Columna
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Futuro sin presente

El progreso ha consistido siempre en una búsqueda incesante de soluciones para resolver problemas. Esa debía ser la tarea. Solo así podríamos ir a mejor

Pedro Sánchez en la presentación del Plan de Recuperación, Transformación y Resiliencia de la economía española.
Pedro Sánchez en la presentación del Plan de Recuperación, Transformación y Resiliencia de la economía española.Borja Puig de la Bellacasa

Ya no sé bien cómo se organizan las cosas en nuestro espacio público. El pasado miércoles el presidente Sánchez presentó el Plan de Recuperación, Transformación y Resiliencia de la economía española. En juego estaba el programa de ejecución de los 72.000 millones de euros que España va a recibir de los fondos europeos para salir de esta crisis y dinamizar nuestra economía cara al futuro. ¡Ni más ni menos! Bueno, pues a esa presentación le siguió un discreto silencio. La inmensa mayoría de los medios, las tertulias y las redes prefirieron concentrarse sobre el nuevo paso judicial del caso Dina e inmediatamente después con el sainete político de Madrid. Con las excepciones de rigor, claro.

Y seguimos sin hacerlo, sigue fuera del foco mediático y, por tanto, ajeno al debate público que merece. Quizá porque presupone la entrada en una deliberación racional en la que cada parte se ve obligada a presentar argumentos, y eso, lo sabemos bien, está reñido con la máquina de picar en la que se ha convertido la política española. Esta prefiere inclinarse siempre hacia los temas divisivos, no puede vivir sin machacar a alguien, sin la crítica hiperbólica y sin traducir todos los problemas socio-políticos en una radical afirmación de partidismo. El presente queda así vacío de futuro, se densifica. Y un presente tan espeso, tan sobrecargado por la inmediatez de la actualidad, que se regodea en cada pequeño movimiento o declaración de los actores políticos, pierde la capacidad de mirar hacia el porvenir.

A ello no ayuda la judicialización extrema en la que hemos convertido nuestra vida política. Y como el poder judicial sigue su propio tempo, ajeno al dinamismo presentista de la sociedad digital, al final nos encontramos con que son los contenciosos del pasado los que acaban colonizando el presente. Vuelta a enzarzarnos en los conflictos pretéritos, como si no tuviéramos bastante con los actuales. Cada sentencia o cada avance en los sumarios de carácter político que se van filtrando sirve así para añadir combustible al fuego del enfrentamiento.

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Hoy discutimos, con razón, cómo ha sido posible este fracaso colectivo en nuestra gestión de la pandemia. Pero parece que nos preocupa más señalar al “culpable” que detectar cuáles son las fallas de nuestro sistema que nos han conducido a esta situación y cómo resolverlas. Una democracia no puede vivir sin rendimiento de cuentas, esa particular forma de mirar al pasado, pero tampoco sin detenerse a pensar cómo resolver los problemas que nos afectan a todos. Aun más en momentos en los que las verdaderas amenazas las ubicamos, todas ellas, en el futuro inmediato: crisis ecológica, competitividad económica, adaptación a las nuevas tecnologías, etcétera. Las conocemos bien. Cuestiones como la Monarquía, o qué sea o deje de ser España pueden esperar, cómo salimos del agujero en el que estamos, no.

El progreso ha consistido siempre en una búsqueda incesante de soluciones para resolver problemas. Esa debía ser la tarea del presente. Solo así habría un futuro mejor, la verdadera meta. Pero el futuro se diluye, se desvanece, cuando ya no puede hacer pie en lo que se supone que lo antecede. Y eso es lo que nos pasa.

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