Trabajar cansa
Columna
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Italia, un caos familiar pero siempre original

Llevan desde 2008 sin un primer ministro elegido en las urnas. Es indudable que cada vez retuercen más la democracia y cada vez crece más el populismo. Draghi era una excepción y un parche en todo esto, no podía durar.

El primer ministro italiano, Mario Draghi, pronuncia su discurso ante la Cámara de Diputados el pasado 21 de julio en Roma.
El primer ministro italiano, Mario Draghi, pronuncia su discurso ante la Cámara de Diputados el pasado 21 de julio en Roma.Antonio Masiello (Getty Images)

Mario Draghi asistió el otro día a la cena que organizaron los corresponsales extranjeros y contó un chiste. Un enfermo necesita un trasplante de corazón y le ofrecen dos. Uno es de un joven deportista. El otro es de un viejo dirigente del Banco Central Europeo (BCE). El paciente elige el segundo corazón. Le preguntan por qué: “Hombre, porque no se ha usado nunca”. Draghi, que presidió el BCE, tiene corazón pero no parece italiano porque rehúye lo informal y tiene una rara cualidad en la clase dirigente italiana que le hace perfecto para contar un chiste: es una persona seria. Esto ha sido su ruina, naturalmente. Es verdad que por eso lo pusieron en su momento, lo necesitaban en una situación de emergencia, pero solo hasta que se ha podido montar la siguiente, el contexto en el que mejor se desenvuelven. En un clima de irresponsabilidad general, nadie se siente responsable.

Desde fuera, es habitual no comprender nada, pero es sencillo. La clave que da sentido a todo es esta: en Italia no existe el interés general, solo el particular. El general existe en casos muy particulares, como el de Draghi y ciudadanos anónimos. Los partidos populistas y de derecha querían ir a las elecciones, por los sondeos, y ya está. A quienes amamos Italia nos rompe el corazón asistir al enésimo proceso suicida, pero en realidad es la vida más palpitante, como cuando miras por un microscopio: ves a sus pequeños componentes devorándose unos a otros, para sobrevivir.

Lo cierto es que se ha precipitado el terrible momento que iba a llegar en primavera, con las elecciones: elegir a alguien después de Draghi. Porque el panorama es desolador en cuanto a candidatos, y casi irresoluble por ausencia de mayorías claras. Es una realidad a afrontar desde hace años, e Italia lo ha hecho de forma original, para variar: es un caso único de presidentes no elegidos en las urnas. El último fue Berlusconi, ¡en 2008, hace 14 años! Es instructivo recordarlo. A él le sucedió un gobierno técnico de Monti, forzado por la UE y los mercados en 2011 en el pánico de la crisis. Tras las elecciones, llegó Enrico Letta, que no era el que ganó (era su colega Bersani, pero dimitió entretanto por una traición interna). Letta cayó a su vez por otra conspiración de los suyos, esta vez de Matteo Renzi. Él tocó a su fin porque hizo de un referéndum una cuestión personal, lo que aprovechó media Italia, que no lo soportaba, para votar en contra y que dimitiera. Le sucedió Gentiloni hasta los comicios de 2018. Que ganó el Movimiento Cinco Estrellas, aunque el Gobierno tampoco lo presidió su candidato, sino uno que se sacaron de la chistera, Giuseppe Conte. Le derribó en 2019 una traición de Matteo Salvini, su socio de la Liga Norte, que vio las encuestas y quiso elecciones. Pero no hubo, calculó mal, y siguió Conte, aunque con otra mayoría que improvisó sobre la marcha. Y que tampoco duró, y en el caos, en plena pandemia, se echó mano de Draghi. Hasta hoy.

Visto esto, algo inventarán. En 2013 fueron capaces de pactar izquierda y derecha, cosa que nunca hemos visto en España, pues no hay cosa peor vista. Y siempre queda esperar el milagro, la intervención de la providencia o el azar, algo ajeno a lo humano, para que solucione lo que ellos no son capaces de solucionar, pero sí de empeorar. Pero es indudable que cada vez retuercen más la democracia y cada vez crece más el populismo. Draghi era una excepción y un parche en todo esto, no podía durar.

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Sobre la firma

Íñigo Domínguez

Es periodista en EL PAÍS desde 2015. Antes fue corresponsal en Roma para El Correo y Vocento durante casi 15 años. Es autor de Crónicas de la Mafia; su segunda parte, Paletos Salvajes; y otros dos libros de viajes y reportajes.

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