamente mandobles mientras el senior ponía los puntos sobre las íes apelando a la historia de su partido. Ahí, ante 99 de los suyos —33 militantes escogidos por cada uno de los tres candidatos— y 150 periodistas con el cuchillo entre los dientes, Sánchez y Madina sacaron los espolones y se midieron la cresta cuerpo a cuerpo.

La cosa iba, para variar, del “y yo más, y tú menos”. A ver quién es más militante de base. A ver quién se ha recorrido más kilómetros y más sedes. A ver quién es más feminista y menos casta. A ver quién dijo antes “un militante, un voto”. A ver gracias a quién estaban allí reunidos, hermanos en la fe socialista. No hubo acuerdo, obviamente. Y es que, pese a que Madina sacó pecho al respecto, parece que, aquí y en Pekín, una vez asumidas por la mayoría, las buenas ideas no tienen dueño.

Quedó claro, eso sí, que Sánchez es el más hambriento y va a por todas: secretario general, candidato a las primarias y presidente del Gobierno, a su debido tiempo. Que Madina prefiere dar un paso detrás de otro, y calibrar las fuerzas propias y ajenas en cada momento. Y que Pérez Tapias, filósofo hasta en eso, es el Montesquieu de la contienda y apuesta por la separación de poderes: secretario general, sí; pero que aparten de él el cáliz de la candidatura a la presidencia del Gobierno y lo asuma otro.

Al final, tres de la tarde clavadas, espantada general hacia los bares de la zona, que esperaban la avalancha de parroquianos con la plancha al rojo. Es poco previsible que ninguno de los 33 partidarios de cada candidato cambie su voto visto lo visto y oído lo oído. Otra cosa será cuando se materialice por fin el mantra de un militante, un voto. Arriba, en los despachos de la sede socialista, a los exhombres y mujeres fuertes de la casa —Rubalcaba, Valenciano, López— seguro que les pitaban los oídos en estéreo en la atmósfera climatizada de sus guaridas de estío.

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