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El debate | ¿Se debe prohibir la compra de tabaco a mayores de edad?

El Parlamento británico ha aprobado una ley que sanciona la venta de cigarrillos a los nacidos después del 1 de enero de 2009. La medida ha reavivado el conflicto entre salud pública y libertad individual

Un cenicero a las puertas de una oficina.REUTERS

Reino Unido cuenta, desde el pasado día 21, con una Ley de Tabaco y Vapeo cuya ambición es lograr la primera generación libre de la adicción del tabaco. Para ello, ha dado luz verde a una medida pionera: prohibir la venta de tabaco a todos los nacidos a partir del día 1 de enero de 2009. La norma es tan audaz como conflictiva, y ha devuelto a la actualidad los límites entre lo individual y lo colectivo: la soberanía de cada cual para decidir sobre lo que le conviene —también perjudicarse— y la responsabilidad del Estado sobre la salud pública.

Jordi Gracia, catedrático de Literatura y antiguo subdirector de Opinión de este periódico, además de constante consumidor de cigarrillos defiende lo primero. La postura partidaria de la prohibición la sostiene Ubaldo Cuadrado, vicepresidente de la asociación Nofumadores.


Una industria que esclaviza

UBALDO CUADRADO

La verdadera pregunta ya no es si la venta de tabaco debería dejar de ser legal —la evidencia científica sobre su impacto es incontestable—, sino cuándo y cómo dejará de serlo. No sería la primera vez que una sociedad retira del mercado productos cuya peligrosidad resulta incompatible con la salud: ocurrió con la talidomida, que provocaba graves malformaciones fetales; con el plomo en la gasolina, causante de enfermedades cardiovasculares y neurotóxicas y disminución del cociente intelectual; con el amianto, al producir mesotelioma, cáncer de pulmón y otros; o con el pesticida DDT, por carcinógeno y por acabar con la biodiversidad. A pesar de los intereses económicos, acabaron siendo retirados. El cigarrillo mata a ocho millones de personas al año. ¿Cómo de poderosas son las corporaciones tabaqueras para que este veneno siga aún en el mercado?

¿Sería preferible una prohibición inmediata a la abolición progresiva? Desde un punto de vista ético, probablemente sí. Pero la experiencia sugiere que el incremento gradual contribuiría a que los cambios sean irreversibles. En Ambición Moral, de Rutger Bregman, se plantea precisamente esa tensión entre idealismo y eficacia: alcanzar objetivos ambiciosos puede exigir transiciones graduales y compromisos imperfectos. El propio final de la esclavitud atlántica, institución con la que las cuatro grandes tabaqueras guardan una profunda interrelación, fue un proceso largo, lleno de concesiones, en el que incluso se compensó a las miles de familias propietarias de seres humanos para hacer viable políticamente su desmantelamiento.

No debemos perder de vista lo extraordinariamente dañina que es la industria tabaquera, especialmente en España. Mientras países de nuestro entorno como el Reino Unido, Suecia, Dinamarca o Bélgica, con prevalencias en torno al 12% de fumadores, han hecho los deberes en las últimas décadas, en España sigue fumando uno de cada cuatro adultos; la edad de inicio ronda los 14 años y, en el último lustro, hemos normalizado ver a menores enganchados a la nicotina mediante dispositivos de vapeo. El lobby tabaquero en España es directamente responsable de 60.000 muertes al año. El cultivo en Extremadura y la manufactura en Canarias han contribuido a generar una clase política que, por intereses económicos, bloquea medidas clave para desnormalizar el tabaco. Nos situamos así junto a países como Grecia, Italia o Bulgaria, donde, por la debilidad del Estado frente a las tabaqueras, el humo sigue socialmente aceptado. Que esto ocurra cuando 7 de cada 10 españoles apoyan medidas más restrictivas sólo se explica por la capacidad de este lobby para frenar leyes destinadas a proteger la salud.

Eso es, en esencia, lo que propone hoy el llamado endgame del tabaco: no criminalizar al fumador, sino transformar su entorno mientras procedemos a algo tan difícil como necesario, desmantelar la bomba atómica de muerte que es la industria tabaquera. A un fumador adulto no se le impedirá su consumo de un día para otro, pero todo a su alrededor comenzará a cambiar: sus hijos no podrán acceder nunca al tabaco gracias a la prohibición generacional, impulsada por Reino Unido; cada vez tendrá menos puntos de venta; con el empaquetado neutro el producto pierde atractivo; y su precio aumenta de forma sostenida. No es una prohibición súbita, sino una estrategia: de lo cotidiano a la excepción, de la normalidad a la incomodidad, hasta que dejar de fumar no sea una imposición, sino la consecuencia natural. Para llegar en España a esta Generación Libre de Tabaco y Nicotina tendremos que contrarrestar la propaganda de la industria, especialmente la que habla de libertad individual y de ley seca, y compara tabaco con alcohol. Ambos son dañinos, pero la nicotina es cuatro veces más adictiva y genera dependencia similar a la cocaína y la heroína. ¿Se puede hablar de libertad con un producto que causa adicción? ¿Frente a un producto que enganchará a casi 9 de cada 10 fumadores del futuro antes su mayoría de edad? Con las tabaqueras nunca debemos olvidar que deben el origen de sus fortunas a la propiedad de seres humanos tratados como ganado. Ese desprecio por las vidas humanas parece estar grabado a fuego en su ADN.


El tabaco, la clandestinidad y los impuestos

JORDI GRACIA

Hartarse de torreznos es malo de toda maldad, como seguramente lo es doblar la ración de hamburguesas y filetes a los muchachos en crecimiento o lo es chalarse por las patatas fritas y comerlas como si no hubiese un mañana (ni dos). Incluso pirrarse por el chocolate y zamparse entre episodio y episodio la tableta entera tiene pinta de ser letal, sin mencionar los atracones de cacahuetes, ganchitos o cualquier otra mala hierba (¿hierba, qué hierba?). Meterse en el cuerpo vía inhalación compulsiva dos cajetillas de humo profundamente tóxico es delirantemente absurdo, en el borde de la autodestrucción con obsolescencia programada, así que, en efecto, fumar es claramente nocivo, adictivo y destructivo, aunque seamos muchos quienes simplemente no concebimos una buena vida y una buena salud (emocional, moral y con los psicólogos y psiquiatras a lo menos 20.000 millas de distancia) sin nuestra dosis de toxicidad elástica, extensa y a menudo desmedida. Esto no es un elogio del tabaquismo, es la constatación de que este se convierte en un soporte vital y el clima natural que mata la ansiedad, la desazón, la impaciencia y reduce la irritabilidad ante la paciencia que exige el mundo para domar los defectos ajenos, regular los propios y vivir sin sentir que está uno al borde de un ataque de nervios, cuando todo va bien.

Todo el mundo sabe que el imperio de la ley seca fue un gran invento de EE UU y que llevamos aplicando la misma norma a la amplísima gama de drogas que llenan los pulmones, la sangre y el cerebro de un porcentaje significativo de la población enganchada a multitud de sustancias. Las medidas prohibitivas y represivas han tenido un éxito razonablemente descriptible al no lograr en cien años ninguno de sus objetivos. De hecho, han conseguido bastante más: llenar cárceles de pobres mulas, camellos y otras especialidades en busca de métodos agónicos de supervivencia, fomentar la clandestinidad de las operaciones de tráfico de estupefacientes, enriquecer salvajemente la industria de la transformación de materias primas hasta lograr un fentanilo formidablemente potente (y aceras y aceras de ciudades ricas pobladas de cadáveres ambulantes), encadenar masacres sin cuento y guerras limitadas de clanes de la droga en casi todos los países, incluida España.

Las posturas legalizadoras del consumo controlado de drogas han perdido la batalla hace tiempo, sin que quede nada claro quién ha ganado, más allá de la industria poderosísima del narco, sus refugios bancarios y la triunfal hipocresía de una sociedad cuyas élites (y no élites) consumen a destajo múltiples sustancias prohibidas y perseguidas.

Prohibir a la muchachada nacida el 1 de enero de 2009 la compra de tabaco quizá solo destaca por su inmoderada candidez: la compra al detalle de tabaco ya fue nuestra ruta al consumo (pitillo a pitillo) porque no teníamos para los paquetes enteros, y el coste creciente de las cajetillas ha echado a mucha gente, con transversalidad de clase, a liarse los pitis. El efecto inmediato de esa medida es la criminalización pública del tabaco —diría que muy avanzada entre nosotros— a través de dificultar su acceso a los más jóvenes y, a la vez, el efecto secundario será la automática creación de canales paralelos de acceso al tabaco sin control público ni fiscal con el brillo, la chispa de una clandestinidad siempre irresistible (más la victimización asociada: no nos comprenden).

¿Es una buena idea para contener el consumo entre los más jóvenes? No lo sé. Sí sé que vuelve a infantilizarlos (ciertamente a ellos no se les va a ocurrir cómo eludir la prohibición…), sobrevalora la adicción de por vida que genera ese consumo tantas veces meramente social y solo caprichoso, y a lo mejor, y es lo peor de todo, igual nos deja sin los ingentes impuestos (¿un 80%?) que pagamos los adictos al tabaco, tanto si hacemos uso de los hospitales públicos como si no. Es verdad: se llama bendito Estado del bienestar, y yo me siento orgullosísimo de haber destinado en él el equivalente de un sueldo al año desde hace unos 45, aunque no haya pisado un hospital más que por un quiste (sin incidencia tabáquica: ¿quizá alguna hamburguesa de más?).

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