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REINO UNIDO

Las cuentas más transparentes

La casa de los Windsor ha percibido en el ejercicio 2010-2011 un total de 38,5 millones de euros

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Fotografía de la Reina Isabel II, el día de Navidad.

Aunque los antimonárquicos británicos siguen cargando contra Isabel II y el despilfarro de su boato, nadie puede reprochar a la casa de los Windsor la falta de transparencia a la hora de rendir cuentas al contribuyente sobre sus ingresos y gastos. Desde el total de 38,5 millones de euros percibidos en el ejercicio 2010-2011 hasta el más mínimo detalle en el dispendio -ya sean los 480.000 euros en bebidas alcohólicas o las facturas de la luz, la limpieza y la propia peluquería de la reina- aparecen desglosados en su web oficial. La segunda monarca más longeva del planeta está obligada a ello, puesto que desde hace siete años el palacio de Buckingham está considerado fiscalmente como una empresa.

Pero la sociedad del Reino Unido, azotada por la crisis y el drástico recorte de las prestaciones sociales, reclama un mayor esfuerzo a su familia real. En otras palabras, que se apriete el cinturón como cualquiera de sus súbditos. Si Isabel II paga impuestos desde 1993, coincidiendo con uno de los picos más bajos de su reinado a causa del Dianagate, los gastos que genere a partir de ahora van a ser sometidos a un examen tan riguroso por parte de la Auditoría Nacional como el aplicado a otros ámbitos del presupuesto público. El canciller del Exchequer, George Osborne, anunció además el pasado otoño una reducción progresiva de su presupuesto, que alcanzará el 9% en 2015. Hace dos años, la monarquía costaba a cada británico 62 peniques anuales. La cifra se ha reducido hoy hasta los 51 peniques.

Dama previsora y con fama de tacaña (de ella se dice que va apagando las luces cuando recorre los pasillos de palacio), la monarca lleva aplicando en años recientes sus propias medidas de austeridad. La asignación anual de casi 9 millones de euros que recibe para sufragar al personal a su servicio y otros gastos diarios (Civil List) apenas se ha visto alterada en dos décadas, al tiempo que en el último ejercicio contenía el coste de los viajes en avión (4 millones). Pero más difícil ha sido controlar el chorreo que supone el mantenimiento de sus palacios (15 millones). Por eso sufraga una parte (6,5 millones) de su propio bolsillo, o al menos así lo caracteriza el Tesorero de palacio, Alan Reid: la reina suele recurrir a un fondo reservado, acumulado a lo largo de los años mediante ahorros de su presupuesto, para encarar gastos imprevistos o extraordinarios, como pudo ser la boda de su nieto Guillermo con Catalina el pasado abril.

Ese fondo puede agotarse en 2012, cuando se cumplen los 60 años del ascenso de Isabel II al trono. Sin embargo, en su condición de una de las testas coronadas más ricas del planeta, la monarca cuenta con un patrimonio, englobado bajo la cartera del ducado de Lancaster, que su propia página web valora en más de 460 millones de euros. No puede vender esos bienes, pero sí disfrutar de sus engrasadas rentas. Todo indica que no las utilizará para compensar la merma del presupuesto que le aporta el Estado, y del que también se nutre su familia con excepción del príncipe Carlos (beneficiario de los fabulosos ingresos de explotación del ducado de Cornualles). La reina de Inglaterra, encarnación del proverbial pragmatismo británico, acaba de confirmar que un sector del recinto del palacio de Kensington será alquilado al comité ruso durante los Juegos Olímpicos de Londres. Quizá solo el principio…