Columna
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La polarización no es el problema de México

La política mexicana de consenso suponía la exclusión de muchas voces. La polarización es resultado, no de diferencias infranqueables, sino de la incapacidad de nuestra democracia para darles respuesta

Familiares de los 43 estudiantes desaparecidos de Ayotzinapa se manifiestan en Ciudad de México.
Familiares de los 43 estudiantes desaparecidos de Ayotzinapa se manifiestan en Ciudad de México.HENRY ROMERO (Reuters)

Se ha vuelto costumbre describir a la polarización como un cáncer. Diagnosticarla como una fuerza infame que fragmenta y divide al país, un mal social que carcome la gobernabilidad y motiva el conflicto.

Con este diagnóstico, la agenda de los-intelectuales-de-siempre se ha vuelto una. Un transparente añoro del consenso de antes y un rechazo a la diversidad que se vocaliza de forma no sosegada. Extrañan un pasado donde, a sus ojos, las diferencias políticas se debatían con una elegancia ahora perdida.

En este texto desafío a estos intelectuales-de-siempre.

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La polarización no es un cáncer, sino el resultado natural de dar voz política a quien nunca la tuvo en un sistema que no está listo para dársela. Temas que ayer polarizaban (el voto de la mujer, la jornada de ocho horas) hoy no lo hacen porque fueron resueltos. Los temas que hoy polarizan (raza, género, distribución de la riqueza, privilegio) no son temas nuevos, son clamores que existían sin resolución, pero sin expresarse. No habría polarización si los temas estuvieran resueltos.

Es por ello que propongo acercarnos a lo que llamamos “polarización”, no como un mal, sino como un síntoma de un problema más profundo: una democracia que no ha logrado representar a todos. Un sistema que se aferra a un consenso que no existe.

La polarización no es el problema. El problema es que las instituciones no sepan lidiar con agravios sociales de forma productiva y los hagan parecer infranqueables. Y que los políticos se beneficien de ello. Andrés Manuel López Obrador no es el creador de la polarización sino su principal beneficiario. La polarización no nace en el púlpito presidencial, solo ahí se explota. La polarización se crea en las injusticias.

Hay quien dice que las injusticias podrían expresarse sin polarizar. Y ello es cierto, pero no es realista. Primero porque las injusticias silenciadas no estallan con sosiego. La inteligencia emocional es un privilegio de quien tiene agravios moderados. Segundo, porque la diferencia entre polarización y divergencia es subjetiva. Para quien nunca ha sido cuestionado, cualquier pregunta es divisoria. Para quien nunca se ha expresado, cualquier clamor es alivio.

[Lo que no es normal]

Lo raro en un país como México (donde solo el 12% de la población es clase media y el 1% gana en promedio 870 mil pesos al mes) no es que haya polarización, sino que no haya habido antes.

Lo sorprendente de México es cómo logró convivir “en paz” con los agravios que creó un modelo económico que democratizó la semi-miseria. No es normal que la decimoquinta economía más grande del mundo tenga 52 millones de pobres y vaya a acumular 10 más durante la pandemia.

Nos acostumbramos a la hipocresía de llamar democracia al corporativismo, al clientelismo y al acuerdo de élite. De celebrar como “liderazgo” al caudillaje. Todo ello en paz. Con el eufemismo de “paz laboral” se han aceptado las violaciones laborales más evidentes. En favor de la paz ha quedado empeñada la justicia.

No es normal que los agravios de un país tan desigual hayan sido tan quedos. Tan calmos, tan elegantes.

Lo que es normal es lo que estamos viendo ahora. Una población agraviada que ha comenzado a tener mayor acceso a la voz pública. Y que, mediante redes sociales o a través de nuevas fórmulas políticas, ha enturbiado la arena política. Se han revuelto las aguas y ha salido el lodo que yacía decantado. La discusión pública se ha vuelto “anormalmente” estridente porque por décadas el lodo existía, pero de eso no se hablaba.

Ante ello, es normal que las-minorías-que-creían-ser-mayorías se sienten mancilladas y frágiles. La estridencia política les choca pues les hace notar, en parte, su fracaso. El fracaso de llamar democracia a un país de entramados familiares, laborales o personales donde quienes tenían capacidad de voz pública se conocían unos a otros desde hacía décadas y compartían pedigrí. El México de la élite tropical.

[No polarizar, el dilema]

El pasado consensual que añoran muchos no es más que la transparente exclusión de los diferentes. Extrañan cuando ellos y solo ellos podían tener la razón. Añoran la obediencia de un país que no se queja, o que se queja, pero muy elegantemente.

Por ejemplo, no había polarización cuando los movimientos identitarios no tenían espacio público, cuando eran cosa de comunidades marginadas. Tal era el caso de grupos feministas, de diversidad sexual o indígena. No es casualidad que el movimiento zapatista explotara justo cuando se suponía que México llegaba a su clímax de desarrollo con la firma del Tratado de Libre Comercio de América del Norte.

El zapatismo, movimiento al que en su tiempo se le acusó de dividir y polarizar, fue en realidad un acto profundamente democrático. Un llamado a volver evidente que el México representado por la democracia Salinista era el de los plutócratas beneficiados por las privatizaciones. No el que se levantaba en armas en la selva Lacandona.

Tampoco había polarización cuando las decisiones económicas se tomaban en consenso sin cuestionar sus supuestos y sus ideologías. La reducción de la inversión pública era un consenso ideológico multi-partido, el sacrificio del salario mínimo como herramienta anti-inflacionaria también. No hubo queja alguna de que la CONASMI fuera dirigida por un individuo que repudiaba la idea de subir el salario. A quien le pareció raro, polarizó.

No había polarización cuando el patriarcado se benefició de un sistema de cuidado “gratuito”, pagado con el trabajo no remunerado de millones de mujeres. Ni cuando consejos directivos de hombres decidieron pagar menos a las mujeres bajo la premisa de que en algún día serían madres. Nadie se quejó de que los negocios se cerraran en table dances donde no entraban mujeres. Quien lo hizo, polarizó.

Cuando nadie se movía para salir en la foto, no había polarización. Y tampoco había democracia.

[La polarización no fue creada por López Obrador]

Hay quien argumenta que la polarización no existía antes de que López Obrador tomara el poder. Esto es falso. La polarización surgió poco a poco cuando hubo más temas en la agenda y se consolidó, como la conocemos ahora, no con López Obrador, sino cuando Peña Nieto fracasó a mitad de su sexenio.

El sexenio de Peña Nieto comenzó siendo el epítome del consenso de élite. Su Gobierno logró, muy al estilo del PRI corporativista de los setenta, fusionar a toda la clase política bajo un mismo paraguas ideológico. Con el “Pacto por México” el Peñanietismo llevó la polarización a su mínimo histórico porque diluyó las fronteras de los partidos políticos y los convirtió en caricaturas de sí mismos.

Esta fusión de los partidos políticos mexicanos sembró agravios en los ciudadanos que no se sintieron representados, que se vieron afectados por las reformas estructurales, como los maestros con la reforma laboral, o que no fueron beneficiados, como los empresarios “traicionados” por la reforma fiscal.

Los agravios crecieron cuando el Peñanietismo falló en dar el único resultado tangible de corto plazo que prometió dar: reducir la violencia. Peña Nieto vendió la idea de que México era violento porque Calderón ponía demasiada atención en los carteles de la droga. En el momento en el que la agenda política se volcara en las reformas estructurales, creía Peña, la violencia disminuiría porque se dejarían de cortar las cabezas de los carteles y la prensa dejaría de cubrir eso.

Su diagnóstico falló. Al dejar de ponerle atención al tema y retirar las tropas, el crimen se enquistó y volvió a violentarse. Los avances que Calderón tuvo en reducir la violencia al final de su sexenio se vinieron abajo. Ayotzinapa demostró la falsedad de los diagnósticos de Peña y su disposición a mentir para sostenerlas.

Su fracaso, aunado a los escándalos de corrupción, dieron pie al surgimiento de la polarización que conocemos ahora. Fue durante el fin del sexenio de Peña que surgieron prístinos los agravios anti-élite, al rechazo a una clase política que no solo se prostituyó ideológicamente, sino que se enriqueció al amparo del poder. La pinta de “Fue el Estado” del Zócalo de Ciudad de México fue la vocalización de esa polarización.

López Obrador no creó el sentimiento anti-élite, lo representó.

Fue él quien dio voz a los atropellos de quienes observaron en el Peñanietismo la bancarrota de la democracia mexicana. Por eso López Obrador fue más exitoso en 2018 que antes. Su mensaje hizo eco en una población ya polarizada. López Obrador nos leyó.

Así, López Obrador comenzó su sexenio con lo que pensó era el deseo más grande de su elector: derrocar de una vez por todas al falso consenso político Peñanietista y todo lo que éste representaba.

Un primer golpe fue la cancelación del Aeropuerto en Texcoco. Los empresarios siguen pensando que la cancelación fue un golpe contra ellos. Se equivocan. Fue contra Peña y sus proyectos. Un regalo a un votante polarizado que eligió a López Obrador en contraposición a los intereses de la élite de Metepec y sus aliados. Su base celebró la caída de Texcoco como la toma de la Bastilla.

[Notas finales]

La diversificación de voces políticas que las élites llaman polarización llegó para quedarse. La salida no es reducirla sino canalizarla de forma constructiva.

El antídoto a la polarización no es callar a los estridentes sino persuadirlos mediante la resolución de sus agravios. El votante de López Obrador tiene una agenda clara, por eso los persuadió. Promete un mecanismo contundente y una narrativa poderosa para resolver sus males. La oposición no ha logrado eso. Al día de hoy, tiene una agenda que empieza y termina con la derrota de López Obrador.

Es momento de un profundo análisis de conciencia en el que los estridentes no sean rechazados por sus modos, sino escuchados por el trasfondo de sus ideas. Criticar a quien dice “cosas feas de los ricos” es irrelevante, lo importante es entender qué yace detrás. Evitar hablar de racismo “para no dividir a México” es un mecanismo de defensa que impide dar solución al grave problema de discriminación que tenemos. Satanizar al feminismo “porque todos somos seres humanos” es negar que algunos seres humanos tienen privilegios que otros no.

Me preocupa que el país este polarizado, pero me preocupa más que no se entienda porqué esa polarización no se resuelve solo rechazándola. La polarización es efecto de una democracia que no funciona, no causa de ello.

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