El moderado Keir Starmer sustituye a Jeremy Corbyn como líder del laborismo británico

Se compromete a hacer una oposición constructiva durante la crisis del coronavirus

Keir Starmer, el pasado sábado en Mánchester.
Keir Starmer, el pasado sábado en Mánchester.Anthony Devlin / Getty Images

El Partido Laborista ha elegido a Keir Starmer (57 años), abogado especializado en la defensa de los derechos humanos, como nuevo líder de la oposición, en sustitución de Jeremy Corbyn. Casi 800.000 afiliados y miembros de organizaciones adheridas al partido (sindicatos, principalmente) han participado durante estas semanas en un debate y votación que la crisis del coronavirus ha convertido casi en subterráneos. Starmer, hasta la fecha portavoz en materia del Brexit de la oposición, ha cosechado el 56,2% de los votos y llega a su puesto en condiciones muy distintas a aquellas en las que se postuló. Su propósito era preservar el mensaje radicalmente de izquierdas del último programa electoral de Corbyn pero deshacerse del sectarismo que los críticos del veterano político le achacaban. Su misión, en estos momentos, será la de perfilar el papel del principal partido de la oposición en medio de una crisis descomunal en la que el Gobierno, a la fuerza, acapara todo el poder y toda la atención pública. La noticia de su nombramiento ha coincidido con la carta que Boris Johnson ha enviado a todos los partidos políticos en la que les reclama cooperación. “Como líderes, tenemos el deber de trabajar juntos en un momento de emergencia nacional”, dice el texto.

La respuesta de Starmer ha llegado a través de un mensaje de aceptación de la victoria grabado previamente y distribuido por las redes sociales: “En tiempos como estos necesitamos un buen Gobierno, que salve vidas y proteja nuestro país. Es una gran responsabilidad, y hayamos votado o no a este Gobierno, todos confiamos en él para que lo haga bien. En aras del interés general, el Partido Laborista cumplirá con la parte que le corresponde. Bajo mi liderazgo, nos comprometemos constructivamente con el Gobierno. No haremos oposición por hacer oposición ni exigiremos demandas imposibles, sino con el coraje de apoyar al Gobierno cuando sea lo correcto”, ha dicho el nuevo líder laborista.

Starmer, sin embargo, ha advertido a Johnson también que su apoyo no será incondicional: “Examinaremos las propuestas y medidas, y cuando veamos errores, a un Gobierno que falla o decisiones no tomadas con la rapidez suficiente, lo denunciaremos. Con el mismo propósito que persigue el Gobierno: salvar vidas y proteger a nuestro país. Es un propósito compartido”.

Starmer ha mantenido durante todas estas semanas una cómoda ventaja sobre sus otros dos rivales, Rebecca Long-Bailey (la heredera directa de Corbyn y su política de estos años) y Lisa Nandy, muy crítica con la actual dirección. El nuevo líder de la oposición ha sabido mantener durante su campaña un equilibrio en el mensaje que le presentaba como el cambio gradual de imagen y contenidos que necesita el laborismo, después de la estrepitosa derrota electoral cosechada el pasado diciembre.

Las circunstancias en que Starmer pasa al primer plano de la política son excepcionales y convierten sus primeros cien días en una carrera de obstáculos y en todo un desafío. El Parlamento sigue cerrado por la crisis del coronavirus y el partido no puede reunirse. El candidato ha tenido que preparar un mensaje grabado para aceptar su victoria y comenzar a desgranar sus planes de futuro. Y sobre todo, la noticia de su elección, que en circunstancias normales acapararía titulares y atención de los medios durante semanas, corre el riesgo de diluirse de inmediato en las actuales circunstancias extraordinarias. El Brexit y la futura relación con la UE, el caballo de batalla de Starmer durante estos años (ha demostrado ser un firme europeísta) han desaparecido, por el momento, del debate público. Y la política expansiva de gasto del Gobierno Johnson, para intentar salir de la inevitable recesión que ha provocado la pandemia, va a complicar el discurso perseguido por el laborismo para contrastar sus propuestas con las de los conservadores. Y junto a todos estos problemas, Starmer tendrá que gestionar una estructura laborista plagada de corbynistas que, con los estatutos en la mano, pueden seguir en sus puestos para plantarle cara y obstaculizar su tarea. La corriente laborista que impulsó a Corbyn a la dirección del partido, Momentum, lanzó inmediatamente después de conocerse el resultado de la votación un comunicado en el que advertían a Starmer de que no tiraban la toalla: “Su mandato consiste en seguir construyendo a partir de la visión transformadora de Jeremy, y esto supone que deberá designar una nueva dirección del partido que crea en esas políticas y que trabaje con todos los miembros para hacerlas realidad (...) Vigilaremos a Ker y nos aseguraremos de que cumpla sus promesas”, dijo la organización.

Starmer cuenta en su haber con la destreza necesaria para componer pactos y con un conocimiento interno del partido adquirido durante décadas de lucha. Participó en todas las batallas de los sindicatos contra Margaret Thatcher y se ganó su apoyo y lealtad. Durante los tres años agónicos para el laborismo que supuso la crisis del Brexit fue la voz más crítica con la posición del partido sin que Corbyn desconfiara de él, y a su impulso se debe el compromiso interno de la formación por el que se acabó defendiendo un segundo referéndum sobre la salida del Reino Unido de la UE.

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