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Chute de autoestima antes de la batalla

Los socialistas acordaron dejar fuera los asuntos espinosos: Cataluña y las primarias

Venían anhelantes. Aún alicaídos, pero con lo peor del duelo ya pasado y llorados de casa. Acudían como quien acude a una terapia de grupo: a estar juntos, a sacar los demonios, a escuchar el rapapolvo del sentido común ajeno, a cambiar de actitud en su propio beneficio. A darse besos, o collejas, pero de frente, como buenos hermanos políticos. Todo por recuperar la autoestima y la confianza devastada de sus votantes de toda la vida. Lo segundo está por ver. Pero lo primero lo cumplieron a conciencia, aunque se hicieran ellos mismos trampas al solitario. Acordaron dejar fuera los asuntos espinosos: Cataluña y las primarias, para no reventar el globo antes de tiempo, y consiguieron —no es poco— autoafirmarse, darse un baño de compañerismo y aparcar la batalla territorial y sucesoria que los tiene divididos. Al menos, hasta el lunes.

Para ello, tuvieron que tirar de estrellas, aunque sean pocas y de brillo relativo. El partido que dispuso de todo el poder local solo pudo presumir de dos barones, la andaluza Susana Díaz y el asturiano Javier Fernández, y algún alcalde de capital contable con los dedos de una mano. Bueno, también de dos señores expresidentes del Gobierno. Dos patriarcas que vinieron por separado, en orden cronológico e incluso alfabético, a darles su homilía y que cosecharon una acogida diferente entre la parroquia. A Felipe González, el abuelo, el tótem, el titán que hizo posible todo lo que ahora está desmantelando el PP, según el discurso mayoritario, se lo comían a flashazos las cámaras, a palmetones los caballeros, y a besos las señoras, como un santo en vida. A muchos les faltaba santiguarse a su paso. A José Luis Rodríguez Zapatero, ZP, el padre los derechos civiles, el adalid de la igualdad, pero también el responsable del principio del fin del idilio con el electorado, se le rindió un tributo cálido, pero mucho más humano que divino. Él sabe lo que es pasar del cielo al infierno. Aún vive en el purgatorio.

La estrella, sin embargo, fue Susana, a secas, como llaman todos a Susana Díaz Pacheco, 38 años, presidenta de la Junta de Andalucía. Como a una estrella del rock, casi como a Beyoncé, la despidieron los presentes, cuando pronunció el discurso inaugural del evento. Díaz, de blanco y negro, dejó todo el riesgo, calculadísimo, para su parlamento, en el que, desde la autocrítica más feroz que se ha escuchado a ningún cargo hacia su propio partido, llamó a los presentes a cerrar heridas, dejarse de ombliguismos y salir a la calle a recuperar uno a uno los votos perdidos. La corriente de electricidad con que cargó las baterías de los presentes casi funde los plomos. Hasta José María Barreda, expresidente de Castilla-La Mancha y partidario de Carme Chacón como presunta candidata a las presuntas primarias para suceder a Rubalcaba, se confesaba encantado por el descubrimiento de la compañera baronesa en la distancia corta.

“Primarias” y “Cataluña”, las dos palabras prohibidas en el estrado, hacían sin embargo furor en los corrillos de los 2.500 delegados, todos con el escapulario tamaño cuartilla que la organización impuso como identificación hasta al último mono. Una tormenta de ideas de una multinacional en fin de semana. Así era el ambiente. Besos, abrazos, desvirtualizaciones de gente que solo se conocía de las redes sociales. Y mucha, muchísima foto de móvil para demostrar que ellos estuvieron allí, en lo que quieren que sea el principio del fin de la debacle. Eduardo Madina, quizá por su experiencia como fan en conciertos indies, fue el que más posó para los compañeros. Seguro que, como todos, aún no se ha quitado de los tímpanos la musiquilla del partido, un la-la-la en bucle interpretado por una coral sinfónica, que amenizó toda la jornada.

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