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Reportaje:

Bélgica se resquebraja

La reforma constitucional de 1993 abrió la caja de los truenos en Bélgica. Desde entonces, flamencos (de habla neerlandesa) y valones (francófonos) tiran cada uno por su lado. Hasta el rey Alberto II reconoce: "Debemos inventar nuevas formas de vivir juntos". Mientras tanto, el separatismo crece en Flandes

Se pregunta famosamente Mario Vargas Llosa en Conversación en La Catedral: "¿En qué momento se jodió el Perú?". Responder a lo mismo con respecto a Bélgica, perdida hoy en un acelerado torbellino centrífugo con imprevisible calendario de evolución, tiene una fecha: 1993. Ya hubiese querido Zavalita tener una respuesta tan clara a su agónica demanda en la novela: Bélgica se jodió en 1993. Fue en aquel año cuando entró en vigor la cuarta reforma institucional con un nuevo Artículo 1 de la Constitución: "Bélgica es un Estado federal que se compone de comunidades y regiones". Los desavisados confiaban en que el momento marcara la definitiva consumación del proceso descentralizador lanzado por la primera reforma del Estado, la de 1970, que dio la puntilla al Estado unitario histórico, pero ya otros vieron que lo que se acababa de hacer era abrir el portillo por el que pretendería huir la neerlandófona Flandes, o, al menos, los flamencos más extremistas. La palabra separatismo dejó allí mismo de ser tabú. Entre 30.000 y 50.000 personas, en su mayoría francófonos, se echaron en aquella primavera a las calles de Bruselas para manifestarse "contra el separatismo" y la voladura de la Bélgica de siempre. El pasado mes de noviembre, otros tantos miles, de nuevo esencialmente francófonos, volvieron a tomar las calles de la capital para clamar "por la unidad" de un país que temen perder. Tampoco esta marcha tuvo efecto sobre una clase política nacida de la reforma de 1993, que se desconoce e ignora mutuamente y vive volcada, como quiere la Constitución, en los intereses que cubre el radio de la sombra del campanario.

Yves Leterme, hoy primer ministro, decía en 2006:"Un Gobierno federal pasa a segundo plano ante el interés de Flandés"

Las etapas de Estado Unitario, regionalizado y federal están agotadas. La siguiente fase es una confederación

Las elecciones de 2007 mostraron que los flamencos quieren reformar el Estado, y los valones, dejarlo como está

Paul Dirkx, profesor de universidad: "No hay partidos nacionales, todos quieren ampliar las atribuciones regionales"

La economía condiciona la política. Se dio la vuelta a la tortilla y Flandes es ahora más rica que Valonia

Flamencos y valones viven en planetas separados, con la ciudad de Bruselas como único punto de conexión

"Si no hay nuevas transferencias de competencias a las regiones, mi partido no participará en un Gobierno tras las elecciones de 2007. La necesidad de tener un Gobierno federal pasa a segundo plano frente a los intereses de Flandes. Aquí la gente lleva siglos viviendo sin ser belga", advertía hace ahora dos años el entonces ministro-presidente de la región de Flandes Yves Leterme, hoy primer ministro de Bélgica. Leterme ganó arrolladoramente al frente del partido Cristiano Demócrata y Flamenco (CD&V) las elecciones de junio de 2007 -con 800.000 votos, ninguno de fuera de su región, gracias a las peculiaridades de una Constitución que no permite candidaturas a escala nacional- y recibió el encargo regio de formar el Gobierno central, el mismo que veía supeditado a los intereses de Flandes, que agrupa al 60% de los 10,6 millones de belgas. Fracasó dos veces en el intento de crear la imprescindible coalición en el complejo mosaico político belga y por dos veces tiró la toalla. Al cabo de nueve meses fue de nuevo llamado por Alberto II y a la tercera logró amalgamar un Gabinete del que volvió a dimitir hace dos semanas.

La inesperada espantá de Leterme se produjo en pleno marasmo político, por la negativa de su propio partido a tolerar que se pospusiera la prometida discusión sobre la transferencia de más competencias a las regiones, retraso aceptado por el primer ministro a instancias de los otros partidos de la coalición gubernamental (democristianos y liberales flamencos y valones, y socialistas valones), que anteponían la urgencia socioeconómica a la urgencia regionalista. La petición de relevo no fue aceptada por el soberano y la subsiguiente reconfirmación del jefe del Gobierno vino seguida de un enésimo llamamiento a la reforma del Estado y a la búsqueda de un nuevo -sexto, en puridad, desde 1970- equilibrio institucional, del que toda la clase política belga habla como si del bálsamo de Fierabrás se tratara. Pero a la sexta no irá la vencida porque no hay equilibrio posible ni pócima que aplaque las inagotables ansias descentralizadoras de Flandes, que suscitan enconadas resistencias en Valonia. Ya lo tiene escrito en sus memorias Jean-Luc Dehaene, flamenco, correligionario de Leterme y ex primer ministro: "Cada fase de la reforma del Estado está preñada de la reforma siguiente, presente en ella de forma embrionaria". O como dice Didier Reynders, hoy viceprimer ministro, liberal y francófono: "Todas las estructuras federales están en continua evolución".

La cadena evolutiva a la vista está. Estado unitario, Estado regionalizado y Estado federal son etapas ya agotadas. "Tenemos que inventar nuevas formas de vivir juntos en nuestro país", declaró hace dos domingos a la nación el propio Alberto II en su solemne discurso (escrito por Leterme) con motivo de la fiesta nacional. Estado confederal -aunque no lo sea en puridad jurídica, dado que no será una unión entre Estados independientes, si bien se trabajará como si las distintas partes belgas lo fueran- y desmembramiento del país, como desean los más calenturientos, son las fases que vienen.

Hablan de Estado confederal los líderes del CD&V, el propio Reynders y el vicepresidente socialista francófono, Philippe Moureax, quien mantiene que "sólo el confederalismo puede salvarnos". Habla ya de independencia para Flandes, sin eufemismo ni ocultación, el N-VA (Nueva Alianza Flamenca), partido coligado al CD&V, para el que el confederalismo que se dibuja en el horizonte inmediato no es sino una fase inevitable del objetivo último y único. "Lo que queremos al final es un Flandes independiente", reconoce sin ambages Jan Jambon, líder del N-VA en la Cámara de Representantes de Bruselas. "No se puede conseguir de golpe, hay que ir paso a paso". También exigen la independencia otros partidos, incluido el notoriamente xenófobo Vlaams Belang (Interés Flamenco), cuyo radicalismo lleva a los demás a hacerle el vacío político... mientras no le necesitan.

La reforma de 1993 desvinculó la composición de los parlamentos regionales del Parlamento nacional, que hasta entonces proporcionaba diputados y senadores nacionales para las cámaras autonómicas. La gestión de la nueva batería de atribuciones transferidas hacia las regiones y comunidades, al tiempo que se vaciaba de contenido al centro, pasó a manos de otra cohorte política, sin experiencia a escala nacional, sin socialización política con los jóvenes del otro lado lingüístico, sin conciencia de la existencia del interés común, pensando y actuando sólo en nombre de los intereses de la respectiva región: Flandes, Valonia y Bruselas.

Leterme "forma parte de esa nueva generación de políticos flamencos que comenzaron su carrera política tras la reforma de 1993", señala su biógrafo Filip Rogiers. Joëlle Milquet, otra de la nueva generación, también democristiana, pero de Valonia y, por lo tanto, en las antípodas del secesionismo flamenco, hace notar que cuando la vieja generación acordó la reforma de 1970 no podía ni imaginar hacia dónde llevaría la deriva descentralizadora. Los viejos se conocían a la perfección, eran colegas que habían librado durante décadas intensas disputas en la Cámara y el Senado, pero se respetaban y tenían conciencia del común. Incluso encarnizados rivales compartían ocasionalmente jornadas de vacaciones. Un mundo desaparecido.

Ahora son ocho las cámaras parlamentarias en el país, de las que sólo la de Representantes y el inane Senado piensan a escala nacional. Y seis los Gobiernos. El famoso compromiso belga ha consistido a lo largo de los años en una continua superposición de estructuras para responder a las necesidades sobrevenidas, lo que ha creado una maraña institucional de tal calibre que en estos momentos, junto a la disputa de fondo (¿quién se lleva qué, cómo y para qué?) se debate acerbamente sobre quiénes tienen derecho a sentarse a la mesa para discutir el venidero arreglo, con el lugar que deba ocupar Bruselas en el remozado edificio institucional belga como gran manzana de la discordia. Y todo ello bajo la responsabilidad de un primer ministro que nunca antes había ocupado una posición de responsabilidad política nacional.

Dehaene, padre de la reforma federal del 93, la repudia ahora y habla de ella como de "un gran error". Hace unos días le preguntaban a Wilfried Martens, otro ex primer ministro, coetáneo de Dehaene y mentor de Leterme, si lamentaba haber lanzado a su pupilo hacia la jefatura de Gobierno. "No, no lo lamento. Pero tengo remordimientos", respondió en el diario La Libre Belgique. El buen católico Martens no abundó en sus remordimientos, pero confesó su inquietud con lo que está sucediendo en el país: "Estamos en el corazón de Europa y me parece inconcebible, impensable, que Bélgica se separe. Estoy preocupado. Siempre se pueden encontrar soluciones, pero me preocupa que no haya respeto y confianza entre las personas".

Recuerda Dehaene cómo sus actividades de joven turco a favor de más poderes para Flandes hacían fruncir el ceño a Gaston Eyskens, el primer ministro de la reforma de 1970, para quien la autonomía cultural otorgada entonces a la región neerlandófona debía colmar todas las aspiraciones de Flandes. Ahora les toca a los Dehaene y Martens sentirse incómodos con los manejos de la nueva generación y es Reynders quien les responde. Les hace notar el viceprimer ministro que dejaron al país en bancarrota, con una deuda del orden del 130% del PIB, y que él en sus diez años como responsable de la finanzas nacionales la ha rebajado al 85% y que, por lo tanto, nadie puede darle lecciones sobre lo que es bueno o no para Bélgica.

"La verdad es que en este país faltan dos o tres personas que estén intelectual y políticamente a la altura del desafío", dice Pascal Delwit, decano de la Facultad de Políticas de la Universidad Libre de Bruselas. El CD&V, el partido mayoritario, es una jaula de grillos, con chirriantes relaciones personales. Leterme parece haber abandonado pragmáticamente el radicalismo flamenco de que hacía ostentación cuando gobernaba la región y ahora su sucesor le siega la hierba bajo los pies. "Hay dificultad para encontrar alguien con una palabra fiable y creíble en el CD&V", apunta Delwit. "No se sabe muy bien quién lleva la voz cantante. Se logra un acuerdo con alguien y al poco le desautorizan". Exactamente lo que a mediados de julio forzó la tercera dimisión del primer ministro, saboteado por el nuevo ministro-presidente de Flandes, Kris Peeters, y sus propios socios de la N-VA.

Leterme, que tiene una notable capacidad para la falta de tacto y el ofender a la otra parte, declaró en aquella reveladora entrevista al diario Liberation que "no hay que olvidar que Bélgica nació como una accidente de la historia" y que lo único que hoy tienen en común los belgas son el rey, la selección de fútbol y la cerveza. El rey es cuestionado a veces, en particular por los flamencos, y los diablos rojos son un desastre sin paliativos, como tendrá España ocasión de comprobar en la fase clasificatoria para el mundial de Suráfrica. Sólo a las más de 400 cervezas belgas de todo tipo, graduación, sabor, color y textura se les puede vaticinar un futuro risueño.

En su visión sobre el "accidente histórico" y la artificialidad del Estado belga Leterme tiene nutrida compañía. El país hoy acongojado por su futuro nació en 1830, tras haber pasado de mano en mano de las grandes potencias continentales desde el siglo XVI, como herencia, al principio, para la España de los Austria -que conservó los Países Bajos del Sur tras la pérdida de las protestantes provincias norteñas que devendrían en Holanda- a la que siguieron la Austria imperial, la Francia revolucionaria y napoleónica y la Holanda del déspota ilustrado Guillermo I. Son tierras históricamente ensangrentadas por los designios y ambiciones de otros, hasta el mismísimo siglo XX de las dos ocupaciones alemanas. Vio la luz como un modesto Estado tampón concebido por la astucia de Londres para poner tierra de por medio con Francia, por lo que el Congreso de Viena sancionó la entrega del escueto territorio belga, poblado por católicos, a la protestante Holanda tras la derrota napoleónica de Waterloo en 1815. Guillermo I intentó imponer a sus nuevos súbditos flamencos la oficialidad de su lengua, versión canónica de la miríada de dialectos neerlandófonos hablados en Bélgica, y contra ello se alzaron las élites políticas y la burguesía de sus nuevos dominios, tanto en Flandes como en Bruselas y Valonia, francófonas hasta la médula como correspondía a la época en todo el continente. Una revuelta callejera acicateada por la representación en la Monnaie de la ópera "La muette de Portici" ('La muda de Portici', retrato de un alzamiento popular contra la presencia española en el Nápoles del XVII que se vio como un espejo en aquella Bruselas antiholandesa) acabó forzando la retirada bátava y la proclamación de la independencia por las provincias belgas. En consonancia con los tiempos, el improvisado Congreso Nacional opta por el régimen monárquico por 147 votos frente a los 13 de quienes preferían una república para el naciente Estado.

La búsqueda de un rey para el nuevo trono se cierra con la aceptación de la oferta por el apuesto Leopoldo de Saxo-Coburgo-Gotha, un príncipe alemán viudo de Carlota, fierecilla con belleza de porcelana inglesa y espléndidos ojos violeta que, de no haber muerto de parto a los 21 años, hubiese llegado a ser reina de Inglaterra en lugar de Victoria. Leopoldo es elegido por un parlamento y cuando jura en 1831 lo hace sobre una Constitución progresista que convierte a Bélgica en uno de los países más democráticos del momento. No es Leopoldo I quien da una Constitución a los belgas, sino el pueblo quien se la ofrece al soberano, que así se convierte en Rey de los Belgas, título que llega hasta hoy con Alberto II. Rey de los Belgas, no rey de Bélgica.

Aquella primera Constitución reconoce al pueblo libertad en el uso de la lengua, pero de hecho y de derecho el francés se convierte en la lengua nacional oficial. El holandés era la lengua del enemigo y como tal imposiblemente merecedora de otro trato que no fuera el de dejarla reducida a la cacofonía del habla popular. La unidad nacional debía cimentarse sobre el francés, apenas hablado por el 10%-15% de la población, la minoría política, social y económicamente dominante, frente a un pueblo anónimo e ignaro que en el norte manejaba variados dialectos flamencos y en el sur se desenvolvía con bastardas hablas valonas, emparentadas con más o menos fortuna con la lengua de Voltaire. Esa discriminación lingüística es el pecado original y error genético que lleva 178 años envenenando constitucionalmente la convivencia interna belga.

Son casi dos siglos marcados por la incansable lucha de la mayoría flamenca del país por recuperar la identidad y el respeto, combate que en la lengua encontró el catalizador natural. En 1898 el neerlandés es reconocido por primera vez como lengua oficial en Bélgica y se hace acreedor de los mismos derechos que el francés, aunque habrán de pasar décadas hasta que realmente los ejercite. En 1930 se concede a Gante el privilegio de ser la primera universidad neerlandófona del país. En 1932 se consolida el monolingüismo administrativo de Flandes (neerlandés) y Valonia (francés), dejando el bilingüismo sólo para Bruselas. A partir de 1938 los soldados flamencos empiezan a recibir formación en su lengua, sangrante deuda de la nación con un Flandes humillado por la mortandad de sus hijos durante la Gran Guerra por recibir órdenes incomprensibles de una oficialidad francófona... Citas de todo tipo con la historia se suceden a lo largo del siglo XX como disparadas por una ametralladora: el referéndum de 1950 sobre la continuidad del rey Leopoldo III, tachado de colaboracionista por la izquierda y muchos valones, revela la fractura Norte-Sur: 72% de síes en Flandes, frente al 48% de Bruselas y el magro 42% en la socialista Valonia; el establecimiento en 1962 y 1963 de la frontera lingüística que crea una capital bilingüe y tres zonas oficialmente monolingües (Flandes, Valonia y un minúsculo reducto germanófono); la expulsión en 1968 de los francófonos de la Universidad Católica de Lovaina, fundada en 1425 y bastión secular de la burguesía belga, que desde entonces es puramente neerlandófona. Aquella limpieza étnica fue tan traumática que provocó la escisión del partido democristiano en dos alas, una francófona y otra neerlandófona, gangrena de regionalización de la política que se acabaría apoderando de las otras formaciones, acicateadas por las sucesivas reformas institucionales, y cimentando la incomprensión mutua...

Los constitucionalistas belgas ven a su país erigido sobre cinco fechas clave: 1830-1831, el bienio de la independencia y la monarquía constitucional; 1932, abandono del bilingüismo de los funcionarios de la administración central a favor de la territorialización de la lengua, precisamente (ironía del destino) porque los francófonos se niegan a aceptar que el neerlandés pueda ser usado también en el sur; 1962-1963, bienio en que se dibuja el estricto monolingüismo regional que será la base de las relaciones Norte-Sur; la reforma institucional de 1970, primera de la inacabada serie, que supuso "la muerte de la Bélgica de papá", como estableció la feliz fórmula apócrifa atribuida al primer ministro Eyskens, al constitucionalizar las regiones lingüísticas y crear tres comunidades (neerlandófona, francófona y germanófona, con sus respectivos legislativos y ejecutivos centradas en los ámbitos personales: educación, cultura, juventud...) y tres regiones (Flandes, Valonia y la región de Bruselas, también con sus legislativos y sus ejecutivos volcados en el gobierno de sus respectivos territorios), y, finalmente, 1993, el año de la federalización del país, consagrada en el Artículo 1 de la Constitución: "Bélgica es un Estado federal que se compone de comunidades y regiones".

Es la reforma que ha corrido su curso y creado la difícil situación actual, agravada porque "por primera vez los puntos de vista son muy diferentes sobre el paisaje institucional a crear", según el politólogo Delwit. A la deriva constitucional añade él "la carencia de personalidades federadoras". Las elecciones de 2007 demostraron que los flamencos siguen teniendo sed de reforma del Estado, mientras que los francófonos se dan por satisfechos con el vigente régimen, que de ser movido debería serlo para desandar el camino. Más que por la reclamación cultural -ya amortizada, salvo el continuo choque lingüístico en la periferia de Bruselas, en la circunscripción llamada Bruselas-Hal-Vilvoorde- es la economía lo que mueve las reivindicaciones de Flandes. La tortilla histórica ha dado la vuelta y la vieja región atrasada y agraria es ahora moderna y pujante, y está cansada de subvencionar la esclerosis de una Valonia que fue económicamente grande con la siderurgia y las minas, ya desaparecidas, pero que no ha sabido adaptarse a los exigentes tiempos del cambio tecnológico y de la globalización. De ahí la consigna propagandística del norte de que cada familia de Flandes regala cada cuatro años un coche a una familia valona y de que es urgente establecer un nueva relación institucional, con transferencias de responsabilidades sobre fiscalidad, trabajo y seguridad social del centro a las regiones. El eterno mantra de la subsidiariedad.

Un riguroso sondeo de opinión realizado por la universidad de Lovaina, en contrate con toda la baratija demoscópica que llena los periódicos un día sí y otro también, revela que sólo el 9% de los flamencos quiere la división del país, en el extremo opuesto del 11% que desearía el retorno a la Bélgica unitaria. La mitad de la población de Flandes, el 48%, prefiere continuar en una Bélgica unida, pero más descentralizada. La contrapartida en el sur de ese mismo sondeo corrió a cargo de la universidad francófona de Lovaina la Nueva, creada sobre trigales y maizales de la valona Ottignies a una treintena de kilómetros de la vieja Lovaina tras la dramática purga del 68. Hoy las relaciones entre ambas son fraternales. Lo que encontraron los sociólogos francófonos en Valonia es que apenas el 4% de la población está por romper la baraja belga. Una relativa semejanza con el norte, por minoritaria en lo secesionista, que salta por los aires al medir las otras dos posibilidades. Casi la mitad de la población está en el sur por el retorno a "la Bélgica de papá", frente al 17% que aceptaría profundizar en el federalismo. El historiador Vincent Dujardin, de la universidad de Lovaina la Nueva, que ha revisado un ambicioso trabajo periodístico del diario 'Le Soir' sobre las vicisitudes de la historia de Bélgica, mantiene que "hablar de dos naciones, una flamenca y una francófona, es inexacto. Hay una nación belga y una nación flamenca".

En Nil-Saint-Vincent, muy cerca de Lovaina la Nueva, está el centro geográfico de Bélgica, marcado con una estructura sin fortuna estética que quiere simbolizar la unión de las peculiaridades institucionales belgas. Es un lugar bucólico, de arbolado y campos feraces, gallos que cantan, campanas que doblan y vacas que pastan apaciblemente junto a pozas que reflejan un cielo rico en nubes. El silencio y la armonía de Nil inducen a lamentar acremente la barahúnda de las maquinaciones de los políticos, a juzgar por lo que dejan ver un par de vecinos. Un hombre joven y otro de 73 años, la persona que más cerca vive del ombligo belga, ponen carne y hueso al frío sondeo de la universidad. "No me parece nada bien lo de la división del país", dice el uno. Le secunda el otro: "Los políticos son todos una mi-er-da".

Paul Dirkx, belga de la flamenca Overijse, localidad vecina de Bruselas, y profesor de la universidad francesa de Nancy, muestra la vertiente intelectual del hastío del abuelo de Nil. "Es una situación extraordinaria, completamente antidemocrática", se queja. "En Bélgica no hay partidos nacionales, así que los que hay sólo están interesados en la ampliación de las atribuciones para las comunidades y regiones. Nos dicen que hay que separarse, pero sólo el 9% de lo flamencos lo quiere". Dirkx fue uno de los organizadores de la marcha del pasado noviembre a favor de la unidad de Bélgica, que estuvo precedida por la recogida de 140.000 firmas que no hicieron mayor mella en sus destinatarios. Vuelve a la carga, ahora con la intención de crear una organización de nombre extraño: ZuSamEnsemble, acrónimo que junta palabras de las tres lenguas oficiales de Bélgica para decir "Estamos juntos" de un modo que, asegura, los belgas entenderán. Dirkx ha lanzado un sitio en Internet (www.be-counter.be) para recoger de nuevo firmas de los fastidiados con la situación. "Cada firma será una piedra que reforzará los puentes entre ambas comunidades", se lee en la declaración, que en menos de un mes ha obtenido más de 22.000. Es una campaña quijotesca, de pura base, sin vínculo político alguno, que el profesor de Nancy reconoce como numantina: "Nos vemos como el último reducto de resistencia por Bélgica".

La cultura, la historia y la evolución política han hecho que flamencos y francófonos vivan en planetas separados, con la ciudad de Bruselas -físicamente enclavada en territorio flamenco, pero con una población culturalmente francófona- como único punto de conexión gracias los cientos de miles de flamencos que cada día entran en la ciudad para trabajar. Los partidos políticos, los medios de comunicación, las asociaciones, las patronales... hasta la Cruz Roja tienen su versión a cada lado de la frontera lingüística. El desconocimiento del otro es total y el interés por él, nulo. Sólo hay un 1% de matrimonios mixtos en Bélgica. Karla Laureyns y Fabian Louis son una de esas rarísima avis. Tratan infructuosamente de encontrar un caso semejante entre sus amigos: notan mezclas de nacionalidades, pero no de matrimonios entre neerlandófonos y francófonos. Treintañeros con dos hijos, ella, nacida en Flandes, es secretaria en Rosas, una de las grandes compañías mundiales de danza contemporánea, y él, valón que lleva 16 años en Bruselas y se define como bruselense, trabaja en una editorial de Flandes.

Corren ya leyendas urbanas por Bruselas sobre crisis matrimoniales creadas por la situación política en que está sumido el país, pero no es el caso de Karla y Fabian, que viven en perfecta armonía. "Hablar de escisión es lo políticamente correcto, pero no está en línea con lo que la gente quiere", dice Karla."Es fácil ir a la separación y difícil dar marcha atrás", añade Fabian. "Y como es más fácil decir y hacer eso que crear crecimiento económico, eso es lo que hay". La pareja tiene sus diferencias (pequeñas, sobre las causas originales del conflicto, no sobre la resolución) que han servido para acercarles por el conocimiento del verdadero otro, distinto al estereotipo con que cada cual creció. "Cuando una se casa con el otro se aprende mucho", hace notar Karla. "Yo tenía una imagen muy simple de los francófonos y ahora sé que la situación es más complicada y sutil de lo que se dice en Flandes. Ahora conozco sus sensibilidades. En Flandes se dice que lo bloquean todo, que son unos incapaces, que hay que librarse de ellos, que Bruselas era flamenca y que los francófonos se apoderaron de ella y que hay que recuperarla y reflamenquizarla".

"Ya lo creo", apostilla Fabian con una sonrisa. "Yo he aprendido la historia de los flamencos, desconocía que tuvieran tan vívida la idea de la opresión. Pero yo no soy responsable de eso. Los flamencos neerlandófonos fueron oprimidos por flamencos francófonos. También he descubierto su cultura". Karla cree que "los francófonos son más defensores de la libertad individual y que los neerlandófonos defienden más la cultura". Fabian cuenta que en una ocasión, durante el almuerzo, todos los que estaban en la misma mesa eran francófonos: "Apareció el director y nos dijo: 'No hay flamencos en esta mesa'. Nosotros ni lo habíamos notado. Nos sentamos juntos por afinidad. Yo creo que el director tenía miedo de que se fuera crear una división interna, que se reprodujera en la empresa lo que pasa en el país".

Ni Karla ni Fabian están por la partición de Bélgica. Aprovecha ella el crucial problema político de cómo encajar a Bruselas -inasible florón de la corona, que Flandes y Valonia ansían apropiarse para saldar definitivamente su pulso histórico- en la futura dispensación institucional para decir que la Bruselas bilingüe, abierta, desprejuiciada y desacomplejada debería ampliarse progresivamente hasta cubrir todo el país.

El parlamento de la comunidad neerlandófona convirtió hace años la torre cruciforme de Yser (IJzertoren, en la lengua de Vondel) en el símbolo oficial de los flamencos, decenas de miles de los cuales la visitan cada año, con el clímax de la embriagadora peregrinación nacionalista y separatista de cada último domingo de agosto en la localidad de Diksmuide, laminada, como toda la región, durante la Primera Guerra Mundial. En el rincón noroccidental de Bélgica, sus 84 metros de altura acogen un museo sobre Guerra, Paz y la Emancipación de Flandes que en sus últimos tránsitos cronológicos, bajo el título de Una vieja historia, un nuevo comienzo, habla ya de Flandes en una Bélgica confederal. La descomunal torre -rematada con las siglas en cruz AVV, VVK (Todo por Flandes, Flandes por Cristo), acrónimo que simboliza la militancia radical flamenca- es heredera de otra más pequeña dinamitada en 1946 por manos no identificadas que querían acabar con lo que veían como un insultante monumento a los afines a Hitler. No en vano el lugar había acogido durante la Segunda Guerra Mundial ceremonias de confraternización germano-flamenca.

"¿Por qué elegimos una solución de extrema derecha? ¿Por qué los extremistas se fueron con Hitler? Porque nosotros solos no teníamos fuerza para separarnos", explica Charles Vanmeukelen, de visita con su hija, Sigrid, y su novio, Ken Temmerman, flamencos los tres, al lugar "en busca de una explicación a las tensiones políticas", como dice Sigrid en lo alto de la torre y ante la mejor vista concebible sobre los que hace 90 años fueron martirizados campos de Flandes. Ella no ha encontrado respuestas definitivas y su padre, que participó en las revueltas del 68 para limpiar Lovaina de francófonos, se lamenta ocasionalmente de algunas interpretaciones de la exposición museística, que ve como mitos y medias verdades interesadas. "Aquí tratan de hacernos creer que los flamencos tenemos una identidad completamente diferente, ¡pero es mentira!", dice ante uno de los expositores, aparentemente ajeno a que la historia de muchas naciones, nacidas y que pugnan por nacer, se enraíza en mitos, medias verdades y puras mentiras.

De vuelta al día de hoy, Sigrid se indigna de que en un restaurante de la vecina costa de Flandes, ella, neerlandófona, pida salmón en su lengua y el camarero, francófono, "no me entienda o haga como que no me entiende". A Ken le subleva la arrogancia de los francófonos. "Desprecian al neerlandés, que consideran una lengua pequeña", dice. Esa disputa cultural y territorial llega al paroxismo en la corona que rodea a Bruselas, donde cada día se producen grotescas emboscadas político-lingüístico-administrativas. Los francófonos sueñan con arrancar a los flamencos una cesión de terreno que permita unir la región de Bruselas a Valonia. Se crearía así una masa crítica (cultural, política y económica) muy dañina para las ambiciones secesionistas de un Flandes que tiene a Bruselas por capital. Desde la otra trinchera, flamencos hay que ven un plan secesionista francófono en ese intento de fundar lo que se ha dado en llamar Valo-Brux. "Sobre esa cesión territorial es imposible que haya acuerdo. Lo tendrían que tomar por la fuerza", advierte con dureza Marianne Thyssen, presidenta del CD&V. "Sería un anschluss", reacciona Charles Vanmeukelen, evocando la ocupación alemana de Austria. Dadas las posiciones de partida, suena a quimera resolver el futuro de Bruselas, no sólo por el choque entre flamencos y valones, sino por las distintas estrategias de los diferentes partidos francófonos ante el electorado de esa circunscripción de Bruselas-Hal-Vilvoorde. Y sin solución satisfactoria para Bruselas, el país seguirá sumido en el desgobierno, se teme más de uno.

Los Vanmeukelen, pese a sus diferencias con los molestos vecinos francófonos, no desean la partición de Bélgica. "No quiero la división de Bélgica. Quiero que siga unida, pero que se invierta bien el dinero y que los valones trabajen y respeten a los flamencos", señala Ken, a quien padre e hija habían presentado como más radicalizado. En su despacho de Bruselas, Thyssen abunda en la idea: "Nosotros no vamos a dividir a Bélgica. Sólo queremos una confederación, nada más". Y apostilla con frase claramente dirigida al interlocutor español: "Estamos orgullosos de que todas las reformas se hagan por vía pacífica. Lo que ocurre es que al cabo de un tiempo se descubren nuevos desequilibrios y se hacen necesarias nuevas reformas". Ella no sabe dónde está el final de esas transferencias y reformas, siempre insuficientes. Jambon, el dirigente de la secesionista N-VA y socio político de la democristiana, tiene otra perspectiva: "El CD&V no está por la independencia de Flandes, pero va en la dirección de la independencia. Su evolución es hacia la independencia". ¿Tiene él un calendario en cabeza? "No lo podría decir. A veces se va muy deprisa y a veces se frena el proceso. Ahora se va deprisa".

Todos son conscientes de ser el espejo en que se miran parte de Europa, en especial los países infectados de secesionismo. "Es verdad que la construcción de Europa refuerza los regionalismos", apunta el politólogo Delwit. "Pero la Unión necesita Estados para funcionar. A la Comisión le inquieta la hipotética desaparición de Bélgica. Nadie quiere abrir la caja de Pandora. Tras los flamencos y los valones, vendrán los vascos, los catalanes, los escoceses, los corsos...". La Comisión mantiene oficialmente que la crisis institucional belga es algo que corresponde a los propios belgas resolver, del mismo modo que el Parlamento Europeo guarda las distancias. Una fuente europarlamentaria cree que vista la inepcia europea en la gestión de la voladura de la antigua Yugoslavia, con el chusco último episodio de la división de los Veintisiete sobre el reconocimiento de la independencia de Kosovo, "no se hará nada por alentar el desmembramiento de un país de la Unión".

La conclusión de quienes estudian el fenómeno desde fuera, como los profesores Delwit, francófono, y Marc Swyngedouw, neerlandófono responsable del sondeo sobre la opinión pública del norte realizado por la universidad de Lovaina, es que "no hay apoyo popular a ningún tipo de división del país". Delwit percibe, además, que "no hay voluntad política secesionista en las élites de Flandes". Pero ello no significa que vaya a haber descanso en la eterna noria reivindicativa. "Nunca se encontrará una solución definitiva", pronostica. Le da la razón Thysssen al responder a la pregunta de si la sexta reforma que viene será la última: "Si el mundo se para, será la última".