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Tribuna
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¿Dónde queda hoy la vida real?

La ausencia y la urgencia articulan la histeria colectiva de nuestro tiempo: la inmediatez que impone la pantalla, donde todo sucede al instante

Jordi Soler

El escritor James Baldwin, que señaló con su obra el racismo, el clasismo y la homofobia en Estados Unidos, además de ser un prominente activista por los derechos civiles, publicó en la revista Esquire un breve ensayo (Dark Days, 1980) en el que nos presenta al ciudadano expuesto frente a la televisión, al tiempo que propone una mirada crítica sobre la pantalla, que hoy resulta de gran utilidad.

Baldwin fue un niño pobre de Harlem que a los 14 años ya era predicador en la iglesia pentecostal del barrio; en su ensayo nos cuenta que la pobreza en su infancia era menos gravosa, porque en su casa no había televisión que los orillara a hacer “comparaciones insoportables” entre la humilde habitación en la que convivía la familia y las glamorosas habitaciones que aparecían en la pantalla. Tampoco se exponían al lujoso automóvil que se promocionaba en los anuncios, ni al traje caro del comentarista, ni al whisky que bebía el actor y que ellos no podían permitirse.

La vida que desfilaba por la pantalla, con sus objetos y sus situaciones envidiables, lo hacía de una forma glamorosa y reiterativa que no tenía la vida real. Antes de la televisión, las familias como la de James Baldwin no estaban expuestas a esa vida ficticia retransmitida que los llevaba a hacer esas comparaciones.

La televisión, escribe Baldwin, “es una fuerza poderosa y dañina que distorsiona la realidad y manipula la percepción pública”.

Hoy aquel aparato ha perdido su hegemonía, pero las pantallas se han multiplicado por millones y, con ellas, las “comparaciones insoportables” que hace cada quien frente a lo que no tiene y no está viviendo, en ese aparato ubicuo que nos cabe en el bolsillo.

Cuando Baldwin era un niño, al ciudadano común le bastaba con salir del cuarto de la televisión para suspender el agravio que producían las “comparaciones insoportables”; pero el ciudadano de hoy vive, y hasta duerme, pegado a la pantalla que lo agravia.

Frente a la ubicuidad de la pantalla, ¿dónde queda hoy la vida real? En el siglo XXI la plaza pública, ese espacio físico en el que la gente conversaba, discutía y conspiraba, se ha trasladado a la pantalla, a esa arena virtual donde la multitud es un mar de individualidades, cada una atrincherada en su propia habitación. El espacio físico para la comunicación pública que planteaba Aristóteles resulta hoy inverosímil. Decía el filósofo que para que un mensaje no se alterara al difundirse, la escala ideal era un hombre, subido en una tarima, lanzando su mensaje en medio de una plaza ocupada por los habitantes de esa comunidad. La idea era que el mensaje llegara hasta el último rincón de la plaza, porque más allá, donde la voz no se escuchaba claramente, ya no llegaba el mensaje sino su interpretación. Para entender de primera mano lo que decía el hombre de la tarima había que estar cerca de él.

Hoy quien lanza un mensaje en la plaza pública se expone a la irrelevancia, a menos que retransmita su filípica en una arena virtual, que es por donde circula la realidad. En los tiempos de Aristóteles la distancia entre el emisor y el receptor era lo que deformaba el mensaje, pero hoy la tecnología ha depurado el proceso: el mensaje ya se emite deformado, entre miles y miles de mensajes, de información y contrainformación que enmascara el ardid.

Un vecino de Chamberí está más cerca del australiano con el que discute en X que de su propio vecino; se han subvertido las distancias, le queda cerca lo que está lejos y su vecino, y no digamos ya la plaza pública, están a una distancia sideral.

El ciudadano se repliega en su habitación frente a la pantalla y ahí se informa, publica sus ideas, debate y quizá hasta se echa novia; vive en una suerte de agorafobia, porque sabe que todo lo que le interesa sucede en la pantalla.

De esta situación nacen los dos acrónimos que agitan hoy al mundo: FOMO (Fear of Missing Out), el miedo a perderse algo, y YOLO (You Only Live Once), solo vives una vez.

El FOMO es la ausencia y el YOLO es la urgencia, y entre los dos articulan la histeria colectiva de nuestro tiempo: la inmediatez que impone la pantalla, donde todo sucede al instante, y la necesidad de estar ahí permanentemente, para no perdernos de nada.

Una de las peores ofensas de este siglo es dejar a alguien “en visto” en el WhatsApp: que quien emite el mensaje compruebe que ha llegado al receptor, y este no le responda con la inmediatez que impone el medio. Ahí, como en muchas otras situaciones de la cotidianidad, la urgencia del mensaje se estrella contra la ausencia de la respuesta inmediata.

Así vivimos, entre el YOLO y el FOMO, dos conceptos que ya existían cuando James Baldwin y las familias de entonces se sentían agraviadas por la irrealidad que les presentaba la pantalla. Pero ahora resulta que para nosotros la realidad es, precisamente, esa irrealidad.

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