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Estados Unidos teme la parálisis total tras la campaña más bronca

Una presidencia Clinton sería una pesadilla de escándalos reales y ficticios

La elecciones más broncas en tiempos recientes pueden desembocar en una presidencia dominada por la parálisis legislativa. La persona que suceda a Barack Obama en la Casa Blanca afrontará una oposición hostil, que cuestionará su legitimidad, o incluso su preparación para ejercer el cargo. La elección de ayer, al término de una intensa campaña entre la demócrata Hillary Clinton y el republicano Donald Trump, amenaza con agravar aún más la polarización de los años de Obama. Una diferencia es que, al contrario que en otras ocasiones, hoy no existe ninguna esperanza de que las elecciones curen heridas y traigan más armonía entre demócratas y republicanos

John Kettman, de LaSalle (Illinois), ha pintado los rostros de los candidatos

La campaña entre Trump y Clinton —ambos, al contrario que Obama, políticos con una alta tasa de impopularidad— ha sido de tierra quemada. El republicano amenazó a la demócrata con encarcelarla si llegaba a la Casa Blanca e indicó que no reconocería el resultado electoral si perdía. También amagaron, él y otros republicanos, con iniciar un proceso de impeachment o destitución en caso de victoria de Clinton. El regreso, en el tramo final de la campaña, del caso de los correos electrónicos que ella utilizó cuando era secretaria de Estado, se interpretó como un mal augurio. Una presidencia Clinton sería una pesadilla de escándalos reales y ficticios, ensombrecida por investigaciones sin resultado pero sin fin.

Clinton —como Obama, como la mayoría de la prensa y comp los principales socios internacionales de EE UU— alertó de la veta autoritaria de su rival. Un resultado que llevase a Trump a la presidencia, decía, no sería una elección más. Pondría en peligro algunos de los fundamentos de la república. Volver en seguida a la normalidad tras un año y medio en una montaña rusa, al filo del precipicio, se antoja improbable.

La polarización no es nueva. El politólogo Francis Fukuyama, que teorizó sobre el fin de la historia, ha acuñado el término vetocracia para designar una deriva perniciosa del sistema de equilibrio de poderes en EE UU. Este sistema, con un Congreso y un Tribunal Supremo fuertes destinados a contrarrestar cualquier ambición absolutista del presidente, es la base de la democracia estadounidenses. Ningún poder es más que otro, todos se vigilan entre sí. Pero el sistema "se ha convertido en demasiado poroso, demasiado demócratico para su propio bien, dando a demasiados actores los medios para torpedear los ajustes en las políticas públicas", ha escrito Fukuyama. En la vetocracia todos vetan a todos: todo tienen poder para destruir pero no para crear.

En los años de Obama, la polarización se ha acelerado. El presidente llegó a la Casa Blanca en 2009 prometiendo unir al país y terminar con las divisiones partidistas en Washington, demostrar, como decía, que "no hay una América liberal [progresista, en EE UU] y una América conservadora" y "no hay una América negra y una América blanca y una América latina y una América asiática", sino que "lo que hay son los Estados Unidos de América".

El sistema se ha convertido en demasiado poroso, demasiado demócratico para su propio bien

Francis Fukuyama, politólogo

En seguida Obama descubrió que el Washington real y el ideal orbitaban por galaxias lejanas. En el Washington ideal el bien común disimulaba las aristas más sectarias. En. El real Obama vio cómo el Partido Republicano le daba la espalda, nada más arrancar su mandato, en sus dos iniciativas centrales, el plan de estímulo fiscal para salir de la Gran Recesión y la reforma sanitaria. Cuando los republicanos recuperaron el control de la Cámara de Representantes en el 2011, cualquier posibilidad de legislación ambiciosa quedó abortada. EE UU entró en un bloqueo permanente, salpicado de disputas fiscales que acercaron a EE UU al precipicio de la suspensión de pagos.

Después de cada elección, legislativa o presidencial, se renovaba la esperanza en el fin de la parálisis. Y cada vez los hechos desmentían la esperanza.

La política estadounidense entra hoy en una fase desconocida, una nueva dimensión, potencialmente más virulenta, de la vetocracia. Las heridas —cada bando considera al otro candidato una criminal, o un incompetente— no serán fáciles de sanar.

La primera prueba será el nombramiento de un juez del Tribunal Supremo para sustituir al fallecido Antonin Scalia. El sustituto nombrado por el demócrata Obama, Merrick Garland, lleva meses esperando que el Senado le confirme, pero los republicanos lo impiden. El presidente también quiere aprovechar estos meses de transición, hasta que el 20 de enero jure el cargo su sucesor, para clausurar la prisión de Guantánamo, una de las cuentas pendientes de sus ocho años en la Casa Blanca, o intentar una improbable ratificación del TPP, el tratado de libre comercio con países de la cuenca del Pacífico.

Más complicado será cerrar las fracturas sociales que la campaña ha expuesto. Las ofensas de Trump a las minorías y las mujeres. El racismo y la misoginia que persisten en este país. La realidad de una clase trabajadora blanca ignorada por los políticos en las últimas décadas y que ha encontrado en Trump un portavoz. EE UU tardará en digerir la elección del 8 de noviembre.

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