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El eje de la Europa blanca

Los partidos de extrema derecha de Francia, Holanda, Bélgica, Austria y Suiza comienzan a organizarse con vistas a formar un frente común en las elecciones de mayo

En la noche electoral de las parlamentarias holandesas de 2010, unos simpatizantes de Wilders (en el cartel, a la derecha) esperan los resultados en Almere.
En la noche electoral de las parlamentarias holandesas de 2010, unos simpatizantes de Wilders (en el cartel, a la derecha) esperan los resultados en Almere.

La extrema derecha holandesa ha encontrado la horma de su zapato en Almere, una ciudad dormitorio próxima a Ámsterdam, levantada de la nada en 1976 y en la que hoy duermen 200.000 personas que votan mayoritariamente a los populistas del Partido de la Libertad (PVV) de Geert Wilders. Allí, los vecinos hablan de inmigración, identidad y fobia a la UE, los tres pilares ideológicos de las corrientes ultras que prenden en Europa y que ahora aspiran a hacer frente común con vistas a las elecciones europeas. El eje está impulsado por Marine Le Pen junto al PVV holandés, el FPO austriaco, el Vlaams Belang belga o los Demócratas de Suecia.

Familias jóvenes en busca de casas espaciosas a precios asequibles se instalaron en esas tierras ganadas al mar y hoy convertidas en una meca de la arquitectura moderna, rodeada de kilómetros de chalets adosados y ajardinados. Huían de la multiculturalidad de las grandes ciudades holandesas, lo que allí llaman con sorprendente naturalidad “la huida de los blancos”.

Pero casi 40 años después, en Almere hay tantos inmigrantes, o más, que en el resto del país, algo que incomoda a los primeros pobladores. Tampoco le gusta al PVV, para el que el islam es una peste a erradicar. “No queremos que construyan más mezquitas ni que traigan su cultura. El islam es una amenaza para la sociedad y para las libertades de las mujeres y los homosexuales”. Lo dice Toon van Dijk, el jefe de filas del PVV de Almere, un abogado atractivo y elocuente, en una cafetería del centro. Continúa con un discurso que difícilmente podría ser más claro. “¿Europa? Nosotros defendemos salir fuera de la UE y del euro. Como mucho, debería haber acuerdos bilaterales, pero cada país debe ser soberano para decidir sobre las leyes migratorias y sobre su economía”.

Sentimos que esta vez es distinto, que tenemos posiciones muy próximas y el clima nos favorece”, dice el belga Claeys

Los rescates financieros han contribuido a expandir el antieuropeísmo pegadizo que ahora circula con fluidez por la Unión, incluso en países como Holanda, en los que era algo que ni se planteaba hace años. “No queremos dinero para los griegos, sino para nuestros enfermos”, es una frase que en holandés rima y que Wilders ha convertido en uno de sus eslóganes. El dirigente holandés ha visitado a sus colegas en Francia, Bélgica, Suecia y Austria para sondearles sobre una potencial coalición. A mediados de noviembre, Le Pen viajará a La Haya para concretar su particular cruzada contra la UE.

Wilders es probablemente el político más eficaz de este movimiento. Ha conseguido además diluir, al menos en parte, la pátina rancia que tradicionalmente envolvía a los movimientos de extrema derecha en Europa. Wilders es el espejo en el que se miran algunos populistas europeos. “Aspira a ser el líder ideológico de estos movimientos. Deja de lado el antisemitismo de la extrema derecha tradicional y combate el islamismo en el nombre de los derechos de los gais y de las mujeres”, explica Koen Vossen, politólogo de la Universidad de Nijmegen y autor de Rondom Wilders, un libro que analiza la figura del político y su partido.

Por su parte, Le Pen ha sufrido su particular transformación, sobre todo en las formas, dando pie a nuevas alianzas. Por ahí van los tiros; por mudar de piel y revestirse de un halo centrista —al menos en ciertas cuestiones—, que haga el mensaje digerible.

La antiinmigración engancha, culpar a Bruselas de todos los males, también, pero hay una tercera baza que los populistas europeos manejan como nadie y es la del nacionalismo entendido como el sistema de valores amenazado por la llegada de inmigrantes y como el derecho a que sea el Gobierno del Estado-nación el único con derecho a decidir sobre sus habitantes.

En Almere, la ciudad del desarraigo, el PVV toca bien esa tecla. Ofrece altas dosis de identidad facilona y triunfa. Porque ni la estatua de la alubia gigante azul metalizada ni el centro comercial-fortaleza con jardines en la azotea han logrado despertar el sentimiento de pertenencia a la ciudad de sus habitantes. “Esto se vendió como la ciudad prometida. La gente pensó que vendrían aquí y serían felices, pero no lo son y ahora votan al partido del descontento”, interpreta Mario Withoud, al que le conocen como el poeta oficial de la ciudad.

Un buen representante de ese descontento y del apoyo incondicional al PVV es Peter Aggenbach, un diseñador de páginas web que vive atrincherado en un suburbio de Almere. Una cámara de vídeo vigila al que entra y sale de la casa y un pastor alemán muy ladrador da la bienvenida a los visitantes. “Es que no está la cosa como para estar sin protección”. Se queja de la tasa de criminalidad entre la población inmigrante y cree que el gran problema es que “vienen a imponer su cultura sobre la nuestra. La ONU, Bruselas… tenemos que luchar por conservar nuestra cultura”. Y cita el caso de San Nicolás y los acompañantes negros con labios rojos que desfilan tradicionalmente en Holanda en noviembre y que ahora la ONU estudia si puede tratarse de un acto racista. “La corrección política apesta”, piensa.

Aggenbach, de 58 años, apunta a una cuarta cuestión; más metodológica tal vez, pero que sin duda explica buena parte del éxito de los partidos populistas en Europa. “Estamos hartos de la élite política que no se dedica a marear la perdiz. El PVV es el único partido que se atreve a llamar las cosas por su nombre, que se atreve a tocar temas como la inmigración o el despilfarro que suponen los subsidios inútiles europeos para la sostenibilidad, por ejemplo”. La dosis de frescura política que venden estos líderes frente a tradicionales con un lenguaje y una corrección política que encorseta su mensaje constituye uno de los grandes activos de los extremistas.

La historia de Almere se repite por toda Europa. Cambia la fisonomía de las ciudades, claro, y cambian también algunas preocupaciones. Pero sus latiguillos ideológicos suenan tremendamente familiares en la campiña flamenca belga, en los valles suizos o en barrios periféricos de Finlandia. El cóctel ideológico populista se extiende como una mancha de aceite por el continente.

Conscientes de que el viento sopla muy a su favor, los dirigentes populistas se esfuerzan por acercar sus posiciones con la idea de hacer frente común en las elecciones europeas de mayo. Así lo ha anunciado esta semana Le Pen. Las familias políticas afines al Frente Nacional, tradicionalmente poco dadas a la cooperación, preparan ahora un manifiesto y un proyecto común. El partido de Wilders, el austriaco, los suecos y el belga son los que hasta el momento han alcanzado un mínimo consenso, según explica en su despacho del Europarlamento Philip Claeys, del Vlaams Belang. Claeys aspira a que sean muchos los partidos ultras que se suban al carro paneuropeo a medida que se acerque la cita. Necesitan 25 diputados de al menos siete países para formar un grupo parlamentario que refuerce su poder y genere más financiación.

La extrema derecha austriaca, el FPO que en su día lideró el difunto Jörg Haider, es otros de los promotores de la iniciativa junto con el VB, el partido flamenco independentista de extrema derecha belga. Los grupos de extremistas de Hungría o Grecia parecen de entrada excluidos por su antisemitismo y deriva criminal. Los euroescépticos británicos del UKIP comparten el euroescepticismo, pero no quieren que se les asocie con la extrema derecha. El resto de grupos de extrema derecha se están oliendo y tratando de discernir hasta qué punto serían capaces de cohabitar. “Sentimos que esta vez es distinta, que tenemos posiciones más próximas y que hay un clima en Europa que nos favorece”, estima Claeys.

Puede que como en anteriores ocasiones las peleas entre los propios extremistas den al traste con el experimento de coalición, pero de momento el Tea Party europeo ha conseguido desatar un clima de ansiedad en Bruselas y sobre todo en la Eurocámara, donde los cálculos indican que podrían controlar el 20% de los asientos tras las elecciones. “Esto es muy serio”, estima Guy Verhofstadt, ex primer ministro belga y actual presidente de los liberales en el Europarlamento. El problema, piensa, es que más allá del poder concreto que logren estos grupos ya han ganado, porque han conseguido de alguna manera imponer su agenda antieuropea. “Los líderes de la UE han caído en la trampa euroescéptica. En vez de ofrecer alternativas para salir de la crisis, los políticos tradicionales copian el discurso y el lenguaje de los ultras. No se atreven a decidir. El proceso de decisiones está parado”.

Sin amanecer dorado en España

JOAQUÍN GIL

Pedro Pablo Peña rechaza la etiqueta de ultra. Se declara nazi y devoto de Adolf Hitler. Defendió en 1996 como abogado a Otto Remer, exjefe de Seguridad del Führer. Y hace un mes asistió a 5 de los 12 extremistas que reventaron el acto de la Diada en Madrid. “Esto no fue nada…”, desafía este exfalangista que pasó más de tres años en prisión por manipular explosivos. Pese a sus rugidos, la neofascista Alianza Nacional (AN), que preside Peña, pasa inadvertida. Reúne a 200 militantes y 3.000 votos. Su fama reposa en excandidatos como Pedro Cuevas, asesino del antifascista Guillem Agulló. O en el primer paso recorrido por la Fiscalía del Supremo para su ilegalización.

La tormenta perfecta que nutre el extremismo en la Europa espoleada por la crisis no arrecia en España. Cuatro formaciones ultras rasparon en las últimas generales 74.000 votos, un 0,3%. Menos que el Partido Animalista. Sin embargo, hay más ultraderechistas declarados. El 3% de la población, según el Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS). “Pero la extrema derecha se siente cómoda en el PP”, explica Belén Barreiro, expresidenta del organismo demoscópico, que estima que 9 de cada 10 radicales les vota.

Huérfana de líder, atenazada por la violencia, fragmentada por ojerizas, el radicalismo de derechas se desfonda desde la Transición, cuando tocó techo con el escaño de Blas Piñar. Pero eso fue en 1979.

Hoy, un revoltijo de una quincena de grupos se debate como alma en pena entre el populismo, la nostalgia o la fe nazi. Sus tentativas de unión saltan por los aires. La última fue la plataforma La España en Marcha. Sus cinco formaciones planean entre la tradición y el neofascismo. Nació en julio como embrión de un futuro partido. Y ya amenaza ruptura. Las tensiones entre dos de sus miembros, Alianza Nacional y Democracia Nacional, podrían resquebrajar un proyecto concebido para tumbar el muro que exige un 0,1% de avales para presentar una candidatura al Congreso. “La división, las barreras electorales y el voto útil al PP son nuestros enemigos”, dice José Luis Corral, del Movimiento Católico Español, con 200 seguidores.

Más de 2.000 sitios nazis y racistas infectan la red, el nuevo megáfono del extremismo. El diario digital InfoLibre encajó esta semana cuatro ataques firmados por ultras que tumbaron el portal. “Han impedido la pluralidad”, comenta el director, Jesús Maraña.

Pero nada apunta a un amanecer dorado. El historiador Xavier Casals desplaza el centro de gravedad de la ultraderecha de Madrid a Valencia y Cataluña. Plataforma per Catalunya (67 concejales) y la valenciana España 2000 (5) proclaman en voz alta los murmullos de taberna de un país estrangulado por la crisis: “Sobran inmigrantes y mezquitas”. “Ayudas solo para españoles”. El fundador de España 2000, el abogado José Luis Roberto, olfatea el éxito. “Subiremos en los barrios obreros”, sentencia. Su legión de 4.000 militantes todavía aguarda el día de la victoria.