La tradición española del maltrato ferroviario
He sufrido en mis huesos el deterioro de un sistema que llegó a ser excelente allí donde existió, pero hoy ya no te transporta a tu destino, más bien te arroja como un fardo


No quiero frivolizar ni tomar la anécdota por categoría, pero me crucé el otro día en la estación de Chamartín con un reportero de guerra recién regresado de Ucrania que nos elogiaba los trenes ucranios, con los que había cruzado tan pancho un país en ruinas, mientras maldecía los españoles. Apenas había puesto pie en España y ya había sufrido mil desdichas ferroviarias. El paisaje precario de Chamartín, donde la alegría es un bien escasísimo, le daba la razón. Yo también: como viajero asiduo por las Españas, he sufrido en mis huesos el deterioro de un sistema que llegó a ser excelente allí donde existió (un saludo a los extremeños), pero hoy ya no te transporta a tu destino, más bien te arroja como un fardo.
El ferroviario no es el problema principal del país, pero tiene una tasa de encabronamiento muy alta: el viajero maltratado se convierte en ciudadano furibundo, y no hay renfecitos que le apeen la furia. La cosa responde a muchísimos factores que anteceden y rebasan la gestión de Óscar Puente, lo que no evita que este sea el protagonista de un declive que golpea el orgullo patrio donde más duele: la idea de modernidad. España no se sacudió del todo el franquismo hasta que no llegó el AVE: es inevitable que el desastre de ahora se perciba como un fracaso nacional. Por eso urge atajarlo.
Propongo empezar por la constatación de que un viajero es también un ser humano, y no solo un bulto al que azuzar, inspeccionar y berrear. Históricamente, Renfe ha sido vanguardia y maestra en el arte de maltratar viajeros, a quienes hoy llama clientes, pero no hace falta que perseveren tanto en la tradición. Por ejemplo: ¿a quién se le ha ocurrido la nueva moda de que unas señoras —casi siempre son señoras— se paseen por Atocha con un megáfono gritando como sargentos chusqueros y ordenando al personal en filas como si fueran a servir el rancho?
Desde la puerta de la estación hasta la del tren, al viajero le gritan varias veces trabajadores que destilan impaciencia y agotamiento, creando una espiral de hostilidad que se ceba con los despistados y vulnerables (¡La chaqueta también!, gritan en el control de seguridad; ¡hagan filas de a uno!, brama otro; ¡tengan el billete listo!). ¿No funcionarían un poco mejor las cosas rebajando el vinagre y la bilis? ¿No hay nadie en todo el sistema capaz de frenar esto? A veces basta contar hasta diez para comprender el estropicio y revertirlo. O darlo por imposible y volverse a Ucrania, como el periodista que vivía más tranquilo en la guerra.
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