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Dos años de califato: menos Estado, más ideología

La ofensiva militar ha debilitado al ISIS en el campo de batalla, pero no ha mermado su potencial ideológico, raíz de su nacimiento y expansión más allá de Mesopotamia

Mujeres desplazadas por la violencia del ISIS llegan a una base militar en la ciudad iraquí de Ramadi.
Mujeres desplazadas por la violencia del ISIS llegan a una base militar en la ciudad iraquí de Ramadi. REUTERS

El (pen)último vídeo de la factoría ISIS, filmado en Alepo bajo el título Dos años de califato, es un totum revolutum de la propaganda del grupo: asesinatos a punta de pistola, amputaciones, lanzamiento de hombres desde azoteas; vida cotidiana, entrenamiento de menores, pero también arengas, sermones y escenas victoriosas . Un grano del arenal ideológico en el que campa el ISIS y en el que, a diferencia del territorio físico, no ha sufrido derrotas. Más bien al contrario según los analistas. “Necesitamos matar la ideología del ISIS”, señala el historiador sirio Sami Moubayed, “y las bombas no lo harán”.

Se cumplen dos años desde que el portavoz Abu Mohamed al Adnani proclamase el califato y a su líder, el iraquí Abubaker al Bagdadi, califa. Dos meses después, en agosto, EE UU comenzó a bombardear. Desde entonces, el ISIS ha perdido casi la mitad del territorio en Irak y en torno a un 20% en Siria. También se ha dejado parte del atractivo que llenaba sus filas (de 2.000 a 200 nuevos reclutas al mes, según cálculos de Washington). Tan difícil resulta contrastar estas cifras como asegurar que estas pérdidas merman la fuerza ideológica y propagandística de la organización.

“El ISIS es en primer lugar y antes de nada una ideología que viaja rápido por todo el mundo”, apunta en un intercambio de mails Moubayed, autor de Bajo la bandera del terror, “y se instala en los corazones y mentes de los musulmanes con una versión distorsionada del islam”. Según el profesor, “no se está haciendo nada para reducir el pensamiento radical” que alimenta al grupo. Ni la pérdida de terreno ni la muerte de dirigentes, dice, son relevantes. Y pone un ejemplo: Raqa. Este bastión del ISIS en el norte sirio no ofrece un reto militar importante. Una ciudad plana, sin grandes edificios, con reservas de agua que dificultan los escondrijos bajo tierra... “Si el ISIS pierde Raqa, su cúpula se reubicará en otro sitio, como Deir al Zor”. Al Qaeda no murió con Bin Laden ni tras perder en Afganistán.

El analista francés Wassim Nasr comparte esta visión de una ideología fuerte, difícil de combatir, una “enfermedad” que afecta a miles de jóvenes. ¿Cómo se lucha contra una enfermedad? De raíz no se puede cortar como se puede destrozar un arsenal de armas. Nasr admite, en conversación telefónica, que la pérdida de Ramadi, Tikrit o Baiyi sí desarticula la construcción de un Estado, esencial en la guerra de las ideas, pero reconoce que la muerte de dirigentes no afecta en gran medida. Otros hay preparados.

Max Abrahms, experto norteamericano, va más allá: “No tenemos que combatir la ideología del ISIS per se”, señala en un correo, “necesitamos seguir machacando al grupo en Siria e Irak para mostrar la idea de que nunca van a establecer un califato”. Si pierden esto, continúa Abrahms, “evolucionarán como otros grupos, buscando una nueva razón de ser”.

Sea como fuere, la coalición que combate al ISIS no ha dado con la tecla para enfrentarse a la difusión de una ideología potente por medios sencillos. Y cuando se ha intentado algo, como campañas en las redes, ha sido naif o ridículo. Un buen ejemplo de la desorientación fue la reunión en febrero del secretario de Estado norteamericano, John Kerry, con la industria de Hollywood, para que le dieran alternativas.

Es lo que el filósofo francés Philippe-Joseph Salazar llama en Palabras armadas “discurso fuerte contra discurso débil”. “No se puede responder al llamamiento califal con un llamamiento homólogo si no va precedido y seguido de unos valores”, escribe el francés. Como se hizo con La República en 1914 o La Internacional en la guerra española. Salazar apuesta por “banalizar el fenómeno”; desconstruirlo hasta “un estado lamentable”. La realidad es que esos vídeos de difícil rival son solo la punta de iceberg de un proceso de radicalización que escapa a la Red y a Mesopotamia.

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