Por qué exterminar a los carnívoros no eliminaría el sufrimiento animal

Un aumento de la población de los herbívoros por encima de las posibilidades ecológicas del medio ambiente acabaría causando su muerte por hambruna, escribe en su último libro el filósofo Ernesto Castro

Lobos reintroducidos en Yellowstone.
Lobos reintroducidos en Yellowstone.William Campbell (Sygma via Getty Images)

Una de las medidas ecológicas más conocidas y polémicas es la reintroducción de depredadores en entornos naturales para controlar plagas de especies que tradicionalmente son sus presas. El experimento más importante en este sentido fue la reinserción del lobo en el Parque Nacional de Yellowstone (Estados Unidos). El último lobo autóctono del parque fue abatido en el año 1926. Entre 1926 y 1995 no hubo un solo lobo en esa reserva natural. Fue entonces cuando el gobierno federal decide importar una camada de lobos desde Canadá. A día de hoy, la población lobuna del parque se encuentra estabilizada alrededor de los ciento cincuenta especímenes. El resultado de este experimento ha sido una ecología política del miedo: los lobos no solo inciden en el ecosistema en la medida en que cazan alces, sino también en tanto en cuanto generan un medio ambiente emocional en el que los alces no se atreven a salir a pasar a terreno abierto, lo cual termina incidiendo en su dieta y, en último término, en su bienestar y supervivencia. El problema de este tipo de experimentos desde una perspectiva antiespecista es evidente.

El enfoque ecologista mainstream actual asume que cuanta mayor biodiversidad más valioso es un ecosistema. A modo de respuesta, el movimiento de liberación animal suele traer a colación la “paradoja de la mera adición” de Derek Parfit, que viene a cuestionar la idea de que la cantidad de seres vivos coexistentes en un mismo momento sea un valor moral a maximizar por encima de la calidad y cantidad de vida de esos seres vivos. ¿Acaso la mera adición de un individuo más a un ecosistema es un bien, a pesar de que el hecho de añadirlo (o reinsertarlo, como hicieron con los lobos en Yellowstone) suponga un descenso de la cantidad y calidad de vida de todos los demás individuos que forman parte de ese ecosistema? ¿Qué es preferible, se pregunta Parfit y, con él, el movimiento de liberación animal: que haya muchos individuos infelices, o solo unos pocos pero infinitamente más dichosos? La posición del antiespecismo es clara a favor de esta segunda opción, como vamos a ver a continuación cuando hablemos de la propuesta de exterminar a todos los carnívoros que ha sido formulada recientemente, y paradójicamente, por algunas de las primeras espadas del movimiento de liberación animal.

¿Qué es preferible: que haya muchos individuos infelices o solo unos pocos pero infinitamente más dichosos? La posición del antiespecismo es clara a favor de esta segunda opción

Jeff McMahan seguramente sea el más famoso de los antiespecistas que han propuesto el exterminio de las especies carnívoras como solución de compromiso ante la evidencia del sufrimiento de los animales en el estado natural. El principal problema al que se enfrenta esta propuesta es cómo exterminar a una especie sin infringir daño a sus individuos. La propuesta confía en las posibilidades de una esterilización masiva indolora. La principal objeción en tal caso es la siguiente: la extinción de los carnívoros conllevaría un aumento de la población de los herbívoros por encima de las posibilidades ecológicas del medio ambiente, lo que conllevaría una disminución drástica de los recursos naturales, lo que a su vez conllevaría el sufrimiento y la muerte por hambruna de esos mismos herbívoros a los que pretendíamos ayudar y salvar de la depredación en primer lugar, de modo que terminamos en un punto de llegada que, en términos puramente utilitarios y consecuencialistas, resulta peor que el punto de partida original.

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La cuestión polémica es que no está del todo claro que, en el caso de que se eliminara la presión ambiental que los carnívoros ejercen sobre los herbívoros, estos vayan necesariamente a aumentar su población hasta rebasar la capacidad de carga de su entorno, destruyendo inevitablemente los recursos naturales sobre los que se basa su propio sustento. En el caso de los mamíferos superiores, cuya estrategia reproductiva privilegia tener pocas crías y cuidarlas durante un tiempo superior a la media, no es tan evidente que una situación en la que no haya depredadores naturales conlleve necesariamente un crecimiento exponencial de la prole.

En Escocia, por ejemplo, el principal depredador local, el lobo, se extinguió en el siglo XVIII. Desde entonces hasta ahora las crisis ecológicas derivadas de la relativa tranquilidad y comodidad de los herbívoros no han sido tantas, aunque es cierto que alguna crisis reciente ha llevado al parlamento escocés a plantear la reinserción del lobo como mecanismo de corrección poblacional en las Highlands. El ejemplo escocés desmonta la premisa básica tanto de McMahan como del movimiento ecologista en sus momentos más delirantes de ingeniería ambiental, a saber: que el ser depredado es el principal problema al que se enfrentan los animales en estado salvaje. No es cierto. Un porcentaje muy pequeño de especímenes silvestres mueren por causas derivadas de la depredación, incluyendo las causas oblicuas de la ya mencionada ecología política del miedo. Antes de llegar a ninguna conclusión, hay que analizar con detalle las diferentes estrategias reproductivas que utilizan las diferentes especies animales dependiendo de su complejidad social.

Si el problema no es tanto la depredación cuanto el hambre, el frío o los parásitos, la pregunta es: ¿tenemos el clima y los recursos como para convertir la naturaleza en un paraíso terrenal hedonista, en un parque temático antiespecista?

Dicho sea esquemáticamente: por un lado tenemos la estrategia reproductiva K, que prioriza el cuidado sobre el número de crías, maximizando sus oportunidades individuales de supervivencia; y por otro lado tenemos la estrategia reproductiva r, que prioriza el número de crías sobre su cuidado, maximizando sus oportunidades colectivas de supervivencia. En un extremo del espectro poblacional están los insectos y, en el otro, la política china del hijo único. Solamente los primeros, los insectos, el arquetipo de la estrategia r, tienden naturalmente a convertirse en plagas cuando no tienen sobre sí una presión ambiental fuerte. El resto de especies, especialmente las que tienen estrategias reproductivas de tipo K, están sometidas a muchas otras presiones ambientales, más allá de la depredación, como es el caso de la disponibilidad de los recursos naturales, la hostilidad del clima o el parasitismo.

Si el problema, por tanto, no es tanto la depredación cuanto el hambre, el frío o los parásitos, entonces la pregunta es: ¿tenemos el clima y los recursos como para convertir la naturaleza en un paraíso terrenal hedonista, en un parque temático antiespecista? A ojo de buen cubero, los recursos necesarios para exterminar a todos los carnívoros están a nuestro alcance. Solamente se necesitan unas cuantas armas o jeringuillas y mucha vocación de aventura. De lo cual los seres humanos andamos sobrados. Ahora bien, también es evidente que, por muy eficazmente que se llevase a cabo la propuesta de McMahan, todavía tendríamos el problema del hambre, el frío y los parásitos. Y es que, aún sin habitantes, la naturaleza sigue siendo cruel.

Ernesto Castro (Madrid, 1990) es doctor en filosofía por la Universidad Complutense de Madrid. Este texto es un adelanto de su libro ‘Ética, estética y política. Ensayos (y errores) de un metaindignado’, que la editorial Arpa publica el 17 de junio.

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