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“Era un trabajo contra el reloj y contra la muerte”

El falsificador Adolfo Kaminsky salvó a miles de judíos durante la ocupación nazi de Francia

Adolfo Kaminsky, en su apartamento de París el 23 de noviembre.
Adolfo Kaminsky, en su apartamento de París el 23 de noviembre.

“El mundo está loco”, susurra Adolfo Kaminsky. Lo que sonaría a cliché en boca de muchos constituye una advertencia muy seria en este hombre que, a sus 94 años, sigue manteniendo la misma convicción que le llevó, cuando era apenas un adolescente durante la ocupación nazi de Francia, a salvar a miles de judíos, sobre todo niños, de la deportación falsificando documentos gracias a la manipulación de la tinta aprehendida cuando trabajaba en una tintorería.

Unos ideales por los que también ayudaría a incontables personas más en las siguientes décadas, creando falsas identidades para combatientes de todas las batallas en las que creyó a lo largo de su vida, desde la descolonización de Argelia o la lucha contra el apartheid hasta la resistencia contra Franco, Salazar y contra dictaduras latinoamericanas. Kaminsky nunca se paró a contar cuántos le deben la vida. Pero el cálculo es sencillo: podía falsificar 30 documentos en 60 minutos. Dormir una hora, por tanto, suponía la muerte de hasta 30 personas en la Francia colaboracionista. “Era un trabajo contra el reloj y contra la muerte”, recuerda en una entrevista en su apartamento en el distrito 15 de París, donde vive con su mujer, a la que conoció en Argelia, y donde le visita constantemente la menor de sus hijos, Sarah, que en 2009 contó la vida de su padre en Adolfo Kaminsky, una vida de falsificador.

Un pasado que, explica entre risas, descubrió por casualidad: todavía en el colegio, falsificó la firma de su madre, y la profesora les mandó un aviso a sus padres. A Sarah le preocupaba la bronca que pudiera echarle su padre, pero este se limitó a reír a carcajadas por lo mala que era su falsificación.

Para entonces, Kaminsky ya había dejado atrás el trabajo de falsificador que inició tras su paso, en 1943, por el campo de Drancy, en las afueras de París, donde el régimen de Vichy internaba a los judíos para mandarlos a campos de concentración nazis, un destino del que se libró su familia gracias al pasaporte argentino que tenían. La larga barba que sigue llevando hasta hoy se la dejó crecer, cuenta, en honor de un judío que conoció allí y al que afeitaron antes de deportarlo, despojándole del último vestigio de dignidad que le quedaba. Muchas de las fotografías en blanco y negro del París de posguerra que expone ahora, por primera vez, en el Museo de Arte e Historia del Judaísmo de París, retratan a hombres con esa larga barba que para él, desde entonces, es un símbolo de resistencia.

La fotografía, la otra gran pasión de Adolfo Kaminsky, tomó protagonismo cuando abandonó la falsificación. Fue a comienzos de los años setenta, cuando las luchas en las que había creído hasta entonces comenzaron a adquirir un cariz violento. Porque si hay algo que ha sido siempre es consecuente. Parisiense por elección, aunque inclasificable por naturaleza —nació en Buenos Aires en 1925, hijo de una familia judía que, en su huida de los pogromos en su Rusia natal, dio tumbos por el mundo antes de instalarse definitivamente en Francia en 1932—, Kaminsky ha guiado su vida por un principio llevado hasta sus máximas consecuencias: “La libertad de creer o no creer en lo que sea, siempre respetando al otro”.

Si hoy tuviera que retomar las falsificaciones, lo haría para ayudar a los migrantes que arriesgan la vida para huir de las guerras y el hambre. “Todos esos barcos llenos de gente que no tiene dónde ir, y muchos mueren en el mar… ¡Es inadmisible!”. Tampoco entiende, dice, cómo parecen estar de vuelta esos “ismos” contra los que luchó toda su vida. “Cómo puede ser que la gente vote a la extrema derecha, a los fascistas. Por desgracia, eso no ha cambiado. Es urgente responder a estas cuestiones, pero yo ya no puedo hacerlo”, lamenta Kaminsky. Es hora de pasar el testigo. La pregunta es a quién.

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