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“Optimismo trágico”, la herramienta psicológica creada por un superviviente de los campos de concentración

Este término, acuñado por el psiquiatra Viktor Frankl, se refiere a la capacidad de elegir nuestra reacción a acontecimientos negativos. Su discípulo, el filósofo Alexander Batthyány, lo explica para ‘Ideas’

Alexander Batthyány
Una mujer mira por la ventana en una residencia en Barcelona el pasado 18 de diciembre.
Una mujer mira por la ventana en una residencia en Barcelona el pasado 18 de diciembre.Emilio Morenatti / AP

Hace poco me entrevistaron para un destacado periódico de Austria. El periodista esperaba claramente que yo, en mi calidad de director del Instituto Viktor Frankl de Viena y titular de la Cátedra Viktor Frankl en Liechtenstein y Budapest, transmitiera un mensaje positivo; es más, comprendí que lo único que deseaba en realidad era la confirmación de que el “pensamiento positivo” era lo más necesario y lo que iba a solucionar todo. Me pidió consejo para lidiar con la crisis de la covid-19 y sus repercusiones en nuestras vidas personales, sociales y económicas: “¿Cómo mantenemos una mentalidad y un pensamiento positivos?”. Se sorprendió cuando le dije que, en una situación así —y en la vida en general—, creo (y las investigaciones lo corroboran) que hay algo mucho más útil y maduro que el pensamiento positivo: el pensamiento realista. “¿Pero eso no es lo mismo que ser negativos y resignarse en la situación actual?”, insistió. Buena pregunta. La respuesta es sí y no. Y un “no” en el que podemos depositar nuestras esperanzas.

Viktor Frankl, el famoso psiquiatra vienés que sobrevivió a cuatro campos de concentración y después fundó la psicoterapia centrada en la voluntad de sentido (denominada logoterapia y análisis existencial), acuñó un término muy interesante: optimismo trágico. Que, en definitiva, quiere decir lo mismo que el “sí y no” que he mencionado. Numerosas investigaciones psicológicas demuestran que se trata de un concepto muy útil, sobre todo en épocas difíciles, porque nos permite ver con claridad y aceptar lo malo, pero también ser conscientes de que podemos decidir cómo reaccionar ante cualquier cosa que ocurra, sea lo que sea. Veamos cómo traducir esas investigaciones en nuestra vida cotidiana actual.

La primera conclusión es que podemos decidir con ciertas condiciones. Es evidente que el coronavirus nos enfrenta a una crisis inmensa que no va a desaparecer con pensamientos positivos. Seamos realistas y reconozcámoslo. Pero una evaluación realista no se detiene ahí. También busca las cosas que podemos cambiar. Examina nuestra libertad para decidir cómo reaccionar ante una situación. ¿Hasta qué punto depende de nosotros? ¿Cómo decidimos afrontar la crisis?

Un día, todo lo que está sucediendo será historia, tanto colectiva como individual. ¿Qué pensaremos entonces de esta historia y qué dirán las generaciones futuras no solo sobre la pandemia, sino sobre nuestro comportamiento? ¿Seremos un modelo para esas generaciones? Eso es lo que podemos y debemos decidir hoy, ahora, todos y cada uno de nosotros, como colectivo y como individuos. Cuando eche la vista atrás, ¿podré reconocer con gratitud que sí, fue un periodo difícil, pero al menos lo utilicé de la mejor forma posible? ¿O podré decir que he convertido mi hogar —sea grande o pequeño— en un lugar cálido y acogedor para todos los que viven en él o lo visitan, nuestro nicho personal en este mundo inmenso? ¿Que ayudé a mis familiares y vecinos de más edad? ¿Que aproveché este periodo de aislamiento involuntario para ordenar mis papeles u otras áreas necesitadas de atención? ¿O para pasar un tiempo precioso con mi familia, llamar o escribir a amigos y parientes que están solos, quizá incluso para aprender un idioma o una nueva aptitud? ¿O tendré que reconocer que no me interesé por nada y desperdicié esta pausa inesperada?

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La segunda conclusión es que hay que estructurar cada día y administrarlo independientemente de los demás. Paso a paso. Decisión a decisión. Tarea a tarea. Las épocas de crisis no son el momento ideal para emprender grandes proyectos nuevos y ambiciosos. Gestionar cada día y cada semana ya es un gran triunfo. ¿Cómo no va a serlo? La vida discurre aquí y ahora, delante de nuestros ojos. Tenemos que empezar por la vida cotidiana, ¿dónde si no? Ordenar nuestra casa. Literal y metafóricamente.

En tercer lugar, tendremos que hacer lo necesario, pero hacerlo de otra forma. Compartir las responsabilidades y los cuidados. El trabajo en equipo es el mejor constructor de la paz. En otras palabras, dar a cada miembro de la familia la responsabilidad de cumplir con sus obligaciones cotidianas, como cocinar para sí mismo, la familia o los hijos. Pero, a partir de ahora, tratar de hacerlo con algo más de atención, de amor, de dedicación. Si tenemos que hacerlo de todas maneras, ¿por qué no transformar las cosas con nuestra forma de hacerlo? Sobre todo ahora que muchas personas están confinadas en una misma casa, el clima de ese pequeño mundo depende de cada una de ellas.

Cuarto: debemos llenar nuestro hogar y a nosotros mismos de bondad. Todos somos conscientes, conocemos a personas que irradian calidez y bondad y a otras que no, aunque, a simple vista, parezca que todas hagan lo mismo. Y los estudios nos demuestran que la bondad y la atención son contagiosas. Adornémonos de bondad, atención, comprensión y responsabilidad.

Esto vale también para las personas que viven solas; quizá incluso más, porque una cosa es que se alimenten físicamente, sin más, y otra, muy distinta, que sean buenas consigo mismas, que se atiendan y se respeten. Mantengamos el orden. Seamos amables con nosotros mismos y con los demás. Tanto si vivimos solos como si formamos parte de una gran familia, ¿qué otro momento hay más apropiado que este para ser nuestra versión mejor y más bondadosa?

Así, además, seremos grandes ejemplos para nuestros hijos, que aprenderán muchas más cosas que en el colegio: en especial que, ocurra lo que ocurra, seguimos teniendo gran libertad para decidir cómo reaccionar en tiempos de crisis. Si se quedan con esa enseñanza, tendremos muchos motivos para confiar en que el mundo posterior a la covid vaya a contar con una nueva generación capaz de reconstruir un mundo sacudido por la crisis.

Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia

Este es un texto escrito para ‘Ideas’ por el filósofo y psicólogo Alexander Batthyány (Viena, 1971), al hilo de la publicación de su último libro, ‘La superación de la indiferencia. El sentido de la vida en tiempos de cambio’, de la editorial Herder.

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