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Cuando un voto vale tres segundos

Expertos electorales explican la forma "utópica" con la que se vendía Felipe González en 1977

34 años después, Rubalcaba prefiere el azul en los mítines porque el rojo transmite agresividad

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Cartel en el que el ilustrador José Ramón Sánchez dibujó a Felipe González con varios trabajadores en la campaña de las elecciones de 1977.

Tres segundos para resumir un programa con mil y un detalles. Tres segundos para conquistar las mentes y corazones de los votantes mientras conducen, se hacinan en un autobús o caminan mientras piensan cómo llegar a fin de mes. Tres segundos para telegrafiar un eslogan que lo son todo (o nada) y que pueden suponer la victoria o la derrota en el primer campo de batalla de una campaña electoral: la calle. Han pasado 34 años desde las generales de 1977, las primeras de la democracia tras el franquismo y, diez elecciones a las Cortes después, los principios básicos que los gurús de Génova, Ferraz y los demás partidos deben tener en cuenta cuando piensan un cartel electoral, siguen siendo los mismos.

“Salvo excepciones, casi siempre protagonizadas por el Partido Socialista, los carteles de campaña no han evolucionado tanto desde los primeros de la Transición”, afirma Juan Víctor Izquierdo, un erudito en la materia y cofundador de la web Archivo Electoral, la recopilación de material electoral más grande del mundo. Los cimientos permanecen inalterables, pero sí que se han producido cambios, muchos de ellos significativos. Para empezar, la clase política maduró. Se hizo mayor. “En las elecciones de 1977 y de 1979 no había el pudor de ahora. De hecho la mentalidad cambió en apenas cinco años porque en 1982, cuando el PSOE vio que podían ganar las generales, se volvió más convencional. ¿Por qué? Porque no se podía presentar al futuro presidente dibujado, así que se volvió a la convencionalidad y no se le dejó pintar”, explica José Ramón Sánchez desde su domicilio en Santander.

Sánchez, un ídolo para los miles de críos que le veían dibujar a finales de los setenta en el programa Sabadabadá, también ilustró la Constitución para escolares, se muestra especialmente orgulloso de aquel cartel en el que Felipe González aparecía rodeado de españoles normales y corrientes con el que se presentó a las urnas en 1977. “Para mí es el más emblemático de todas las campañas realizadas en España, porque fue la primera vez que se dibujaba a un aspirante a La Moncloa... Felipe se prestaba a dibujar por tener unos rasgos muy acusados, con esos labios, esa mirada tan intensa. Y le rodeé con un trabajador del metal, con un campesino, con una agricultora y con un funcionario que a mucha gente le recordaba a Luis Yáñez, un diputado de la época”, cuenta. “A eso le añadí unos colores muy vivos, que aportaban una visión optimista, ilusionante, en cierto punto utópica por la corriente de aire fresco… Fue muy atrevida porque así lo quisieron los organizadores de la campaña, Alfonso Guerra, Javier Solana y Guillermo Galeote, en parte porque el PSOE no tenía nada que perder”, añade el artista.

En 1982 el PSOE se volvió  convencional; no se podía pintar a un Felipe que iba para presidente"

Igual que en 2004. Ese año nació la marca ZP. Mientras el Partido Popular optaba por el continuismo, dando más importancia al mensaje –“Juntos vamos a más”, casi idéntico al de cuatro años antes- que a Mariano Rajoy, el delfin elegido por José María Aznar para sucederle, los socialistas pusieron patas arriba el sector con una apuesta muchísimo más arriesgada. “Acercaron como nunca antes a su líder, José Luis Rodríguez Zapatero, hasta límites insospechados, cortándole por la frente y destacando su mirada azul, esas cejas tan peculiares y su sonrisa”, analiza Yuri Morejón, experto en imagen de candidatos. Entonces, como ahora, el puño y la rosa aparecían relegados en un discreto segundo plano. “Alfredo Pérez Rubalcaba está haciendo lo mismo; si Joaquín Almunia salía chiquitito en 2000, ahora pasa al revés”, apuntan los especialistas consultados, que inciden en cómo el candidato socialista para el 20-N emplea el azul como fondo habitualmente en sus mítines. Ya no es el rojo, que transmitía calor en el Transición y en la actualidad tiene un cierto tono agresivo. “El logotipo del PSOE también se pierde, porque la gente lo asocia directamente a quienes estaban en el Gobierno cuando estalló la crisis”, sintetiza Izquierdo.

Si el rojo ya no representa necesariamente al centro-izquierda, el azul tampoco es exclusivo del PP: en las elecciones locales y autonómicas de 2007 los ideólogos de Génova optaron por el naranja con profusión, incluso como fondo de su logotipo. ¿La razón? Que era el color de moda tras la revolución del mismo nombre en Ucrania.

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