la punta de la lengua
Columna
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La transformación del triaje

En las guerras napoleónicas se aplicó el verbo ‘trier’ a la acción de seleccionar heridos para su cura

Doctores toman muestras del personal sanitario en el hospital de Nueva York, el epicentro de la pandemia de Covid-19 en EE UU.
Doctores toman muestras del personal sanitario en el hospital de Nueva York, el epicentro de la pandemia de Covid-19 en EE UU.Misha Friedman/Getty Images

La palabra “triaje” se instaló hace años en los hospitales y desde ahí nos estaba esperando hasta manifestarse ahora en las noticias sobre la selección y posible rechazo de enfermos.

Descubrir la historia de este vocablo constituye toda una aventura.

En el indoeuropeo (nuestra lengua abuela, si consideramos al latín como lengua madre) existía hace 5.000 años la raíz *terd-, relacionada con la idea de frotar y con la acción de separar la cáscara del grano mediante el pisoteo del buey (Roberts y Pastor, 1996). Ojo al pisoteo, volveremos sobre ello.

Al llegar al latín, el camino de aquella vieja raíz *terd- se dividió en tero, trivi, tritum (frotar) y en trion (buey). Por eso “septentrional” significa “relativo a los siete bueyes”: los animales que los romanos creyeron ver en lo que hoy llamamos la Osa Mayor y la Osa Menor (no será por falta de imaginación tampoco), constelaciones que señalan el Norte o septentrión.

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Desde el buey (trion) y el arrastre se dio el salto, a través de tribulum, a “trillo” y “trillar”, con el sentido inicial de “marcar huellas en un camino a base de frecuentarlo”.

El francés y el catalán, por su parte, adoptaron trier y triar como equivalentes de “separar” (el grano de la paja), “escoger”, “cribar” o “seleccionar”. Pero en otras zonas del norte español se mantuvo el significado de “poner el pie encima de alguien” (aquí está lo del pisotón del buey), como atestiguan el bable triyar y una vieja copla asturiana que hallé en el banco de datos de la Academia: “Con el aldeanu / non güelvo a bailar / porque baila de madreñes / y puede triar”.

El significado de “seleccionar” o “separar” lo vemos en textos muy antiguos del oriente peninsular, seguramente influidos por el catalán o el francés: “Non puede hombre escoger o triar las simjentes que hombre deue sembrar si primerament non las ha hombre prouadas” (siglo XV). Los diccionarios español-francés y español-inglés del siglo XVII sí incluyen un supuesto verbo “triar” y le dan la equivalencia de choisir y to choose (escoger), pero eso no significa tampoco que se hubiera extendido en el castellano común sino tal vez sólo en el léxico del comercio internacional.

En las guerras napoleónicas, el médico francés Dominique-Jean Larrey implantó ciertos criterios razonables sobre las prioridades en la atención a los heridos. Y a esa acción de cribar pacientes se le aplicó el verbo trier, ampliando así su significado original.

Tal vez la influencia del término galo hizo que “triar” cobrara vigor en el español del XIX, y la Academia lo incorpora en 1899 con los mismos significados de “escoger”, “separar” y “entresacar”. También lo recogerá un siglo después el Diccionario del español actual (1999) dirigido por Manuel Seco, que cita el ejemplo “lavar y triar lentejas”, tomado de una obra de Miguel Espinosa.

Junto con “triar” llegó al Diccionario académico en 1899 el sustantivo “tría” (acción y efecto de triar), pero lo derrotó en el léxico de la sanidad el galicismo triage (más tarde “triaje”), formado a partir de trier.

“Triaje”, con jota, entró finalmente en el Diccionario en 2016, cuando la palabra llevaba años diseminada por los hospitales de España.

Pero en estos días de coronavirus, el antes neutral “triaje” se ha convertido en un término desagradable. Porque ya no se refiere sólo a “escoger” para distribuir, atender y curar, sino también al peligro de “separar” para rechazar y desatender. Y reaparece así, insospechadamente, aquel viejo sentido del pisoteo.

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Sobre la firma

Álex Grijelmo

Subdirector de EL PAÍS y doctor en Periodismo. Presidió la agencia Efe entre 2004 y 2012, etapa en la que creó la Fundéu. Ha publicado una docena de libros sobre lenguaje y comunicación. En 2019 recibió el premio Castilla y León de Humanidades. Es miembro correspondiente de la Academia Colombiana de la Lengua.

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