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EL PAÍS del futuro empieza hoy

Más de 40.500 personas han visitado el Festival de este periódico durante tres jornadas de celebración de sus primeros 50 años

Ambiente este domingo en la plaza de Matadero Madrid, durante la última de las tres jornadas del Festival de EL PAÍS por su 50 aniversarioCandela Ordonez

Entre las 40.500 personas que durante estos tres días han pasado por las naves del Matadero de Legazpi en Madrid para asistir al festival del 50 aniversario de El PAÍS se encontraban una secretaria histórica, Rosi Rodríguez Loranca, quien, junto a un chófer y a otros empleados, trasladaron máquinas de escribir y papeleras al edificio vacío en la calle Miguel Yuste 40 para que los periodistas pudieran empezar a trabajar. Algunas calles estaban aún sin asfaltar en San Blas, el distrito periférico donde se asentó la sede del periódico. El barrio era por entonces una colección de descampados mal cosidos poblados de talleres pequeños, fábricas familiares y chabolas. Si a cualquiera de los que trabajaban en ese edificio ese 4 de mayo de 1976 les hubieran dicho esa mañana que 50 años después la información viajaría por el aire a todas las partes del planeta —y aún más lejos—, y que uno desde un teléfono portátil sería capaz de redactar, escribir, editar, enviar y publicar un artículo con foto incluida casi instantáneamente, habría puesto una cara digna de un selfi. La misma que podría cualquiera si un reportero de EL PAÍS del futuro llegara para explicarle cómo se hace el periódico de mayo de 2076.

Durante estos tres días, los periodistas de EL PAÍS del presente se han conformado con mostrar cómo es y cómo se hace el periódico de cada día: en enseñar la tramoya, lo que hay detrás, los aparentes trucos de mago que preceden a cada ejemplar y cada noticia con un solo fin: demostrar que no hay trampa ni cartón y que las noticias, los reportajes y los editoriales las hacen hombres y mujeres con oficio, método y experiencia y que, a pesar de eso, con frecuencia se equivocan. Todo periodista almacena un buen muestrario de meteduras de pata, algo normal en un trabajo que se lleva a cabo apresuradamente y con una buena dosis de improvisación. Y muchas veces, uno se acuerda más del error que del acierto. Y hasta le coge cariño. Javier Casqueiro, reconocido periodista y analista político, recordaba ayer la tarde heladora en que escuchaba a Mariano Rajoy en un mitin celebrado el 1 de diciembre en Benavente (Zamora) durante la campaña electoral de 2015. Subido a un banco en un parque, el por entonces presidente del Gobierno soltó de pronto aquel galimatías de “es el alcalde el que quiere que sean los vecinos el alcalde”, que Casqueiro desechó por inconsecuente y lioso y que no incluyó en su crónica. La frase más famosa de Rajoy acababa de ser pronunciada a dos metros de distancia de un periodista que decidió no incluirla entre las más de 1.500 palabras que iba a redactar. Muy poco después, el audio empezó a hacerse viral y Casqueiro —y su jefe— a tirarse de los pelos.

Las tres jornadas del festival en los que El PAÍS enseñó la trastienda empezaron el viernes con una reunión especial: la del comité editorial, que agrupa a editorialistas, expertos y periodistas experimentados, encargados, cada semana, de dictaminar lo que EL PAÍS piensa de casi todo. El escritor Javier Cercas, colaborador de este periódico, en un diálogo que mantuvo ayer con el director Jan Martínez Ahrens, aseguró que EL PAÍS “es el periódico que más leyendas arrastra”. La reunión del viernes ayudará a desmontar alguna al dejar claro que la realidad es más sencilla, más prosaica y, en el fondo, más tranquilizadora: los editoriales se conciben después de una reunión civilizada de un grupo de personas dispuestas a llegar a alguna conclusión sobre los temas que la resbaladiza actualidad arroja sobre la mesa. Nada más. Nada menos.

Terminada la reunión del comité editorial, que se desarrolló ante 300 personas que guardaron un silencio casi religioso, se multiplicaron los actos, todos encaminados a lo mismo: una suerte de pasen y vean. Mientras en una sala el director adjunto, Miguel Jiménez, contaba cómo llegaron al periódico los denominados Papeles de Bárcenas, (no fue Bárcenas quien los filtró), Kiko Llaneras, periodista de Datos, junto a varios compañeros, mostraba cómo se hace un gráfico animado, tomando como ejemplo el accidente ferroviario de Adamuz (Córdoba). Llaneras constató el interés de los asistentes por saber cómo se conseguían los datos, cómo se establecían las mediciones, cómo se llegaba a las conclusiones pertinentes antes de ponerse a elaborar la información.

Carlos Boyero habló de cine, los fotógrafos Carlos Rosillo y Claudio Álvarez han enseñado a hacer fotos en talleres callejeros y el dibujante José María Pérez, Peridis, recibió en directo y delante del público el encargo diario que lleva recibiendo desde el primer número de El PAÍS. Aquel lejano 4 de mayo Peridis dibujó a José María de Areilza, entonces ministro de Exteriores, llevando a cabo un viaje oficial a Marruecos. Este domingo, 17.805 ejemplares y 17.805 dibujos después, Fernando J. Pérez, editor de la sección de España, le recomendó que dibujara algo sobre las elecciones andaluzas: a María Jesús Montero al lado de Sánchez y a Moreno Bonilla sin la compañía de Feijóo, por ejemplo.

La actual corresponsal en Bruselas María Sahuquillo habló de los olores de la guerra de Ucrania cuando fue enviada especial a la zona: el olor al café que hacían los guardias de un puesto fronterizo, a la pólvora de los bombazos, a la comida que le prepararon unos vecinos acogedores… Y Luis de Vega, también enviado especial al frente de guerra ucranio, relató cómo en uno de los viajes una compañía aérea le extravió la maleta y cómo descubrió, tras escuchar relatos sobrecogedores de personas que lo habían perdido absolutamente todo, que el contenido de la dichosa maleta —que se quedó rodando para siempre en una cinta de equipajes de un aeropuerto de París— era superfluo, como tantas cosas que damos por imprescindibles y no lo son. Esto, consignar lo que piensan y sienten los enviados especiales en una zona de guerra puede resultar innecesario y, si me apuran, obsceno. Es una minucia comparada con la montaña de sufrimiento de las víctimas. Pero, por una vez, no está de más recordar que quien está detrás de una noticia que se redacta en un frente de guerra esconde un corazón que también sufre.

El público asistió el sábado por la tarde a una reunión en la que los responsables de las secciones junto con el director decidieron —como hacen cada día— los contenidos de las noticias de la primera página. En otra jornada la periodista y columnista Luz Sánchez-Mellado entrevistó delante de cientos de personas al actor José Sacristán como si fuera uno de los personajes que entrevista cada semana para la última página del domingo. En distintas salas se habló de deportes, de gastronomía, de Latinoamérica, de columnismo, de pederastia, de crucigramas o de ajedrez; también de los desafíos y los peligros de la IA, de las cartas al director como mensajes en una botella, del fin del mundo, del principio del mundo, de cuando Pedro Sánchez despertó a los periodistas en pleno vuelo para decirles que iba a romper con Feijóo. Y de cuando Manuel Jabois envió una columna al Diario de Pontevedra sobre una amiga concejal a la que acababan de destituir llamada Ruth y el encargado de colocar el texto en la página se olvidó y al día siguiente apareció la columna con el título adecuado, “Ruth”, pero con el texto de la columna del día anterior, que versaba sobre una película. De que nadie en el fondo se dio cuenta excepto Jabois y su amiga.

Cercas aseguró que, como parte de la colección de leyendas que acompaña a este diario, a veces ha oído decir que EL PAÍS de hoy es peor que EL PAÍS de hace años. Y añadió que eso es falso. Lo sostiene con conocimiento de causa: Para el libro sobre EL PAÍS que acaba de publicar, El periódico de la democracia, ha consultado muchos ejemplares antiguos. “Si el discípulo no es mejor que el maestro, el maestro es malo”, añadió, refiriéndose a los periodistas que han precedido a los actuales redactores de EL PAÍS. “Y vosotros”, agregó, “habéis tenido unos buenos maestros”. Algunos de estos viejos maestros han pasado estos días por el Matadero de Legazpi y se han cruzado con los que entonces eran sus discípulos. Los que tenían 50 años ya tienen 70 y los que tenían 30 ahora pasan los 50. Y la vida sigue y el periódico permanece.

En una de las charlas, la actual Defensora del Lector, Soledad Alcaide, se preguntó, junto con el escritor Sergio del Molino, qué había que hacer, qué cosas había que cambiar, para llegar a más gente, para que, por ejemplo, sus hijos jóvenes leyeran el periódico. La escritora portuguesa Lídia Jorge, tras oírlos, dijo: “Vosotros aspiráis a lo perfecto; yo me conformo con lo imperfecto. Porque lo que tenéis, EL PAÍS, vale mucho, y no en todos los sitios existe algo parecido. Da voces a todos, hay dinero para hacer reportajes. Yo quiero un periódico en el que salga este que no piensa como yo, pero con el que quiero dialogar. Sois importantes. Porque la prensa es un guardián”. Martin Baron, el ex director de The Washington Post, aseguró que el futuro de los periódicos pasa, entre otras cosas, por afianzarse en sus valores y no tener miedo a los cambios. En realidad, nadie sabe la respuesta. Tal vez no exista.

En San Blas, en el barrio que rodea el periódico, han desaparecido ya casi todos los talleres. Ya no hay descampados, ni casas bajas, ni por supuesto chabolas. Tampoco calles sin asfaltar. Ahora proliferan empresas nuevas, pisos recién construidos, restaurantes con aire moderno. También hay tascas peruanas, residencias de mayores y edificios gigantes de oficinas. Todo ha cambiado. Pero el noble y feote edificio de El PAÍS sigue ahí, en el mismo sitio, en la calle Miguel Yuste 40. Tal vez el secreto, como asegura Cercas, sea simplemente “contar las cosas como son”.

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