Editorial
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PP desfasado

El discurso medioambiental y fiscal del partido en Madrid es inusual en Europa

El alcalde de Madrid, José Luis Martínez-Almeida, en la presentación de las Fiestas de San Isidro el 11 de mayo.
El alcalde de Madrid, José Luis Martínez-Almeida, en la presentación de las Fiestas de San Isidro el 11 de mayo.A. Pérez Meca / Europa Press

Mientras las grandes ciudades occidentales avanzan sin titubeos hacia entornos urbanos más humanos y la reducción del tráfico contaminante, Madrid permanece incrustada en otro tiempo por las batallas libradas por un PP local que se sitúa en los márgenes extremos de la familia conservadora-liberal europea. El Tribunal Supremo dejó ayer en el aire Madrid Central, el proyecto para reducir las emisiones que puso en marcha la alcaldesa Manuela Carmena, al rechazar un recurso de Ecologistas en Acción contra una sentencia que lo anulaba. En ella, el Tribunal Superior de Justicia de Madrid había considerado —en respuesta a dos recursos del PP y uno de una empresa privada— que no se cumplió el trámite de información pública y que la memoria económica era insuficiente. Los problemas sancionados por la justicia no son menores y hablan de una deficiente gestión, pero se trata de cuestiones formales que no atañen al espíritu de disminución de la contaminación de Madrid Central. Reconocidos los fallos formales de la anterior administración municipal, conviene fijarse en los sustanciales de la actual.

La campaña de acoso y derribo del PP madrileño contra Madrid Central —un proyecto exitoso en la reducción de excesivos niveles de contaminación, señalados repetidamente por Bruselas— subraya varias cosas. De entrada, evidencia un compromiso bastante gaseoso con la lucha contra el cambio climático. En la memoria de los vecinos queda la celebración que organizó Martínez-Almeida en uno de sus primeros actos como alcalde, cuando retiró unas jardineras que peatonalizaban una zona entre aplausos de sus seguidores. El alcalde tiene su propio plan de reducción de emisiones, pero, dos años después de asumir el poder, todavía no está operativo. Al PP no se le nota muy convencido en esta lucha. Lo que sí se nota es una actitud confrontacional muy característica, en este caso con la disposición a hacer tabula rasa del legado de la administración anterior; en otros, negándose a los más mínimos niveles de diálogo, cooperación o pacto.

La decisión del Supremo coincidió ayer además con otro acontecimiento que vuelve a mostrar el desfase del PP con tendencias de un tiempo que su propia familia política o instituciones no sospechosas de radicalismos izquierdistas respaldan. Después de que el FMI recomendara elevar la presión fiscal sobre personas con rentas altas y empresas con grandes beneficios, la OCDE sugirió ayer mejorar la recaudación en impuestos de sucesiones y donaciones. El PP madrileño mantiene en mínimos el segundo apartado, y quiere reducir el primero: quizá consideren progresismo extremo también los planteamientos del FMI y la OCDE. Pero medio ambiente y fiscalidad no son los únicos elementos en los que la encarnación madrileña del PP se sitúa en los márgenes de su familia.

Que su propuesta de gestión de pandemia haya recibido un fuerte respaldo ciudadano no quita que haya ido completamente a contracorriente en cuanto a laxitud de restricciones con respecto a la de las principales capitales europeas. De hecho, ni hace falta acudir a Europa: el PP madrileño va desacompasado de los planteamientos del mismo partido en otros territorios españoles. Tras el triunfo de Isabel Díaz Ayuso, la tentación de ahondar en este excepcionalismo será grande. Mucho mejor —para el país y para el propio partido— sería que estos planteamientos ultraliberales se encapsularan en Madrid y el PP optara por una senda de conservadurismo verde, fiscalmente moderado, menos retórico y más pragmático.

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