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Tribuna
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El otoño caliente que afronta Liz Truss

Reino Unido está al borde del derrumbe, señala el politólogo John Gray. Más de la mitad de la población podría caer en la pobreza energética. Ante la crisis, las recetas thatcheristas que la nueva premier británica exhibió en las primarias, no sirven

John Gray
Liz Truss Reino Unido
La primera ministra de Reino Unido, Liz Truss, sale del número 10 de Downing Street en Londres, el pasado 9 de septiembre.ISABEL INFANTES (AFP via Getty Images)

Mientras la primera ministra Truss entra en el número 10 de Downing Street, el Estado británico está a punto de derrumbarse. La política fantasiosa de la disputa del liderazgo conservador está chocando de frente con varias realidades de lo más complejas. Más de la mitad de la población podría caer este invierno en la pobreza energética (definida como un hogar que gasta más del 10% de sus ingresos en energía). Con la inflación fuera de control, los trabajadores van a sufrir la mayor caída real de su renta de toda su vida. Innumerables empresas sin proteger mediante topes en el precio de la energía corren el peligro de caer en bancarrota. Las huelgas que se vivieron durante el verano se extenderán desde los servicios ferroviarios hasta el sistema de salud público (NHS), las escuelas, el sistema judicial y posiblemente la Administración pública. Hay una posibilidad real de desobediencia civil, cuando muchos se nieguen a pagar sus facturas de combustible —o sencillamente no puedan— si no hay una intervención drástica del nuevo Gobierno de Truss.

La escasez de energía y las sequías, la apertura de bancos de alimentos y el mal funcionamiento de los servicios públicos no son hechos independientes que, juntos, han provocado un aumento temporal del coste de la vida. Lo que pasa es que el sistema que rige el mercado nacional y mundial que ha estado en vigor durante una generación se ha venido abajo.

La lógica de los acontecimientos parece indicar, más que nunca, que a finales de 2024 habrá un Gobierno encabezado por los laboristas. Pero estos no pueden dar por descontado que van a ganar. El líder laborista Keir Starmer sigue siendo un político en potencia, un abogado desapasionado en un oficio que requiere de instinto asesino. Truss, en cambio, es una política de raza. Su travesía de estudiante liberal-demócrata a ferviente conservadora, de partidaria de seguir en la UE a defensora radical del Brexit, es sin duda una sucesión de cambios importantes. Pero también se adapta con rapidez a las nuevas realidades, mientras que Starmer sigue avanzando lentamente, fiel servidor de un antiguo régimen caduco. Quizá su torpeza tiene cierto encanto, pero es poco probable que le sirva para ganar en unos tiempos tan revueltos.

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Lo que importa no es lo que nos parezcan hoy los dos líderes, sino la situación de sus respectivos partidos en 2024. Si Truss se aferra a un sucedáneo de thatcherismo, los conservadores no tendrán nada que hacer en las elecciones. Si su voluntad de conservar el poder prevalece sobre sus opiniones más recientes, podrían volver a ganar.

Su primera prueba será la crisis energética, en la que tendrá que actuar con decisión, como ha afirmado que hará. Digan lo que digan, la única forma de que sobreviva el nuevo Gobierno es rescatar a los hogares y las empresas. Tanto si lo hace reduciendo los impuestos como congelando las facturas energéticas durante un tiempo o una mezcla de ambas, el coste será inmenso. No será una “economía conservadora” —un ejercicio de prudencia fiscal para contener la deuda pública y limitar la intervención del Estado—, sino un experimento keynesiano increíblemente ambicioso. Los economistas advierten de que podría acabar en un desastre si hunde el mercado de bonos del Estado del Reino Unido y desencadena un pánico monetario que afecte a la libra. Ahora, si queremos evitar una catástrofe este invierno, no hay —como habría dicho el supuesto modelo de Truss, Margaret Thatcher— ninguna alternativa.

Si Truss vacila, o se desvía de su rumbo porque se le amotinen unos cuantos leales a Johnson, falsos thatcheristas y rancios seguidores de Cameron, los conservadores estarán acabados. Algunos miembros del partido están coqueteando con la peligrosa idea de que no les vendría mal perder las próximas elecciones. Es cierto que una coalición encabezada por los laboristas podría terminar arrastrada por la vorágine económica. Pero mientras estuviera en el poder tendría tiempo de modificar el sistema de votación de Westminster y hacer casi imposible que vuelva a haber otro Gobierno de mayoría tory.

El legado de Thatcher

Poner hoy en práctica una imitación caricaturesca de las políticas de la Dama de Hierro no lleva más que a la ruina. Thatcher movilizó al Estado contra los sindicatos, pero la situación actual de los trabajadores es totalmente diferente. La globalización debilitó su poder en Gran Bretaña y rebajó los salarios cuando se empezó a trasladar la producción a países de salarios bajos. La privatización les quitó capacidad de acción colectiva con la fragmentación del mercado laboral. Hoy en día, no son los sindicatos los que tienen demasiado poder. Es sobre las empresas avariciosas que gestionan los servicios públicos sobre quienes debe caer la mano dura del Estado.

Como observó Kemi Badenoch durante su campaña para dirigir el Partido Conservador, el Gobierno debe colaborar con los sindicatos y mostrarles algo de respeto. Si Truss decide ser el azote de los sindicatos, cometerá el mismo error que Starmer cuando se negó a que su gobierno en la sombra se uniera a los piquetes que acompañaron la huelga ferroviaria antes del verano. Sus compañeros de filas Lisa Nandy y Andy Burnham calibraron mejor el estado de ánimo de los ciudadanos. (Angela Rayner [la adjunta de Starmer] puede llegar a arrepentirse de no haberse pronunciado más que con un tuit cuidadosamente redactado en apoyo de los huelguistas). En las circunstancias actuales, sería razonable que los sindicatos se preguntaran qué reciben a cambio de financiar al partido.

La primera ministra británica, Liz Truss, durante la primera reunión de su Gabinete, en Londres el pasado 7 de septiembre. 
La primera ministra británica, Liz Truss, durante la primera reunión de su Gabinete, en Londres el pasado 7 de septiembre. Frank Augstein (Getty Images)

Al líder laborista hay que reconocerle el mérito de sacar a su partido de la era Corbyn. No obstante, una de las cosas que ha hecho para distanciarse del corbynismo ha sido retroceder ante cualquier cosa que recuerde a un programa económico radical. Una congelación de seis meses de las facturas es más sensata que el límite al precio de la energía en escalada sin fin que ha sido anunciada hasta ahora, pero juega con la esperanza de que los precios se estabilicen durante esos seis meses y no contribuye a remediar el caos en el sector. El archicentrista Emmanuel Macron está limitando las facturas energéticas, pero también está convirtiendo al gigante de la electricidad EDF en una empresa de propiedad totalmente pública. Siempre calculador, Starmer se ha negado a respaldar la propuesta de Gordon Brown de nacionalizar temporalmente las empresas energéticas que no ofrezcan precios más bajos.

En la actualidad, gran parte de las infraestructuras energéticas británicas son propiedad de empresas extranjeras, incluidas compañías estatales como EDF. Incluso en Estados Unidos, el sistema energético de Los Ángeles es propiedad en su totalidad de una corporación municipal, el Departamento de Agua y Energía de Los Ángeles. En Inglaterra, el 80% de la compañía de Aguas de Northumbria es propiedad de una multinacional de Hong Kong inscrita en las islas Caimán.

La nacionalización de las empresas de servicios públicos sería una forma segura de ganar votos. En una encuesta de YouGov realizada para The Times a finales de agosto, casi la mitad de los votantes conservadores estaban a favor de nacionalizar el sector energético. Es una oportunidad política única. ¿Por qué no la están aprovechando los laboristas?

Uno de los motivos es el tipo de progresismo que se ha apoderado del partido. Cuando los partidarios de Starmer hablan de ocupar el terreno del centro, se refieren a defender políticas que no molestarán ni ofenderán a ninguno de los asistentes a las fúnebres reuniones de los laboratorios de ideas de Westminster. En contra de la afirmación liberal de que las guerras culturales son una invención de la derecha, son los liberales de izquierda los que han redefinido la política como Kulturkampf [guerra cultural]. La identidad ha desplazado a la clase como preocupación definitoria del pensamiento progresista. Como consecuencia, se ha dejado de considerar que los conflictos económicos estructurales son fundamentales. Se supone que todos los seres humanos tienen los mismos intereses, aunque, extrañamente, muchos no parezcan ser conscientes de ello.

La timidez de los laboristas tiene otro origen. Un programa económico tan radical como el que exige la crisis no podría aplicarse si el Reino Unido se reincorporara a la UE. Revocar el Brexit significaría someterse a las reglas del mercado único de la UE, que impiden a los gobiernos nacionales tener un control firme de su economía. Para los miembros metropolitanos del Partido Laborista, lo único malo del neoliberalismo es que no se ha puesto a prueba a una escala suficientemente grande. No es la opinión que predomina en las circunscripciones del muro rojo (de votantes laboristas).

La crisis y el Estado interventor

La tan lamentada falta de ideas políticas es, en realidad, una resistencia a abandonar una ideología arraigada. La gama de ideas representadas en la política británica establecida está compuesta por variaciones de temas neoliberales. La rebelión de Thatcher frente a los dogmas de su época se convirtió en el mantra del Estado poco intervencionista propugnado por el Grupo Europeo de Investigación. Distintas corrientes del pensamiento neoliberal evolucionaron hasta confluir en el centrismo de Blair, que aceptaba un gran Estado del bienestar, pero pretendía inyectar en él incentivos de mercado, y en el intento de David Cameron de crear una difusa “gran sociedad” mediante una austeridad fiscal implacable. Boris Johnson era tan neoliberal como populista. El conservador Rishi Sunak se ha revelado en la contienda para dirigir el partido como un graduado de Goldman Sachs de enorme inteligencia, pero opiniones políticas inestables, que preferiría estar dirigiendo alguna start-up de Santa Mónica.

En todas estas variantes, el Estado no es más que un mecanismo habilitador de los mercados mundiales. Sin embargo, ya no existe un orden de mercado mundial. Gordon Brown pudo salvar el sistema financiero mundial del colapso porque aún lo dirigía Occidente. Hoy, con Rusia parcialmente excluida y la postura indecisa de China sobre la globalización, ese sistema no existe. El momento de aparente unidad en Occidente inmediatamente después de que Rusia invadiera Ucrania —la segunda vez que los liberales declararon el fin de la historia— no duró mucho más de un mes. Al orden presidido por Occidente lo ha sustituido una red de bloques que se cruzan y compiten entre sí. El capitalismo global se ha convertido en un mosaico de capitalismos de Estado y economías de guerra.

El líder laborista Keir Starmer (centro) durante una visita a un centro de desarrollo en Walthamstow, en Londres, el pasado 22 de agosto.
El líder laborista Keir Starmer (centro) durante una visita a un centro de desarrollo en Walthamstow, en Londres, el pasado 22 de agosto. Stefan Rousseau (PA Images via Getty Images)

El neoliberalismo era la idea contrapuesta al marxismo vulgar, sin el sentido de la lucha implacable en la sociedad y el peligro constante de la barbarie que aportaba Marx. El comercio promovería la paz y la democracia, se extendería con el capitalismo. Esta visión ingenua inspiró en Cameron y George Osborne la estúpida idea de acoger con los brazos abiertos a China y en Angela Merkel la de que Alemania estuviera atada a la energía rusa. Y sigue impidiendo que surjan nuevas ideas en la política británica.

Un invierno de escasez de energía en Europa planteará a Truss algunos dilemas difíciles en política exterior. Macron persigue la vieja quimera francesa de la entente con Rusia, mientras que el canciller alemán, Olaf Scholz, está empeñado en salvar la industria automovilística alemana a base de comprar gas a Rusia y alimentar su maquinaria bélica. Las afirmaciones de refuerzo occidentales de que Vladímir Putin está perdiendo la guerra no interpretan bien los objetivos del presidente ruso. Es indudable que está sufriendo importantes reveses militares, como los ataques ucranios a Crimea y Jersón, el elevado número de víctimas en su ejército, la baja moral militar y el agravamiento de la escasez de material. Pero su objetivo ya no es ocupar y gobernar el país. Su objetivo es incapacitar a Ucrania como Estado y borrarla como nación.

De momento, el proyecto genocida de Putin no ha tenido éxito. Ucrania no es un Estado fallido, Kiev no es la capital de Chechenia, Grozni —que las fuerzas rusas redujeron a escombros entre diciembre de 1999 y febrero de 2000—, y el pueblo ucranio no se ha sentido intimidado ni se ha rendido. Es posible que Putin gane el tiempo que necesita con la amenaza de tener cerrado el gasoducto Nord Stream durante todo el invierno. ¿Hasta cuándo puede seguir el Reino Unido apoyando a Ucrania si los principales Estados europeos ceden a su chantaje y abandonan al país a su suerte?

Un momento de incertidumbre

Pero además existe una incertidumbre aún mayor. Pronto sabremos si Donald Trump planea presentarse de nuevo a la presidencia. Si lo hace, es imposible predecir qué pasará en Ucrania (y quizá también en Taiwán). Si no se presenta, se abre el camino para otros candidatos de la derecha más dura, como el gobernador de Florida, Ron DeSantis, que no ha dicho casi nada sobre la invasión. Salvo que los demócratas se recuperen de forma sorprendente, la Casa Blanca pasará a manos de un presidente republicano cuya opinión sobre la participación de Estados Unidos en guerras extranjeras no será necesariamente positiva. El 24 de febrero de este año, el eje del mundo se inclinó contra Occidente. Dentro de poco más de dos años, puede volver a pasar.

La pregunta que importa ahora en el Reino Unido es quién tiene la voluntad de gobernar. Si Truss está preparada y es capaz de abandonar la parodia de thatcherismo que utilizó en su campaña para dirigir el partido, los conservadores quizá tengan la oportunidad de asegurarse un quinto mandato. Algunos políticos, cuando no fracasan estrepitosamente, triunfan. Truss puede ser uno de esos casos. La amenaza política a la que se enfrenta procede más de su propio partido que de los laboristas. Hay conservadores que, desquiciados por disputas internas tóxicas, pueden preferir la satisfacción de verla fracasar a la de que su partido vuelva a ganar.

Las próximas semanas serán las más importantes en la política británica desde finales de los años setenta. Si el nuevo Gobierno de Liz Truss reconoce que estamos en una situación de emergencia nacional y actúa en consecuencia, Keir Starmer puede acabar siendo el director general de una noble ONG, con un buen salario pero sin que nadie se acuerde de su nombre. O es posible que Truss se acobarde ante una realidad compleja o que su partido le ponga la zancadilla y entonces el líder laborista la suceda en Downing Street, para unos cuantos años de Gobierno impotente. El Reino Unido seguirá a la deriva, hasta que el agravamiento de la crisis obligue a nuestra atrasada clase política a hacer valer la autoridad del Estado sobre la anarquía del mercado.

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