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editorial

Mitin trumpista sobre el estado de la Unión

El presidente republicano convierte un discurso solemne ante el Congreso en un espectáculo partidista

Donald Trump, durante su discurso del estado de la Unión este martes.DPA/ Europa Press

Como ha hecho ya con toda la vida institucional estadounidense, Donald Trump convirtió el martes el discurso del estado de la Unión en un mitin electoral largo, errático y falaz, carente del decoro o la solemnidad que se supone al presidente de Estados Unidos en la ocasión que tiene para dirigirse al Congreso. Trump dedicó más de hora y media a lanzar hipérboles vacías sobre “la nación más increíble y excepcional que jamás haya existido sobre la faz de la Tierra” y a atizar guerras culturales del gusto de la extrema derecha. Ignoró el caos provocado por él mismo en el comercio, los excesos criminales de su cruzada antiinmigración, su desnortada política exterior o el persistente malestar económico de la clase media por el coste de la vida, que su Gobierno no ha sabido aplacar.

El discurso de Trump es indisociable del clima de funeral instalado en el Partido Republicano ante la perspectiva de perder el control de la Cámara de Representantes en noviembre si se cumplen las predicciones. Faltan meses, pero las encuestas son tan malas que algunos análisis apuntan a que podrían perder también el Senado, lo que supondría casi paralizar la Casa Blanca en el ámbito interno para el resto del mandato de Trump. El propio presidente tiene cifras de aprobación muy bajas. Trump ha empezado ya a sembrar dudas sobre la limpieza de las elecciones, una intoxicación antidemocrática inaudita en EE UU. Otro condicionante del discurso fue que toda su política económica, basada en la idea de cobrar un peaje al mundo entero por hacer negocios con Washington en forma de gravámenes, ha sido frenada en seco por la justicia. La idea era discutible por sí sola, pero se convirtió en puro caos cuando empezó a subir y bajar aranceles por decreto, incluso como medida de presión de política exterior. Ese disparate se terminó la semana pasada, cuando el Tribunal Supremo decidió por una mayoría de seis votos, tres de ellos conservadores, que Trump no tiene poder constitucional para jugar con los aranceles. Trump no tenía ningún logro económico que presentar a los ciudadanos este martes, más que la subida de las bolsas. Sobre el fallo, dijo que era “muy desafortunado”. No se atrevió a insultar a los jueces como hizo la semana pasada. Los tenía delante.

El vacío discurso, envuelto en rencor, se volvió decididamente partidista cuando exigió de manera autoritaria a todos los legisladores que se pusieran en pie si estaban de acuerdo con la frase “el primer deber del Gobierno estadounidense es proteger a los ciudadanos estadounidenses y no a los extranjeros ilegales”. Los demócratas permanecieron sentados ante una trampa vacía de contenido político, pensada para televisión. El artificioso momento viral comenzó a ser utilizado inmediatamente en las redes que sirven de altavoz al trumpismo. Cuesta acostumbrarse a la demolición del tratamiento reverencial que la democracia norteamericana ha tenido por sus instituciones y la conciencia de que un sistema político se mide no solo por sus leyes, sino también por ritos en los que todos puedan reconocerse. El discurso del estado de la Unión era una de esos ritos, ahora secuestrado por la zafiedad de Donald Trump.

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