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ANÁLISIS

La venganza de Los Zetas en Allende, la masacre que no conocimos

El pequeño municipio de 20.000 habitantes se ha convertido en la metonimia de una matanza perpetrada en 2011

“¿Cuándo te enteraste de lo de Allende?”, le pregunté hace poco a un empresario de Piedras Negras, Coahuila.

Era suficiente decir “lo de Allende”. El pequeño municipio de 20.000 habitantes aledaño a Piedras Negras, en la frontera de Coahuila con Texas, se ha convertido en la metonimia de una masacre perpetrada por el grupo criminal de Los Zetas en la primavera de 2011 en represalia por la traición de sus operadores en la zona. Dependiendo de la versión o del lapso que se considere, entre 28 y 300 personas fueron asesinadas y sus restos desaparecidos.

“Ese mismo fin de semana”, respondió el empresario, refiriéndose a los días del viernes 18 al domingo 20 de marzo de 2011, cuando Los Zetas comenzaron la embestida. Me contó que el sábado 19 estaba en un evento social en Piedras Negras cuando “empezó la sonadera de celulares” de los invitados recibiendo llamadas que informaban sobre secuestros en la zona.

Dependiendo de la versión o del lapso de tiempo que se considere, entre 28 y 300 personas fueron asesinadas y sus restos desaparecidos

Pasaron más de dos años para que los detalles de ese fin de semana fatídico comenzaran a salir a la luz. Más de un lustro después, una investigación del Colegio de México y la Comisión Ejecutiva de Atención a Víctimas busca arrojar luz y claridad sobre la llamada tragedia de Allende y también sobre la de 72 migrantes en San Fernando, Tamaulipas, en 2010.

Me enfoco en la de Allende porque es una herida abierta en mi tierra y una tragedia que como periodista debí saber en su momento, pero no conocí.

“La venganza cubrió el norte de Coahuila”, dice el informe de la comisión encabezada por el académico Sergio Aguayo. El reporte, titulado En el Desamparo, es un esfuerzo por recuperar la memoria de una tragedia que parecía destinada al olvido. Porque la ola de muerte que envolvió al norte de Coahuila en la primavera de 2011 no se supo en ese momento fuera de ahí. Así como un hoyo negro es una región donde la fuerza de gravedad es tan grande que no escapa nada, ni la luz, así en el norte de Coahuila la fuerza de la violencia impedía que la información escapara.

La masacre inició cuando Miguel Ángel Treviño, el Z-40, uno de los líderes de Los Zetas, cobró la afrenta de tres de sus operadores en la zona, Alfonso Cuéllar, Héctor Moreno y Luis Garza, quienes habían desertado y huido a Estados Unidos con varios millones de dólares producto de las ganancias del negocio criminal.

La venganza en Allende fue contra familiares de los tres operadores de Treviño. Según investigaciones posteriores, al menos 26 personas fueron desaparecidas entre la tarde del viernes 18 y la noche del domingo 20 de marzo de 2011.

La masacre inició cuando Miguel Ángel Treviño, el Z-40, uno de los líderes de Los Zetas, cobró la afrenta de tres de sus operadores en la zona

Pero otros testimonios han señalado que la furia de Los Zetas pronto se extendió a Piedras Negras y otros municipios aledaños como Acuña, Nava o Villa Unión y en las siguientes semanas decenas de personas más fueron secuestradas y asesinadas. Decenas de personas desaparecieron. Algunos han sido hallados, otros no.

El informe presenta dos narrativas. Una es la de los hechos ocurridos sólo en Allende, donde según expedientes 11 personas fueron asesinadas y 17 desaparecidas. La otra es la perspectiva más amplia de la venganza, en la que según exmiembros de Los Zetas detenidos en Estados Unidos, habrían asesinado a unas 300 personas durante varias semanas y en varios municipios.

La violencia en el norte de Coahuila era conocida pero la ola de asesinatos y secuestros en marzo de 2011 no se supo de manera inmediata. Se hablaba de homicidios, pero no de una masacre sistemática ni del asalto a un municipio para secuestrar gente y quemar casas.

Edificio destruido por Los Zetas en Allende (Coahuila).
Edificio destruido por Los Zetas en Allende (Coahuila).

A finales de 2012, casi dos años después de los hechos de Allende, Juan Alberto Cedillo publicó en la revista Proceso un reportaje (“El Apocalipsis de Coahuila”) que fue el primero en relatar asesinatos, secuestros “de familias enteras”, quema de viviendas y extorsiones cometidas en Allende y sus alrededores, pero no se refiere específicamente a aquel fin de semana de marzo que sería el trágico referente de la violencia.

Yo me enteré en octubre de 2013, dos años y medio después de esa primavera sangrienta. Y quien me lo dijo no fue un periodista o un funcionario o un policía. Me lo dijo una persona cuyo trabajo lo lleva por varios municipios del norte de Coahuila y supo de la masacre por lo que se hablaba, en voz muy baja, en esos lugares. Para entonces, la narrativa de la tragedia había fusionado los dos elementos clave: la venganza en Allende y el saldo de 300 muertos y se pensaba que todos los homicidios habían ocurrido en el pequeño municipio.

La cifra de 300 se ha quedado fijada ya en la memoria, pero no era fácil saber su origen. Por un lado, sonaba inverosímil: ¿pueden desaparecer 300 personas en un municipio pequeño de la noche a la mañana sin que la noticia salga? Por otra parte, cabía preguntar si la cifra no se trataba de un acumulado de casos que la memoria colectiva fija en un solo momento y lugar.

La violencia en el norte de Coahuila era conocida pero la ola de asesinatos y secuestros en marzo de 2011 no se supo de manera inmediata

El mismo informe reconoce que la ambigüedad causada por la falta de información “alimenta la idea de que hubo 300 desaparecidos en Allende”.

En febrero de 2014 el periodista Diego Osorno publicó por primera vez la crónica de la masacre de Allende, mencionando específicamente la venganza de Los Zetas, los secuestros, los homicidios y la destrucción de casas. “El Manantial Masacrado”, en la revista Vice puso a Allende bajo los reflectores y presentó por primera vez la cifra de 300 homicidios durante la primavera de 2011. El reportaje llevó a que el gobierno de Coahuila abriera la investigación que había iniciado dos años antes, cuando el gobernador Rubén Moreira había tomado posesión.

¿En qué momento pasó esto que no nos dimos cuenta?, fue mi primera reacción. En ese 2011 trabajaba como director editorial de El Siglo de Torreón y era obvio que habíamos ignorado una noticia de enorme importancia.

Pregunté a otros periodistas si sabían que esto había pasado en la frontera. Ni idea. Todos habíamos escuchado de una fuerte ola de violencia, similar a la que vivíamos en La Laguna. Quizá por eso nos pasó de largo. Un funcionario me sugirió recordar qué estaba ocurriendo en la primavera de 2011 en la vorágine que entonces envolvía a La Laguna.

En efecto, los medios de la Comarca Lagunera estábamos demasiado ocupados en cubrir los 137 homicidios que ocurrieron nada más en los 61 días de marzo y abril de 2011. Uno de ellos, el de Carlos Valdés Berlanga, un muy reconocido y respetado empresario local, atrajo la atención como ningún otro y ameritó una visita del entonces secretario de Gobernación, Francisco Blake. Recuerdo que, en esa reunión, a principios de mayo, conversé con varios funcionarios de Gobernación y ni una palabra se dijo de lo que había ocurrido al norte de Coahuila un mes antes.

¿En qué momento pasó esto que no nos dimos cuenta?, fue mi primera reacción. En ese 2011 trabajaba como director editorial de El Siglo de Torreón y era obvio que habíamos ignorado una noticia de enorme importancia

Se podría decir que la masacre fue olvidada pero no sería correcto. Para olvidar algo primero se tiene que conocer y lo ocurrido en Allende no se conoció en su momento. Ha sido sólo en los últimos dos años que hemos sabido los detalles. Gracias a este informe ahora sabemos que la cifra de 300 homicidios probablemente no fue limitada a Allende ni a ese fin de semana, sino a un lapso y espacio más amplios, lo que exhibe el largo y ancho del horror.

Lo que hemos aprendido puede horrorizarnos, pero no debe sorprendernos. Hubo otras partes donde, a diferencia del norte de Coahuila, la barbarie fue documentada, aunque sin que eso hubiera estimulado a las autoridades a actuar de forma contundente. En La Laguna, reporteros de El Siglo de Torreón fueron los primeros que comenzó a llevar estadísticas de crímenes en la ciudad y esos datos nos permitían hacer análisis alarmantes. Una nota a mediados de 2010 señalaba que si la zona metropolitana de La Laguna fuera un estado sería el tercero con más homicidios en el país.

Nadie puso atención y eso hizo posible otro análisis dos años después, el 30 de noviembre de 2012, que puso el saldo de homicidios en la región durante el sexenio de Felipe Calderón en más de 3,500.

Las señales de alarma ahí estaban. Pocos las quisieron ver y aún más pocos actuaron. El caso de Allende se ha vuelto emblemático. “Desafortunadamente, la tragedia permaneció en silencio durante mucho tiempo”, reconoce el informe En el Desamparo.

Las omisiones están por todos lados. El gobierno de Felipe Calderón nunca dio a conocer lo ocurrido en el norte de Coahuila ni explicó por qué no intervino cuando claramente ahí se cometieron delitos federales. El gobernador de Coahuila en ese entonces, Jorge Torres, nunca habló del tema. Su antecesor, Humberto Moreira, dice que los hechos no ocurrieron en su gobierno por lo que no tiene responsabilidad, lo cual es un engaño porque esto no pasó en un vacío, sino que fue alimentado por una cadena de negligencia, corrupción o complicidad en los años previos, los de su propia administración.

El actual gobernador, Rubén Moreira, recibe crédito en el informe por haber abierto las investigaciones que puedan conducir a la justicia y la reparación del daño. Es el paso más importante ante la apatía del gobierno federal y en contraste con otras tragedias que los gobiernos locales han preferido olvidar, como la de San Fernando en Tamaulipas, Pero en aquella primavera de 2011 estaban en curso las campañas rumbo a la elección a gobernador y el tema de Allende nunca salió a la luz. Tampoco su contrincante panista en aquella elección, Guillermo Anaya, dijo nada sobre lo que había ocurrido.

Los medios de comunicación también tenemos nuestra cuota de responsabilidad por omisión. Una publicación oportuna de la masacre de Allende hubiera contribuido a arrojar luz más temprano

Los medios de comunicación también tenemos nuestra cuota de responsabilidad por omisión. Una publicación oportuna de la masacre de Allende hubiera contribuido a arrojar luz más temprano, antes que el paso del tiempo causara estragos en las memorias y las evidencias físicas.

“¿Hubieras publicado lo de Allende si te hubieras enterado cuando pasó?”, me preguntó un colega cuando salió a la luz el tema. A toro pasado es fácil decir que sí, pero en aquel momento el brazo de Los Zetas llegaba hasta La Laguna para atacar a cualquiera que echara luz sobre un hecho que ellos querían ocultar. Pero incluso si hubiera sido seguro publicar, habría sido imposible enviar reporteros al norte a recoger la información ante el alto peligro en la zona. Esa era la única alternativa para verificar los hechos, porque ni el gobierno federal ni el de Coahuila habían dado a conocerlos.

Ahora parece increíble que todo un colectivo periodístico, no sólo local sino también nacional, no se hubiera enterado de lo ocurrido. Obviamente los periodistas del norte de Coahuila sabían, pero nadie se atrevió a publicar. En los meses siguientes se publicaron notas de la violencia en la zona, pero sin mencionar el caso específico. ¿Fallamos? ¿En qué? Son preguntas que debemos hacernos, sobre todo ahora cuando la baja en la violencia nos permite hacer una reflexión más reposada.

Creo que muchos fallamos. Pero las tragedias en Coahuila no han sido olvidadas y esfuerzos como el que produjo En el Desamparo nos dan oportunidad de recuperar la memoria y quizá exorcizar los demonios de violencia y crimen que durante años nos tuvieron atrapados.

* Javier Garza Ramos es conductor del noticiero Reporte100 en Imagen Laguna y consultor de la Asociación Mundial de Periódicos. Fue director editorial de El Siglo de Torreón de 2006 a 2013.

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