Selecciona Edición
Selecciona Edición
Tamaño letra

La muerte resucita el mito

Miles de personas presentan sus respetos al padre de la democracia

Su ausencia de la vida pública los últimos 11 años agiganta su figura

Jesús Posada, presidente del Congreso, junto a un ciudadano que espera su turno para despedirse del presidente Adolfo Suárez.

Apuesto, decidido, valiente. En la gloria del poder o el infierno de la oposición. Aclamado por todos o negado hasta por los más próximos. Pero eternamente jovial, sano, inmarchitable en la memoria colectiva. Así quiso su familia que se recordara a Adolfo Suárez. Y así lo evocaron este lunes los miles de personas que aguantaron dos, tres, cuatro horas de cola a pie derecho en medio de un frío disuasorio para agradecerle al expresidente los servicios prestados. Fue el último baño de masas de un hombre cuyo retiro obligado por la enfermedad le privó de saborear las mieles del reconocimiento en vida. Pero también de las hieles del declive, la controversia y el olvido. La muerte biológica, después de 11 años purgando sus pecados en el limbo público, ha resucitado el mito.

José Manuel y Eduardo, de 21 y 20 años esperan en la fila para rendir homenaje a Suárez. ampliar foto
José Manuel y Eduardo, de 21 y 20 años esperan en la fila para rendir homenaje a Suárez.

Un féretro de madera clara, austero y sencillo como fue su morador en vida, esperaba a quien quisiese despedirle. Alrededor, en posición de firmes, casi desnucados de mirar tan alto, cinco hombres y mujeres jóvenes —tres representantes de los tres Ejércitos, uno de la Guardia Civil, y otro del Cuerpo Nacional de Policía— custodiaban orgullosos al difunto. A la derecha, la familia, una veintena de deudos, de ancianos a adolescentes, serenos y conformes después de días esperando el desenlace. A la izquierda, las autoridades, cariacontecidas, haciendo guardia permanente para no dejar nunca solo ni al finado ni a los suyos. Y enfrente, incesante, un goteo de rostros anónimos de todas las edades y pelajes proclamando alto y claro, con su clamoroso silencio, el respeto de un país al padre de su democracia.

“Gracias, presidente”, era el mensaje más repetido en los libros de condolencias a disposición del público que entraba, por una vez, en la sede de la soberanía popular por la mismísima Puerta de los Leones, pisando la misma alfombra que los Reyes, los Príncipes y los padres de la patria. “Por la libertad”. “Por el compromiso”. “Por la decencia”. “Por hacer realidad nuestros sueños”, añadían otros antes de estampar su rúbrica con los dedos ateridos tras la espera al raso.

José Manuel y Eduardo, dos chicos de 20 y 21 años, se habían fumado sus clases de Derecho en la Complutense y se habían engalanado de traje y corbata negra a tal efecto. “Qué menos que vestirse correctamente para despedir a un presidente histórico al que le debemos el poder elegir libremente a nuestros representantes”, argumentaban, muy serios, antes de negarse, conscientes de sus derechos constitucionales, a responder a quién habían votado por primera vez en las municipales de 2011.

Cerca, en la cola, Aurelio, un nonagenario natural de Cebreros, pueblo natal del difunto expresidente, le confesaba al presidente del Congreso, Jesús Posada —que salió varias veces a saludar a la concurrencia a cuerpo gentil, arriesgándose a pillar una pulmonía— que “Adolfo”, el homenajeado, “apuntaba alto desde chico”.

Todos ellos, jóvenes y ancianos, aspiraron el mareante aroma de las docenas de coronas de flores —desde la de sus hijos y nietos, a la del último ayuntamiento del último pueblo del mapa— que inundaban el Salón de los Pasos Perdidos. La última escala en la Tierra del expresidente antes de ser trasladado, hoy, a la catedral de Ávila, donde recibirá sepultura junto a su esposa, Amparo Illana, fallecida en 2001, y cuyos restos fueron trasladados al efecto desde la capilla abulense de Mosén Rubí, donde reposaban hasta ahora.

Todos vieron, ante el ataúd, el Toisón de Oro, la máxima distinción real, otorgada a Suárez por el Rey, y devuelta este lunes a la Corona por su hijo. También la medalla de la Orden de Carlos III, la máxima distinción del Gobierno, otorgada por el Consejo de Ministros al finado el mismo día de su óbito. Pero lo que nadie vio, porque así lo quiso la familia, fue al presidente muerto. El féretro, a diferencia del del expresidente Leopoldo Calvo Sotelo y otros dignatarios fallecidos, estaba cerrado.

Esa elipsis, ese velo, empezó a correrse hace casi 11 años. Fue el 2 de mayo de 2003, en Albacete. Un ufano Adolfo Suárez presentaba a su hijo mayor, Adolfo, como cabeza de cartel del Partido Popular a la presidencia de Castilla-La Mancha enmedio de la euforia de los suyos en un mitin multitudinario. Mediado su discurso, el expresidente perdió el hilo y, jaleado por la concurrencia, salvó la situación tirando de labia y encanto. Sin embargo, Suárez hijo consideró que ya era suficiente. Conocedor de la incipiente pérdida de facultades de su padre enfermo, decidió, lo ha dicho públicamente, que esa iba a ser la última vez que le sometiera a la mirada y el escrutinio público. Y aquel fue, en efecto, su último baño de masas. En vida.

Por eso, el Suárez que recordaban los ciudadanos que pasaban por delante de su cuerpo presente y se santiguaban, o le tiraban besos, o inclinaban la frente, era el de aquel mitin. O el que permaneció en pie en el golpe de Tejero. O el de las fotos en blanco y negro ennoblecidas con la pátina del humo de los cigarros y el grano del revelado.

Anoche, la cola de gente aún era kilométrica y daba la vuelta a la calle de Alcalá, serpenteando, como las de los grandes eventos. Dentro, el torero Juan José Padilla, íntimo de la familia, asistía al desfile incesante de los anónimos admiradores del expresidente, con su herida de guerra cegándole el ojo izquierdo. Solo se oían, como salvas de honor, los palmetazos en la espalda que recibían sus deudos.

Se adhiere a los criterios de The Trust Project Más información >

Más información