COMPARECENCIA DE RAJOY ANTE EL CONGRESOCrónica
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Gala de fin de curso en el Senado

Los adversarios políticos se abroncaron en el pleno y confraternizaron en los pasillos Algunos salieron directos rumbo a sus vacaciones

Los diputados en pie, en homenaje a los 79 fallecidos en el accidente ferroviario de Santiago de Compostela, al comienzo de la sesión plenaria.Foto: Uly Martin / Video: Atlas (atlas)
MINUTO DE SILENCIO POR LAS VÍCTIMAS DEL TREN

Pasa en todos los trabajos. Incluso en los colegios. Si quiere uno coger vacaciones, tiene que apurar hasta el último minuto para resolver flecos pendientes y marcharse con la tarea hecha y la conciencia relativamente tranquila. Así fue, o pareció desde fuera, como afrontaron muchos diputados la comparecencia extraordinaria del presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, ante el pleno del Congreso reunido, también de forma extraordinaria y precisamente por las obras de verano, en la sede del Senado.

Como una fiesta de fin de curso del colegio, o de la empresa, convocada por el jefe a última hora, sin consultar con nadie y sin posibilidad ninguna de excusar la asistencia. El escollo final, no exento de cierto morbo y atractivo, para poder plegar hasta septiembre. Tanto fue así, que algunas señorías llegaron al pleno arrastrando las maletas para cumplir el último trámite y salir pitando rumbo a sus vacaciones.

“Nada”, respondió al vuelo un diputado nacionalista vasco antes de entrar a la comparecencia a alguien que le preguntaba qué esperaba de la misma. Erró poco. “Era tan previsible el guion de lo que iba a pasar entre nosotros, que el presidente solo ha tenido que leer las notas que traía ya escritas”, remachó luego desde la tribuna, con toda la gracia de la que es capaz sin mover una ceja, que no es poca, el portavoz de CiU, Josep Antoni Duran i Lleida.

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Y lo que pasó es que Rajoy pasó el trago que había venido a pasar para evitar males mayores en su cuestionada posición como presidente del Gobierno. Y que Rubalcaba amagó con lo que había venido a amagar para evitar mayores males en su delicada posición de líder de la oposición.

Ciertos colegios privados convocan exámenes de recuperación al filo de agosto para que sus pupilos menos lumbreras puedan irse de vacaciones con alguna asignatura pendiente aprobada, aunque sea haciendo la vista gorda y por los pelos. Así, todos contentos. El chico, los padres y el prestigio del centro. Ya llegará septiembre con los disgustos.

Este jueves, el alumno Mariano Rajoy, suspenso en conducta por todo el claustro, reconoció su fallo: “Me equivoqué”, dijo el presidente sobre su relación con Bárcenas, antes de pasar a hacerse el mártir como todo buen mal alumno. “Él me engañó, y yo le creí”, se disculpó, sin reparar en el aire de despechado de la copla que adquiría por momentos su figura y su relato desde el estrado.

Rubalcaba, el profesor más hueso y más cabreado con el pupilo, le conminó a abandonar el centro: “Haga el favor de marcharse, porque resistir no es bueno si con ello le hace daño al país”, le espetó el aspirante al presidente y, vista su negativa, se guardó la carta de la expulsión-moción de censura para mejor ocasión. Luego, el resto del profesorado le echó una bronca de campeonato al suspendido, le propinó un buen tirón de orejas y, vista su negativa a asumir mayores responsabilidades, lo dejó por imposible hasta la vuelta al cole.

La comparecencia de Mariano Rajoy para dar explicaciones sobre su relación, la de su partido y la de su Gobierno con las actividades ilícitas de su extesorero y exdilecto amigo Luis Bárcenas llegó, quizá, tarde mal y nunca. Hace 10 días, cuando fue anunciada por el presidente, se convirtió en la bomba informativa del mes, del verano, del año. Un hito. No se hablaba de otra cosa. Iba a temblar el misterio.

Pero la tragedia de Santiago de Compostela y el choque brutal con la cruda realidad de 79 personas estampadas contra un muro de hormigón en un segundo, pareció actuar como un potente ansiolítico con cierta dosis de amnesia colectiva entre sus señorías, Y, también, entre los periodistas. Solo así se explica que oír hablar en el Senado del caso Bárcenas, semejante escándalo, sonara a ratos como una cutre entelequia de hace siglos al final de un curso bronco, triste y deprimente. Y que, quien más y quien menos, tuviera ganas de acabar el examen cuanto antes y poner tierra de por medio una temporada.

Antes, por supuesto, convivieron los dos planos paralelos que se superponen en toda sesión parlamentaria que se precie para pasmo del espectador primerizo. En el estrado, cera y estopa a discreción entre unos y otros. Varias veces tuvo que llamar al orden el por otra parte casi zen Posadas a varios diputados por increpar al contrario, sin que llegara nunca la sangre al río. En los pasillos, sin embargo, profusión de collejas de colegas, besos, palmadas en la espalda y mucho “felices vacaciones, Fulanito, nos vemos en septiembre”.

Una tregua. La de agosto. La de las vacaciones. Eso parecían querer todos. Al segundo punto del orden del día —la aprobación de, entre otras, una partida de 877 millones de euros para armamento— se quedaron 40 de las 350 señorías. El resto, ya había volado.

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