Una broma de familia
¿Mueren los padres cuando los hijos nos desprendemos de ellos?, me pregunto


Leo, sobrecogido, estas primeras palabras de un poema de Louise Glück: “Tuve un sueño: que mi madre se caía de un árbol. Después de su caída murió el árbol.”
Me he quedado ahí, colgado de la imagen: la madre en el aire, y yo, debajo, viéndola caer como si el árbol desde el que se precipita al vacío fuera el de la manzana que el diablo nos dio a probar para que fuéramos como dioses (¡y en lo que hemos quedado!). Parece raro que quien muera sea el árbol, aunque los sueños tienen su propia lógica, una lógica en la que los relojes, por ejemplo, marcan las horas al revés: desrrelojes, convendría llamarlos. ¿Mueren los padres cuando los hijos nos desprendemos de ellos?, me pregunto.
No hay sentimentalismo en el verso de Glück. Hay una ironía feroz. La naturaleza es la primera en rendirse. Lo vivo se cansa de sostener. Me gusta pensar que el árbol, al morir, no proporciona culpa alguna a nadie. Después de todo, ni él ni la madre ni la hija que sueña se salvan del todo. Si el árbol muere, la madre se golpea contra el suelo y la hija despierta del sueño a un mundo tan incomprensible como cruel.
Yo, que no suelo soñar con árboles (aunque sí con caídas), reconozco en el sueño de Glück una especie de herencia. Algo así como el momento fundacional en el que el hijo se da cuenta de que ya no hay ramas sobre su cabeza, ni raíces bajo sus pies. Quizá cuando acude a la residencia por cuyos pasillos se extravía, como una sonámbula, su madre, que ni siquiera se alegra de la visita porque el visitante le resulta extraño. Y ya solo queda una atmósfera limpia, donde no hay de quién caerse, pero tampoco de dónde sostenerse. El árbol ha muerto y la madre también, aunque continúe aparentemente viva. Y uno (o una) se queda ahí, a medio camino entre la orfandad y la intemperie, que son dos variedades del desamparo, intentando entender por qué ese verso, pese a resultar tan diabólico, parece a la vez una broma de familia.
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