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Niza y los lobos de Mustafá

Los denominados yihadistas frustrados cavilan en sus madrigueras dónde y cómo hacer el mayor daño a sus potenciales víctimas

Atentado en Niza
Mustafá Setmarian junto a Osama Bin Laden en las montañas de Tora Bora (Afganistán) en 2001. EL PAÍS

La forma más segura y clandestina de una organización es no tenerla. “La organización frustra cualquier medida de seguridad”, redactó el sirio-español y dirigente de Al Qaeda Central Mustafá Setmarian en su libro de 1.600 páginas “La llamada a la resistencia islámica global”, una obra trascendental en la historia de la yihad global que ahora ha sido plagiada y utilizada como propia por el Estado Islámico (ISIS) en sus continuos llamamientos a la yihad individual.

Desde entonces los lobos solitarios que no han podido viajar a Siria o Irak, antes los destinos preferidos eran Bosnia, Chechenia, Indonesia o Afganistán, los denominados yihadistas frustrados cavilan en sus madrigueras dónde y cómo hacer el mayor daño a sus potenciales víctimas. Mohamed Lahouaiej Bouhlel era probablemente uno de ellos. Los lobos de la yihad no nacen, casi siempre se hacen. El autor de la matanza en Niza, no era religioso ni hizo el último Ramadán, según aseguran sus vecinos, pero ha muerto acribillado por las balas de la Policía después de dejar un rosario de cadáveres en el interminable Paseo de Los Ingleses. Su perfil responde al del islamista captado mediante una radicalización express, casi imposible de detectar para las fuerzas de seguridad ya que en su expediente no hay huellas de grupos islamistas.

Ha habido muchos ataques de lobos solitarios, pero este conductor profesional ha logrado ejecutar una carnicería con un camión infligiendo el mayor daño que hasta ahora habían logrado los discípulos de Mustafá, un grupo de alimañas producto de la yihad virtual, la que extiende con éxito la ideología del ISIS o de Al Qaeda por las redes sociales. La comunidad internacional está ganando la batalla contra el ISIS en Siria e Irak, ha conseguido que retroceda en sus posiciones y pierda alguno de sus bastiones, pero ataques como el de Niza demuestran que está perdiendo la batalla virtual, la de una ideología que se extiende sin parar por muchos rincones del mundo, entre ellos Europa desde los años noventa, y arrastra a tipos como Mohamed Lahouaiej.

Salvo la utilización de un camión tráiler y la escalofriante cifra de víctimas, hay poco de nuevo en el atentado de Niza. Casi nadie recuerda ya al cineasta Theo van Gogh, asesinado en 2004 por un yihadista en Amsterdam (Holanda) que le asestó varias puñaladas cuando caminaba por su ciudad. Aquel fue el primer asesinato de un lobo solitario en Europa, una muerte borrada de la mente de muchos después de tantas tragedias, un atentado que entonces pareció raro porque rompía con la estrategia tradicional de los grupos islamistas, pero que sirvió de ensayo para una nueva y domestica yihad global, la más clandestina y difícil de frenar. En general, nadie salvo el autor sabe que la acción se va a ejecutar. ¿Cómo descubrir a tiempo a un terrorista tan íntimo e individual?

El perfil del lobo solitario reapareció en un aeropuerto de Fráncfort (Alemania) en 2011 y en Estocolmo (Dinamarca) en ataques frustrados; volvió en 2012 a las calles de Toulouse y Montauban en la figura de Mohamed Merad, el franco-argelino que soñó “con poner de rodillas de Francia” a bordo de su motocicleta y armado con tres revólveres Colt 45, el terrorista que murió arrinconado en el baño de su casa en la postura de un combatiente yihadista después de asesinar a siete personas indefensas. Y resurgió de nuevo en otros escenarios como Toronto ( Canadá), Londres y Saint-Quentin-Fallavier, cerca de Lyon, donde el salafista Yashim Salhi decapitó a su jefe y exhibió su cabeza. Y en otros escenarios con acciones frustradas.

El mayor éxito del camionero tunecino no ha sido asesinar a más de 80 personas indefensas en la acomodada y vigilada Francia, en el corazón de un gran país que vive bajo la amenaza yihadista desde que el Grupo Islámico Armado (GIA), integrado por salafistas argelinos, lo puso en el centro de la diana en los años ochenta. El inquietante legado de su cobarde ataque ha sido demostrar el daño que un lobo solitario, que un discípulo del pelirrojo y desaparecido Mustafá Setmarian puede infligir sin tener en sus manos un cinturón de explosivos y un Kaláshnikov. Mostrar al mundo lo que se puede hacer si se tiene la determinación de matar.

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