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Tribuna Castaño 13/08/23
RAQUEL MARÍN
Tribuna
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La tentación de la inocencia

Las democracias occidentales están bajo un tsunami conservador y deshumanizante. Por todas partes aflora un contexto de inquietud, miedo difuso, ira, emociones explosivas y contradicciones

Cecilia Castaño

En Grecia, la derecha ganó las elecciones, mientras nadie se preocupaba del trágico naufragio con 650 migrantes muertos. Más allá de las circunstancias específicas, se trata de una muestra más de un tsunami conservador y deshumanizante que recorre hoy las democracias occidentales, de carácter incremental y causas múltiples, nada fáciles de comprender y abordar para quienes intentan remar en dirección contraria de la ola gigante que se viene encima.

Hace casi 30 años se publicó el libro La tentación de la inocencia de Pascal Bruckner, en el que se definía la inocencia como el intento de escapar a las consecuencias de los propios actos, de eludir las abrumadoras responsabilidades inherentes al ejercicio de la libertad y de asumir para ello el papel de víctimas, usurpando en consecuencia el espacio de las verdaderas víctimas del mundo, condenadas no solo a las carencias básicas y a la discriminación sino, también, a su creciente y absoluta relegación e invisibilidad en la agenda social. En las últimas tres décadas, esta tentación o enfermedad del individualismo ha crecido exponencialmente, jaleada por aparatos de propaganda cada vez más eficaces que responden a poderosos intereses económicos y políticos, incitadores del consumo desmedido, la infantilización del comportamiento y un egocentrismo que se extiende a todos los estratos de la sociedad como una mancha de aceite. Acompañado por un entorno mucho más incierto, complejo y difícil para la mayoría de la gente, pero que hace mella emocional más acusada en las capas sociales que tradicionalmente se han considerado clases medias, buena parte de ellas cercanas políticamente al centro, centro izquierda o centro derecha.

En este contexto, resulta evidente que quienes han dado la mayoría absoluta a la derecha en Grecia, a la ultraderechista Afd en Turingia, pero también los finlandeses, los británicos brexiteros, y —claro está— esa variopinta multitud de españoles que hoy se suman a la derecha de toda la vida, no van a reparar en los millares de seres humanos que pierden o pelean la vida frente a sus costas, vallas o fronteras (ojo, y eso no se reduce en absoluto a los sectores de derecha, también sucede, y más de lo que nos creemos, en la izquierda). Porque, en su marco mental, ellas y ellos son los náufragos que necesitan ser rescatados.

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Rescatados preferentemente por un barco a cargo de una comandancia que parezca saber dónde va, que hable con una voz única o coordinada, que combine autoridad y empatía. Esa perspectiva se aleja de la representada por una embarcación cuyos tripulantes se pelean a menudo y no transmiten estabilidad, aún estando cargados de víveres (medidas de política pública adoptadas o por adoptar) que, a lo mejor, hasta ni caben en la bodega y pueden incluso hundirla. Algo así ha estado sucediendo con la campaña electoral española a las autonómicas y municipales: una izquierda dividida, pero con un impresionante bagaje que mostrar pese a todas las dificultades experimentadas, centrada en los qués (lo que hemos hecho), frente a una derecha empoderada que elude hábilmente los qués y orienta todo su discurso a los quién (con quiénes lo hacen). Tratemos de comprender a fondo el contexto en que vive la gente que vota, sobre todo la que ha votado izquierda o centroizquierda y ahora se abstiene o traslada su voto a la derecha.

La mayoría de la gente está muy cansada tras la pandemia y el volcán, crisis por fortuna (relativamente) superadas y que el Gobierno ha gestionado bien. Pero está frustrada, asustada y abrumada por un entorno amenazante que combina —en una tormenta perfecta— sequías e inundaciones, cambio climático, la atroz guerra de Ucrania y sus giros de guión, la inteligencia artificial que nos va a quitar los empleos, etc. No se trata de realidades lejanas sino que se nos recuerdan diariamente en titulares de prensa, telediarios y mensajes virales en redes sociales (incrementados con pinceladas apocalípticas) que, en cierto modo, nos roban toda expectativa de futuro.

Con todo, a nivel cotidiano lo que más influye es la inflación que, pese a su reciente moderación, ha dejado el poder adquisitivo de muchas familias al borde de la pobreza, ahogadas por la subida de los alimentos, los alquileres o las hipotecas. En este contexto puede más el miedo a la guerra en Europa que el miedo a Vox. En situaciones amenazantes y tan disruptivas como la actual, ser conservador es un valor. Y, en las decisiones sociales y personales, cuenta tanto el presente (empleos, salarios, precios) como el futuro (qué va pasar, a dónde vamos, cómo se pagará la deuda, qué será de nuestros hijos), expresándose esa dualidad de manera contradictoria la mayoría de las veces: depresión colectiva y restricción del consumo en algunas áreas frente a restaurantes, vuelos y costas llenos hasta la bandera como si no hubiera un mañana.

Por eso, el debate político hoy no gira sobre economía o inmigración. Por todas partes aflora un contexto de inquietud, miedo difuso, ira, emociones explosivas y contradicciones.

Frente a ello, no basta con exhibir buenos resultados de gestión; para mucha gente la situación es extrema, y para otros el miedo es tan grande que no se fían de nada.

El PP ha entendido mejor, hasta ahora, el contexto social y emocional en que vive la gente que vota, y por eso en las elecciones municipales y autonómicas se ha apoderado de todo el voto de Ciudadanos y ha quitado voto al PSOE, pero no a Vox.

Se ha centrado en el quién y ofrece dos mensajes complementarios casi imbatibles si no se desentrañan y desmontan desde otro marco: 1. Quiero que el barco esté en manos fiables, seguras, previsibles. Gente que no se pelee todo el rato y que las buenas iniciativas legislativas no salgan de chiripa (ése es el rol de Feijóo). 2. Carpe Diem, vivir el hoy. Es el papel de Ayuso, la encargada de ofrecer vidilla a la gente. Déjame tomar una caña y relajarme aunque todo esté muy mal.

Estos dos mensajes del PP, aparentemente contradictorios, en realidad son complementarios para el electorado: dame alegría y dame previsibilidad, y funcionan muy bien juntos, porque es lo que la gente, en un contexto de frustración y amenazas, de tentación de la inocencia y sensaciones de naufragio, quiere. Eso no significa que haya que caer en ese marco sin más; desde la empatía, hay que saber reconocer que la situación global es muy compleja, que hay razones para la inquietud, pero —precisamente por ello— nuestro barco está demostrando firmeza, la tripulación al mando es experimentada y tiene una carta de navegación con probada vigencia para alcanzar puertos seguros, no solo para una minoría sino para la mayoría social (incluyendo expresamente a las clases medias).

Es necesario generar confianza e ilusión y recuperar a la ciudadanía que construye junta los lazos que propician la verdadera seguridad, la participación social responsable o la igualdad de género. Desde lenguajes menos técnicos y, a la vez, menos ideologizados, como algo más cercano por lo que vale la pena luchar, porque tiene que ver con nuestra vida. En un barco cuya fortaleza consiste en que navegamos juntas y juntos. ¿Naif? Tal vez, pero se trata de mensajes que expresan una profunda convicción y autenticidad que, de alguna forma, hemos ido perdiendo en el camino. Hay que recuperar la pasión del argumento y el argumento de la pasión.

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