Editorial
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El sí del PP

El voto al decreto de normalidad debería suponer un cambio global de estrategia

Ana Pastor, durante la sesión plenaria en la que se debatió el decreto de la ‘nueva normalidad’.
Ana Pastor, durante la sesión plenaria en la que se debatió el decreto de la ‘nueva normalidad’.Pool / Europa Press

Siguiendo la nueva estela de Ciudadanos, el Partido Popular votó ayer a favor del decreto de la llamada “nueva normalidad”, que regirá la política sanitaria hasta el fin de la epidemia. No es una norma menor, arbitra reglas de prevención obligatorias para los ciudadanos, prevé planes de contingencia ante nuevos —y más que posibles— rebrotes, y refuerza la atención primaria y otros puntos débiles del sistema. Al tramitarse como proyecto de ley (lo que era una condición de la oposición) se podrá escrutar con pausa su más mínimo detalle, completarlo y mejorarlo.

El sí del PP resulta tanto más importante por cuanto contrasta con sus negativas a algunas de las últimas prórrogas del estado de alarma, y con el tono innecesariamente áspero de algunos de sus portavoces. Que haya sido fraguado por la exministra Ana Pastor, perteneciente al sector moderado del partido, alejado del núcleo duro directivo, subraya la relevancia de este giro. Al mismo han coadyuvado causas de distinta raigambre. Entre ellas destaca que la expectativa de que el drama del coronavirus descabalgaría al actual Gobierno del poder —por su radicalidad, bisoñez o fragmentación— se ha revelado infundada de momento. La proximidad de las elecciones vascas y gallegas aconsejaba limar aristas, y en ello se empeñaban, desde dentro, líderes autonómicos forjados en el pacto con los rivales. Desde fuera han contribuido el deseo de estabilidad de la patronal, así como la visualización por parte de la nueva dirección de Ciudadanos de otro estilo de oposición más propio y adecuado al momento de gravedad, y mejor comprendido por la sociedad.

Queda la incógnita de si este pacto será flor de un día o el inicio de una secuencia que combine dureza parlamentaria con la forja de acuerdos en asuntos sustanciales. No todos los factores del giro labran en la misma dirección: la proximidad electoral apunta a un sesgo coyuntural, pero la demanda social de una oposición responsable reclama una orientación más permanente.

En todo caso, la lógica de la propia decisión de los populares tiende a reintegrarlos, veremos con qué solidez, a su lógica de partido de gobierno. Un partido a veces en el poder y otras fuera de él, pero siempre concernido por el triple imperativo de la gobernabilidad, la estabilidad y la responsabilidad. Este giro le consagra como corresponsable —lo es, de hecho, al gobernar varias comunidades autónomas— de la política sanitaria que ahora se acuerde: su voto equivale a un compromiso en la gobernanza, y se entendería mal que este cohabitase con la estrategia de crispación tristemente resumida en la imputación de muertos al rival político.

También refuerza la necesidad de que se replantee las posiciones en los otros asuntos concatenados a la cuestión sanitaria: la política económica, la actuación en la UE y la política social necesarias en la etapa que ahora empieza. Pues son partes separadas, aunque no separables, de un mismo conjunto: la reacción de la nación española ante su crisis más grave de los últimos decenios.

El giro del PP supone un tanto para el Gobierno, pero asimismo le interpela y le exige: cuando busca forzar contratos de adhesión tiende a perder apoyos. La firmeza nunca debe doblarse de insultos ni malos modos, como ha demostrado su cara más visible durante la alarma, el ministro de Sanidad, Salvador Illa. Y algunos de sus socios preferentes serán quizá preferidos, pero poco socios.

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