Columna
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Políticos, partidos y simulaciones

Si los políticos quieren que se les elija para promover su carrera no tienen más remedio que ajustarse a las preferencias de sus electores, y eso siempre es bueno. Pero deben hacerlo con cierto disimulo

Reunión del comité permanente de Ciudadanos, en febrero.
Reunión del comité permanente de Ciudadanos, en febrero.Jesús Hellín (Europa Press)

La escasa entidad de los posibles candidatos para suceder a Boris Johnson hizo que el conocido articulista del Financial Times Janan Ganesh se lamentara de la falta de incentivos para que entre en política gente verdaderamente distinguida. A esta misma idea le dedicó también aquí una columna Daniel Gascón. Mi posición al respecto es mucho más escéptica. Para empezar, no creo que las élites políticas sean peores que otras élites. La diferencia está en que aquellas están sujetas a una observación constante e implacable. Además, en política la valía académica, por ejemplo, no sirve de mucho. Un licenciado en Harvard podrá ser un magnífico abogado o economista, pero nada garantiza que sea buen político. Al menos en su acepción distinta de la de mero gestor. En esta última dimensión suelen destacar los funcionarios, el caladero del que más tiran los partidos.

La clave, y donde quizá resida el problema, está en la temprana profesionalización de quienes hacen de la política su modo de vida. A partir de ese momento unen su destino a unas siglas, se deben a la empresa de la que ya no pueden prescindir. Los partidos no son escuelas de liderazgo, sino de supervivencia, o la instancia imprescindible para ir medrando en las escalas de poder. Y esto vale tanto para quienes entraron en ellos por compromiso sincero con sus fines, como para los más instrumentalistas. Al final, las lógicas del sistema siempre acaban fagocitando al sujeto.

En España tenemos ahora tres claros ejemplos, con distinto nivel de éxito. Primero está el caso Arrimadas y los restos del naufragio de Ciudadanos, porfiando por mantener en vida lo que de hecho todos sabemos que es un partido zombi, huérfano ya del espacio que les diera tantas tardes de gloria. (Los más listillos ya se buscaron reacomodo en el PP, incluso traicionando a sus antiguos compañeros). O, en segundo lugar, las disputas en eso que ahora llaman la izquierda de la izquierda. El cese de Enrique Santiago por la ministra Belarra —al parecer por su apoyo a Yolanda Díaz— apunta al conflicto que se avecina por el control de las listas en este sector. Si a lo que aspiran es al éxito de su proyecto político, lo lógico sería hacer todo lo contrario, que todos remaran en la misma dirección; es bien conocido el perjuicio electoral que para los partidos supone toda apariencia de desunión. Esto lo sabe bien el PSOE, partido más viejo y curtido ya en mil batallas. Quizá por eso mismo nadie va a chistar por la reorganización propuesta por Sánchez. Liquidar la distinción entre sanchistas y no sanchistas, recuperar la marca por encima de su subordinación al líder es la condición de posibilidad para no perder terreno en la mayor subasta de cargos públicos de la política española, las elecciones autonómicas y municipales. Al menos hasta que estas se celebren; luego, si el resultado es negativo, ya habrá tiempo para cambiar la estrategia cara a las generales.

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No se escandalicen por esta muestra de cinismo aparente. No hay nada denigrante en crear incentivos a la clase política. Aquí opera la misma lógica que señalaba Mandeville respecto del capitalismo, “vicios privados, virtudes públicas”. Si los políticos quieren que se les elija para promover su carrera, el presunto vicio, no tienen más remedio que ajustarse a las preferencias de sus electores, y eso siempre es bueno. El problema es que para que sea eficaz deben hacerlo con cierto disimulo, como sugería el mismo Maquiavelo; si no se arriesgan a encender las iras del respetable. Buen político es quien además de buen gestor es buen dissimulatore. Ya ven, algo que aquí no abunda.

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