Tribuna
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Un club trilateral del clima

Europa, Estados Unidos y China deben unirse para reducir las emisiones de gases de efecto invernadero

Planta de procesado de carbón mineral  en Alemania.
Planta de procesado de carbón mineral en Alemania.Monika Skolimowska (getty images)

Ha llegado el momento de que Europa, Estados Unidos y, posiblemente, China, creen un “club mundial del clima”. En las dos últimas décadas, las emisiones de gases de efecto invernadero han aumentado alrededor de un 2% anual, y desde la firma del Acuerdo de París, las emisiones mundiales han seguido incrementándose. Hemos aprendido que es difícil cumplir con la protección del clima si los costes de la reducción son en gran medida nacionales, mientras que los beneficios de la prevención global son globales. De hecho, Estados Unidos abandonó el Acuerdo de París durante la presidencia de Donald Trump precisamente por esa razón. En suma, la humanidad no está haciendo ni mucho menos suficientes progresos como para excluir un desenlace posiblemente catastrófico en lo que al clima se refiere.

El premio Nobel William Nordhaus ha sostenido convincentemente que para resolver el problema del parasitismo en la acción a favor del clima no basta con un compromiso voluntario como el que se intentó con el Acuerdo de París. En su lugar, propuso una idea sencilla que es hora de poner en práctica: un club que implemente medidas climáticas duras. Estas medidas deberían ser significativamente más ambiciosas que un acuerdo laxo como el de París. Para lograr su objetivo, el club tendría que acordar un precio alto del carbono común para todos sus miembros, y penalizar a los países que no participen. La penalización es necesaria para mantener al grupo unido. Nordhaus propone aplicar un ajuste fronterizo de carbono o incluso imponer a los no participantes en el club aranceles más elevados sobre las importaciones, sea cual sea su contenido en carbono.

La Unión Europea ha entendido la importancia para su política climática de las medidas relacionadas con el comercio exterior. De hecho, la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, ha defendido en diversas ocasiones un ajuste fronterizo de carbono para las importaciones con alta huella de CO2 a fin de evitar que la producción se desplace fuera de Europa. El ajuste fronterizo de carbono puede aplicarse en consonancia con las normas de la Organización Mundial del Comercio (OMC).

Es cierto que Europa no piensa que el mecanismo fronterizo constituya una penalización. Por el contrario, es un elemento importante para que todos jueguen en igualdad de condiciones y se evite la fuga de carbono. Sin embargo, durante la presidencia de Trump, Estados Unidos lo habría rechazado por considerarlo una penalización indebida.

Con el nuevo presidente de EE UU existe la posibilidad de un diálogo diferente. Igual que en Europa, en EE UU el apoyo político del país a una acción climática de más amplio alcance es cada vez mayor. Más de 3.000 economistas estadounidenses han reclamado un impuesto fronterizo al carbono como complemento a los gravámenes nacionales más elevados sobre las emisiones de gases de efecto invernadero.

Europa debería proponer al presidente entrante la creación de un club del clima con un ajuste fronterizo de carbono común. El mecanismo no se aplicaría dentro del club, ya que ambas economías establecerían un precio mínimo comparable para las emisiones de gases de efecto invernadero. Esto constituiría un incentivo para mantener el compromiso con el acuerdo. Fuera del grupo, ambas economías impondrían el mismo ajuste fronterizo de carbono. Este arancel externo común no solo permitiría evitar la fuga de CO2, sino que también sería un aliciente importante para que otros países se uniesen al club. A fin de cuentas, las dos economías siguen suponiendo alrededor del 40% del PIB mundial.

El club probablemente sería estable. Si el ajuste fronterizo de carbono se pusiese en práctica de acuerdo con las normas de la OMC, no sería posible que terceros países tomaran represalias comerciales. Es más, la zona transatlántica todavía es demasiado importante como para que estos últimos puedan oponerse a la medida con otras amenazas creíbles. A esto hay que añadir que, dado que la reducción se ha abaratado mucho ahora que las tecnologías verdes tienen precios competitivos, un simple mecanismo fronterizo de ajuste de carbono muy bien podría bastar para mantener la estabilidad del club de países comprometidos con una acción climática seria.

Esta idea situaría a la economía transatlántica en el centro de los esfuerzos mundiales por reducir las emisiones de gases de efecto invernadero. No obstante, tanto Europa como EE UU harían bien en tender la mano a Pekín para que se convirtiese en miembro fundador del club del clima. Un club que incluyese a las tres mayores economías del mundo haría muy difícil que cualquier otro país no se viese obligado a moverse hacia un aumento importante de los precios del carbono. En su propio interés geopolítico, a Europa le convendría evitar el endurecimiento del enfrentamiento entre Estados Unidos y China, que no puede acarrearle más que perjuicios.

Un club del clima trilateral no es solo una oportunidad única para la acción climática a escala mundial, sino también un proyecto geopolítico por el que vale la pena que trabajen Europa, China y Estados Unidos. Las condiciones para negociarlo nunca han sido mejores.

Guntram Wolff es director del centro de reflexión Bruegel, especializado en economía.

Traducción de News Clips.

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