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Trump considera que ha llegado la hora de “trabajar constructivamente con Rusia”

El presidente de EE UU afirma que discutió con Putin crear una Unidad de Ciberinteligencia para evitar casos como el jaqueo electoral y luego dice que no es posible

 Donald Trump y Vladímir Putin en el G-20 de Hamburgo.
Donald Trump y Vladímir Putin en el G-20 de Hamburgo. AP

Las tensiones con Rusia son para Donald Trump un capítulo del pasado. Terminado un G-20 que mostró su distancia con Europa, el presidente de EE UU exhibió ayer al mundo su nueva relación. Poco importó la investigación abierta por la injerencia electoral del Kremlin o los modos despóticos de Vladímir Putin.

“Ha llegado el momento de trabajar constructivamente con Rusia”, afirmó en una serie de tuits en los que, para desazón de sus servicios de inteligencia, llegó a propugnar la creación con Moscú de una “impenetrable Unidad de Ciberseguridad” para protegerse precisamente “del jaqueo electoral”.

Sin embargo, horas después ha dicho este domingo que "no cree que sea posible" crear dicha unidad conjunta de seguridad informática con Rusia. "El hecho de que el presidente Putin y yo discutiéramos una unidad de ciberseguridad no significa que crea que pueda pasar. No puede", ha indicado, en un mensaje publicado en Twitter.

Trump llevó al G-20 de Hamburgo la bandera de su aislacionismo. Se quedó orgullosamente solo en la ruptura del Acuerdo de París y dio carta de naturaleza a un nuevo equilibrio internacional. Para Washington, muchos de los acuerdos internacionales firmados por EE UU son “malos” y deben ser renegociados bajo un solo denominador común: el propio interés. Guiado por esta máxima, el presidente de la nación más poderosa del mundo se alejó de las grandes escenificaciones, aguantó el chaparrón de críticas y se lanzó a una intensa diplomacia bilateral. Reuniones cara a cara, como la de China o México, que en Hamburgo no dieron mayores frutos y se quedaron en vagas promesas. Excepto con Vladímir Putin. En su encuentro con el presidente ruso, Trump acordó un alto el fuego en el suroeste de Siria y, como han demostrado los tuits del domingo, inauguró una relación privilegiada.

Este acercamiento habría entrado en el juego diplomático habitual entre potencias si sobre Moscú no pesase la acusación, lanzada por la CIA, el FBI y la NSA, de haber interferido en los comicios. “Vladímir Putin ordenó una campaña en 2016 contra las elecciones presidenciales de Estados Unidos. El objetivo de Rusia era socavar la fe pública en el proceso democrático, denigrar a la secretaria Clinton y dañar su elegibilidad y potencial presidencia. Putin y el Gobierno ruso desarrollaron una clara preferencia por Trump”, sostuvieron en un informe conjunto las tres agencias de inteligencia.

La operación fue dirigida por el servicio secreto ruso e incluyó la infiltración desde julio de 2015 hasta junio de 2016 de los ordenadores del Comité Demócrata Nacional, así como el saqueo de las cuentas de altos cargos próximos a Clinton, entre ellos su jefe de campaña, John Podesta. Fue, según el informe de inteligencia, la “mayor operación conocida hasta la fecha para interferir” en la vida política de Estados Unidos.

Este es el punto de partida de la trama rusa. Un escándalo que ya alcanza al propio presidente. Tanto un fiscal especial como el FBI tratan de determinar si hubo coordinación entre el equipo de campaña de Trump y el Kremlin, y si posteriormente el republicano, ya en la Casa Blanca, intentó obstruir las pesquisas con decisiones tan polémicas como la destitución del director del FBI, James Comey.

En sus tuits, Trump intenta escapar de la sospecha y recuerda que las sanciones a Rusia permanecen intactas. “¡Nada se hará hasta que el problema ucranio y sirio sea resuelto!”, afirma. En esta línea, busca evitar la acusación de connivencia con un toque de firmeza ante Putin: “Le presioné fuertemente dos veces sobre la injerencia de Rusia en las elecciones. Él lo negó vehemente”. Y ahí acaba su petición de cuentas al líder ruso.

Pese a la inmensa tormenta desatada en Washington por la intromisión electoral y las sospechas que aún rodean a la Casa Blanca, el presidente no sólo da por zanjado el asunto sino que, en un paso destinado a la polémica, anuncia que está dispuesto a crear una Unidad de Ciberinteligencia contra el jaqueo electoral con el mismo país que enlodó los comicios de Estados Unidos. Esta paradójica propuesta refrenda a quienes han sostenido que en Hamburgo el presidente de EE UU dio por buena la posición de Putin o que al menos la encapsuló como parte del pasado.

El paso es arriesgado. El escándalo de la trama rusa no ha dejado de crecer en los últimos meses. Los intentos de Trump por volverlo en contra de Barack Obama y los demócratas han fracasado una y otra vez. Y su propio empecinamiento en restarle importancia, no hacen sino alimentar la sospecha de connivencia.

En una apuesta de alto voltaje. Trump ha puesto por encima del escándalo nacional su relación por el líder ruso. Sin atender a sus asesores, le han bastado dos horas de conversación para olvidarse de los desmanes de Putin y mostrarle mucha más cercanía personal que a la canciller alemana, Angela Merkel, o al presidente francés, Emmanuel Macron. El alcance de esta nueva relación y sus implicaciones estratégicas aún están por ver. Pero de momento, Rusia, tras haber atacado el proceso electoral estadounidense, ha logrado de un solo golpe remontar años de fricciones. Putin puede sonreír.