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Un hombre soltero
Opinión

La forma menos ortodoxa de ser ex

Desde que lo dejamos hemos hecho lo que nadie recomienda: vernos casi a diario. Pasar de pareja a amigos sin periodo de vacío emocional

Javier Calvo con la camiseta que Ambrossi le regaló por su cumpleaños.Fotografía del archivo de Javier Ambrossi

Nadie entendió el regalo porque parecía que no había nada que entender. Una camiseta negra. Letras blancas. Sin dibujo, sin ironía. Bonita. No parecía esconder una historia. Pero la camiseta era de Vetements, de aquella época en que la marca —bajo la dirección de Demna antes de ser el director creativo de Gucci— convirtió la tipografía industrial y las referencias privadas en alta costura. El texto decía: FICKEN 3000. SHARE THE BLAME. Ficken significa follar en alemán. Comparte la culpa es una contraseña. Vetements entendió antes que nadie que lo contemporáneo no era provocar, sino no traducir. Eso era la camiseta: negra, letras blancas y la referencia directa al club gay de Berlín Ficken 3000. Fue mi primer regalo a Javi Calvo como ex. En su primer cumpleaños separados.

La historia que solo entendíamos nosotros dos no estaba en la camiseta, sino en una noche. Berlín. Premios del Cine Europeo. Nuestro primer posado juntos después de la ruptura. Entregamos el premio a mejor director a Joachim Trier por la maravilla Valor sentimental. Dos personas que habían sido pareja y se presentaban de nuevo ante el mundo, sin dramatizar lo que ya no eran. Primero vestidos de gala. Horas después, sin camiseta.

El Ficken abrió en los noventa, cuando Berlín todavía estaba reorganizando su identidad tras el Muro. Fue uno de los espacios donde el sexo dejó de ser solo clandestinidad y se convirtió en algo más parecido a arquitectura social. En una ciudad obsesionada con la memoria, el Ficken siempre funcionó como archivo vivo. Era la primera vez que entrábamos juntos en una discoteca siendo ya ex. Planta baja, donde el techno deja de ser música y empieza a convertirse en un sistema nervioso. Poca luz y cuerpos anónimos. Entonces lo vi. Javi se había quitado la camiseta. Hablaba con unos chicos con naturalidad. No había provocación ni ajuste de cuentas. Solo alguien ocupando su espacio. Lo miré y pensé: yo también. Me quité la camiseta. Bailé y me mezclé entre la gente. El gesto fue mínimo, pero hicimos un clic. Lo entendimos a la vez. Aquella libertad compartida nos unió. Sonaba techno berlinés: idéntico para todos, pero vivido de forma radicalmente íntima por cada cuerpo.

Desde que lo dejamos hemos hecho exactamente lo que nadie recomienda: vernos casi todos los días. Posar en photocalls. Sacar una película adelante, La bola negra. Llorar y reír cuando te dan la noticia de tu vida: que vas a estrenarla en la sección oficial del festival de Cannes. Pasar de pareja a amigos sin periodo de vacío emocional. La forma menos ortodoxa de ser ex. Y, contra todo pronóstico, ha funcionado. Por eso nadie entendió la camiseta. Porque no hablaba de moda ni de sexo ni de Berlín. Hablaba de ese instante en que dos personas dejan de ser pareja sin dejar de quererse. Como Vetements en su mejor momento, no explicaba nada. Solo señalaba que compartir la culpa, la vergüenza, el dolor, el éxito, lo que sea, no es una provocación. Puede ser una forma sofisticada de intimidad.

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