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PERFIL

El artista a cuya cabeza Al Qaeda puso precio

Los fanáticos islamistas piden 74.000 euros por ver muerto al sueco Lars Vilks, una cantidad que sube si se le degüella

Lars Vilks en una imagen de 2012.
Lars Vilks en una imagen de 2012. EFE

Su cabeza tiene un precio: 74.000 euros. Una cantidad que puede subir hasta los 110.000 euros si se le sacrifica “como a un cordero”, que, en términos religiosos, supone ser degollado. Lars Vilks (Helsingborg, Suecia, 1946) lleva en la diana de los fanáticos islamistas desde que en 2007 exhibió en una galería de arte de la ciudad sueca Tällerud un puñado de caricaturas del profeta Mahoma con forma de perro.

La exhibición, que fue rechazada por varios museos por motivos de seguridad, duró muy pocos días, pero la mecha de la polémica prendió en toda Europa cuando algunos periódicos suecos decidieron publicarlas. Fue entonces cuando llovieron las amenazas y el terrorista Abu Omar al Baghdahi, vinculado a Al Qaeda, puso precio a su cabeza y a la del director del diario Örebro, el primero en difundir los dibujos.

Desde entonces, este escultor, al que se le conoce más como un teórico del arte que busca poner a prueba los límites de lo políticamente correcto, sabe que está en la lista de los más buscados entre los radicales islámicos. Se ha pasado años sin pisar su casa, cambiando de lugar de un día para otro, bajo vigilancia policial. En marzo de 2010, de hecho, siete islamistas –cuatro hombres y tres mujeres- fueron detenidos por planear su asesinato en Irlanda.

En mayo de ese año, fue agrediddo en una conferencia en la universidad de Uppsala, en Estocolmo, mientras que en diciembre su nombre aparecía en un correo electrónico que reivindicaba el primer atentado yihadista en suelo sueco. Los terroristas, que hicieron explosionar dos bombas en el centro de Estocolmo, afirmaron que la causa del ataque era por la presencia de las tropas suecas en Irak y por la existencia del artista sueco.

Vilks siempre ha dicho que el humor forma parte de su forma de ver la vida. Cuando se enteró que por su cabeza pedían 74.000 euros, aseguró que le parecía poco dinero si se tenían en cuenta las cifras que movía el mundo del arte. Poco después, cuando vio que los radicales estaban dispuesto a todo por matarle, confesó que esta forma de barbarie era muy preocupante, pero se agarró a una pregunta a la que todavía muchos buscan respuesta, incluido él: "¿Por qué no se puede criticar al islam cuando se pueden criticar otras religiones?”.

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