Bendita titulitis
Los fraudes curriculares han evidenciado lo que nunca debimos cuestionar: el conocimiento puede tener alguna utilidad para un mejor gobierno


No todo es malo. Detrás del currículum fraudulento de Noelia Núñez o de Ignacio Higuero, de la tipografía de mesón del titulillo de Óscar Puente, o de los galones académicos fabulados por José María Ángel o Pilar Bernabé, hay un residuo de dignidad que demuestra que las cosas funcionan. A pesar de todo. Decía La Rochefoucauld que la mentira es el homenaje que el vicio rinde a la virtud, y detrás de tantas credenciales curriculares tuneadas se expresa todavía una antigua confianza que demuestra que no todo está perdido. Los títulos todavía significan algo, las instituciones educativas mantienen un cierto prestigio, y el conocimiento o el esfuerzo son preferibles a sus contrarios. Afortunadamente.
Los escándalos curriculares han corrido como una serpiente de verano y han servido para reavivar debates pertinentes que parecían muertos. De pronto, la meritocracia —siempre vilipendiada por los niños malos de las casas bien— ha vuelto a concentrar cierto foco opinativo, y los estándares de ética pública, dúctiles y maleables, según si la falta la cometen los nuestros o los de enfrente, han reclamado de nuevo su vigencia. Deberíamos estar agotados de ver cómo nuestros políticos se arrojan acusaciones cruzadas, pero si entre tanta mediocridad deciden fingir algunas virtudes, así sean académicas, casi cabría celebrarlo.
Esta sucesión de fraudes ha evidenciado lo que nunca debimos cuestionar: que el conocimiento, además de la decencia, puede tener alguna utilidad para un mejor gobierno; que las trayectorias labradas con esfuerzo, ya sea en la academia o en algún oficio, tienen algo admirable, y que, en la medida de lo posible, resulta vergonzoso presentar como único cursus honorum los años invertidos en las juventudes de cualquier partido.
Es obvio que no hace falta contar con ninguna titulación para ejercer una representación política, pero al mismo tiempo se antoja razonable conceder que nuestros representantes deberían servirse de su propia biografía para hacerse merecedores de nuestra confianza. Fresador, enfermero o arquitecta, en esta vida hay que ser algo antes que político.
Que en un mundo de youtubers ciclados, evasores de impuestos orgullosos, apologetas de la ignorancia y embajadores de la vulgaridad haya quien, para retocar su vanidad, se sienta tentado a falsear su CV, no deja de abonar cierta esperanza. Que caiga sobre quienes han mentido el descrédito político que corresponda. Pero alegrémonos de que todavía haya quien, puesto a mentir, aspire a fingirse culto e ilustrado.
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