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COLUMNA

Racistas son los otros

En España pensábamos que los racistas estaban en Estados Unidos, no se nos pasaba por la cabeza considerar que apenas teníamos inmigración extranjera

Alberto Núñez Feijóo y Santiago Abascal, en el patio del Congreso de los Diputados, en Madrid, en septiembre de 2024. Claudio Álvarez

La joven ha vuelto a casa y le ha contado a su madre que al ir a sentarse en el autobús ha visto cómo la señora de al lado se aferraba a su bolso. La joven llegó a España desde un país africano cuando era bebé, hoy es una brillante estudiante universitaria. No parece darle mayor importancia a la anécdota, pero su madre no puede evitar preguntarse si la actitud despreocupada de su hija no es consecuencia de estar acostumbrada a este tipo de situaciones. Sus amigas suelen decirle que no la ven negra, que la ven como una más entre ellas, ¿blanca? Con esto desean demostrarle que la quieren; pero ella es negra y así quiere ser amada. Negra y esbelta, tanto, que quienes la miran piensan, por qué no se hace modelo, y a veces se lo dicen, podrías ser modelo. Nadie está libre de expandir estereotipos, nadie está libre de albergar unas gotitas de racismo en la sangre. Seguramente, la buena señora que agarró su bolso en el autobús lo hizo como un acto reflejo. En España pensábamos que los racistas estaban en Estados Unidos, no se nos pasaba por la cabeza considerar que apenas teníamos inmigración extranjera. Nuestro racismo doméstico se mostraba con los compatriotas del sur, pero a eso se le llamaba clasismo. También creíamos que incluso los estadounidenses habían desterrado el racismo tras el supuesto fin de la segregación. Veíamos en el cine de Hollywood la épica del ocaso de la esclavitud, de la violencia del sur que parecía acabar con la marcha hacia Washington y asumíamos el final feliz. Tuvieron que llegar Baldwin, bell Hooks, Ta-Nehisi Coates y otros para explicarnos qué sigue significando ser negro en Estados Unidos. Ahora es el latino quien permite que el supremacismo blanco renueve su razón de existir.

Nosotros, que habíamos sido los morenos de Europa, no recibíamos apenas inmigración, una de las poderosas razones por las que nuestra cultura fue mucho más opaca en cualquiera de sus manifestaciones. Pero una vez que empezaron a llegar inmigrantes africanos y latinos comprobamos que estamos capacitados para el racismo como cualquiera y en cualquiera de sus grados, de agarrar la cartera para que no te la afanen hasta detener a un negro en la puerta de su casa sin motivo aparente. Que la extrema derecha alimente nuestra desconfianza no es extraño, a lo largo de la historia esa excrecencia ideológica ha engordado gracias a dividir a la sociedad entre un ellos y un nosotros; que la derecha adopte el mismo discurso es aterrador. No debiéramos asumir esa separación tan señalada en las tertulias del original y la copia. Son iguales. No creo que quien pronuncia un discurso racista lo haga por agradar a un futuro socio, eso es aligerar su responsabilidad: quien tacha a los inmigrantes de posibles agresores de mujeres españolas conoce bien la leyenda del violador negro en busca de blancas que alimentó los linchamientos en años de segregación; quien defiende el catolicismo como única religión ignora su propio credo y también a los españoles que no lo son; quien acusa a los menores de practicar la delincuencia prefiere alimentar su exclusión; quien afirma que los extranjeros copan las listas de espera de la sanidad miente, miente sabiendo que los trabajadores del campo viven a menudo en condiciones miserables; quienes temen que la pureza cultural se diluya parecen ignorar cuál es la mezcla que fluye por nuestras venas. Alimentan la desconfianza de unos trabajadores contra otros, como ha sido siempre, y prefieren tener en su mano la legalización de la trabajadora que cuida a la abuela, que la limpia y la pasea, para así poder controlar su explotación.

El racismo no se combate solo con palabras. Me pregunto por qué el sistema educativo no asume la tarea urgente de igualar desde la infancia, favoreciendo los lazos de amistad entre los niños para que cuando crezcan no se parezcan a esos adultos mezquinos a los que les molesta ser tildados de lo que son, racistas.

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