Columna
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El olor a desinfectante

El saber de los científicos apunta a la realidad; el de los literatos, al abismo

Un funcionario desinfecta una calle de Paraisopolis, una de las mayores favelas de Sao Paulo (Brasil).
Un funcionario desinfecta una calle de Paraisopolis, una de las mayores favelas de Sao Paulo (Brasil).Fernando Bizerra / EFE

Gustav von Aschenbach llevaba cuatro semanas de vacaciones en Venecia cuando empezó a darse cuenta de que el ambiente estaba cargado de un olor peculiar, “un olor dulzón”, que le hizo pensar en un sospechoso afán de limpieza general. Tardó todavía unos días en enterarse de que la peste estaba ya ahí y cayó entonces en la cuenta de que las autoridades se ocupaban de esconderla. El secreto inconfesable de una ciudad que ocultaba por codicia la enfermedad coincidía, de alguna manera, con su propio secreto inconfesable. Desde el mismo día de su llegada, en que sus ojos descubrieron la belleza de u...

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