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COLUMNA

De Habermas a Petro y Vargas Lleras

Los periodistas buscamos sacar de su retórica a quienes aspiran a gobernar

Como cualquier periodista estudié a Habermas en los años universitarios ya hace varias décadas y hace pocos días un tuitero me hizo volcarme sobre mis viejos archivos donde encontré un ensayo de un profesor de la época, bastante crítico del filósofo alemán en su teoría de la acción comunicativa. Releído desde el pensamiento crítico que me dejó el paso por esas densas lecturas, creo que acierta Habermas cuando establece una distancia entre el ego y los actos comunicativos y privilegia el cuidado del lenguaje del que abusamos con reiterada frecuencia.

Los candidatos a cualquier cargo de elección en las democracias cuando sus entrevistadores no complacen sus naturales pretensiones acusan en las preguntas de su entrevistador la forma de defender el orden establecido y una manera de ocultamiento perverso, cuando lo que realmente buscamos es lo contrario: entender el cómo, para que nuestras audiencias descubran la forma en que esa esperanza que venden puede materializarse, sin afectar las formas de la democracia.

Todos, médicos, periodistas, profesionales de cualquier disciplina tenemos subjetividades, preconceptos, idearios desde los cuales nos movemos en el mundo, pero el médico no envenena al paciente del que no gusta, lo cura. Es su imperativo ético. Así tampoco el periodista, en el supuesto de que no comparta el ideario o las maneras de su interlocutor.

Buscamos sacar de su retórica a quienes aspiran a gobernar, buscamos saber si sus pretensiones de equidad son coherentes con las de la sociedad de consumo, si sus discursos anticorrupción se compadecen con sus acciones.

En recientes entrevistas con Germán Vargas Lleras y Gustavo Petro, dos de los candidatos a la presidencia de Colombia, cada uno en su estilo convirtió la entrevista en un escenario del discurso político que nunca responde al cómo, para fracaso por lo menos de quien escribe. ¿Cómo podemos, en tiempos electorales, evitar que un candidato utilice los espacios del entendimiento para el proselitismo, repita lo que ya todos sabemos y, en cambio, logremos que exponga sus capacidades como posible gobernante y no sus sueños?

¿Habrá alguien que no comparta los propósitos de equidad de Gustavo Petro? Espero que no. Pero en cambio, sí somos muchos los que con razón nos preocupamos por saber si en la forma de lograrlo termine por convertirse en un dictador de izquierda y no en un vehículo democratizador. Tampoco creo que en Colombia alguien se oponga a tener a un buen ejecutor como presidente, que es la promesa de Vargas Lleras, pero aunque somos pocos, nos preocupa que su ser colérico y sus apoyos políticos nos pongan a rodar por enormes autopistas llenas de corrupción.

Posterior a cada una de esas entrevistas, por diversas vías, los entrevistadores nos convertimos en objeto del matoneo de un ejército de seguidores o fanáticos trinadores, que no periodistas, en el más triste empobrecimiento del debate, con pocas excepciones. En el caso de Vargas Lleras sus amigos y seguidores ubican al entrevistador en la orilla contraria y buscan la forma de hacer daño político y personal a quienes en su imaginario no están con ellos. En el caso de Petro, se privilegia el insulto y el lenguaje que Habermas ha pedido cuidar.

El biolorruso Evgueni Morozov, en un reciente reportaje en este periódico, se adentra en la forma como las herramientas tecnológicas, si bien sirven para la vigilancia y la denuncia y en mi opinión para ampliar la democracia y el conocimiento, plantean el desengaño cuando las conversaciones son objeto de la más degradante manipulación.

El periodista es, en esta época electoral, un votante siempre de otro candidato, normalmente lo ubican en el espectro ideológico opuesto. Si la entrevista es con Vargas Lleras, quien hace preguntas incómodas es un enemigo con intereses políticos, y si es con Petro, cualquiera que sea el entrevistador está incurso en un pecado de clase.

Es posible que nos equivoquemos en la forma, que nuestras emociones y ansiedades aparezcan como fantasmas. Es posible que desde el ejercicio diario nos equivoquemos y son cada vez más necesarios los debates que desde la argumentación se estructuran sobre el ejercicio periodístico, mientras quienes lo planteen no sean furibundos seguidores de unos y otros, capaces incluso de amenazar a quien no comparte sus posiciones.

Que tiemblen la bodega de Petro, los caciques de Vargas, la antidemocracia de Uribe, la vaguedad de Fajardo y las utopías retóricas de Humberto. No vamos a dejar de preguntar, por más que les incomode. Tampoco vamos a aceptar vetos a periodistas, ni enviados a poner quejas desde sus posiciones privilegiadas. No vamos a aceptar las amenazas del uribismo, que no de Iván Duque, para quitarles las concesiones a sus detractores.

No porque algunos conviertan su ejercicio en una práctica de odio personal vamos a permitir que nos descalifiquen a otros. No hay gobierno al que le guste lo que dicen los periodistas y mucho menos cuando son candidatos.