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TRIBUNA

Rajoy, emplazado

Lo hallado por el juez Ruz es una evidencia hiriente que a toda costa se quiere ignorar

Al señor presidente del Partido Popular, Mariano Rajoy, hay que decirle que si bien los asuntos del Gobierno son acuciantes, en estos momentos Génova, la sede nacional de los peperos, arde con la nueva deriva del caso Gürtel, con 22 millones por banda y sobres aventados con sobresueldos que cambian de color al recibir la luz del día. Los ejercicios de prospección llevados a cabo sobre territorio suizo por Ruz, el juez instructor, han sacado petróleo en forma de unas cuentas en euros por ese importe millonario a nombre de quien fue tesorero nacional del PP designado por Rajoy. Es una evidencia hiriente de esas que, a toda costa, se quiere ignorar.

Sabemos que Luis Bárcenas empezó a trabajar para el PP en 1982, con 26 años, y que llegó a gerente en la época de Ángel Sanchís como tesorero, que eclipsó durante el interregno de Antonio Hernández Mancha (1987-1989) y que fue recuperado como gerente por el nuevo tesorero Naseiro, de infeliz memoria. Continuó en el puesto con Álvaro Lapuerta, hasta que ascendió para sustituirle en la tesorería a partir de junio de 2008 por nombramiento de Mariano Rajoy, al ser encumbrado entonces este a la presidencia del PP en el Congreso de Valencia. Fue senador electo por la circunscripción de Cantabria en las VIII y IX legislaturas, donde en su declaración de actividades solo mencionaba su cargo de tesorero y su posición de secretario del sindicato de accionistas de Autopistas del Atlántico, que le reportaba 6.000 euros al año. Su declaración de bienes en inmuebles y cuentas no alcanzaba los 600.000 euros.

Entonces, ¿cómo pudo el tan respaldado tesorero nacional del PP hacerse con decenas de millones de euros sin levantar los codos de la mesa de su despacho en un trabajo tan absorbente como el de administrar unos fondos siempre escasos para la ingente tarea que por nuestro bien lleva a cabo el PP? ¿Se trata de un caso como el del dogma de la Inmaculada Concepción, por cuya proclamación tanto lucharon nuestros reyes, donde se argumentaba la exención de María del pecado original diciendo aquello de “pudo y quiso, luego lo hizo”? Si así fuera, ¿cómo es que pudiera hacerlo sin infundir a nadie sospechas? Porque que quisiera enriquecerse nada tiene de sorprendente, aunque resulta asombroso que lo consiguiera en esa cuantía y en un lapso de tiempo tan breve.

Una sencilla proyección permitiría calcular cuáles fueron los ingresos íntegros procedentes de donantes anónimos, rúbrica bajo la que es habitual enmascarar los óbolos ofrecidos por los beneficiarios en agradecimiento a las mercedes recibidas de los intercesores celestiales o terrenos. Porque los recaudadores empiezan su trabajo con gran desprendimiento y desinterés personal, pero con el tiempo se sienten acreedores a un porcentaje de lo que allegan. Imaginemos que, por ese concepto, se limiten a retener un modesto 10%; entonces los 22 millones afanados por Luis Bárcenas con sede en Suiza serían el rastro de los 220 millones de euros recaudados con el esfuerzo que tantas veces y de manera tan relevante le han sido reconocidos. Reiteremos dos principios básicos. El primero, que los representantes políticos no pueden acogerse a la salvación individual porque están obligados a responder también por la conducta de los de su entorno. Su honradez personal es condición necesaria, pero no suficiente. El segundo, que alegar ignorancia no exime del deber de la asunción de responsabilidades

Algunos textos pueden ayudar en la (in) comprensión del caso. Así, la Cartilla del Guardia Civil, de 20 de diciembre de 1845, cuyo artículo 23 dispone que “para llenar cumplidamente su deber [los guardias civiles], procurarán conocer muy a fondo y tener bien anotados los nombres de aquellas personas que por su modo de vivir holgazán, por presentarse con lujo, sin que se les conozcan bienes de fortuna, y por sus vicios, causen sospecha en las poblaciones”. Aquí, sin embargo, Bárcenas acumulaba millones sin infundir sospecha. Es como si la directiva nacional del PP cristalizara en el mismo sistema de Bankia, donde el consejero Arturo Fernández reconocía votar a favor de las cuentas sin leerlas, convencido de que su aprobación a ciegas carecía de consecuencias comprometedoras. Vale, pero, eso sí, tenía sumo cuidado de recoger el sobre con las dietas de asistencia al consejo y comprobar la exactitud de su importe.

Una rueda de prensa con María Dolores de Cospedal confirma la existencia de la nada y las tinieblas con más fuerza que el libro de ese mismo título de Fredegiso de Tours, que acaba de traducir y prologar Tomás Pollán (Ediciones La Uña Rota). Malos años estos que han provocado una regresión en muchas costumbres cívicas y atenuado el reflejo de la decencia. Por eso, lea con atención las instrucciones de este medicamento y consulte al farmacéutico.