El gas natural aspira a ser una ‘inversión sostenible’

El sector, consciente de su papel clave en la transición hacia las renovables, busca impedir que se frustren sus inversiones 

John W Banagan / GETTY IMAGES

En plena transición energética que permita modificar de manera estructural los sistemas energéticos europeos, el gas natural se perfila como uno de los actores clave para lograr los objetivos marcados por la Unión Europea para 2030, e incluso para 2050, una estrategia con la que se pretende conseguir una economía competitiva y neutra en cuanto a sus efectos climáticos. Los expertos destacan la flexibilidad de suministro eléctrico que proporciona este combustible fósil y señalan que su papel debe ser secundario.

La combustión de gas natural provoca unas emisiones de CO₂ más bajas que las de otros combustibles fósiles, lo que lo convierte en una fuente de energía apta para la situación actual, en la que la demanda energética no puede ser todavía cubierta en su totalidad por las renovables. De esta forma, el gas natural seguirá teniendo especial relevancia en el mercado eléctrico español, ya sea a través de las centrales eléctricas convencionales o las plantas de ciclo combinado. En ambos casos, su disponibilidad permite gestionar fluctuaciones a corto plazo en la oferta y la demanda.

Según datos del último informe La energía en España del Gobierno español, las centrales eléctricas convencionales siguen siendo la principal fuente de flexibilidad del sistema y las plantas de ciclos combinados los generadores de electricidad con mayor potencia instalada (25,34%). El mismo informe señala que la capacidad y la disposición de estas plantas serán clave a la hora de facilitar la integración de las renovables.

Como explica Kristin Dietrich, analista y consultora del sector energético y directora del máster en Energías Renovables de la Universidad Internacional de Valencia, “los ciclos combinados de gas natural ofrecen en la actualidad la flexibilidad que necesita el sistema eléctrico para garantizar un suministro de energía eléctrica en un momento en el que la aportación eólica y fotovoltaica puede oscilar varios miles de megavatios en tan solo pocas horas”.

Organizaciones como Ecologistas en Acción advierten de los efectos que las emisiones de metano —uno de los componentes del gas natural— pueden tener a medio o largo plazo. Sagrario Monedero, responsable de la campaña La verdad del gas, de Ecologistas en Acción, recuerda el último informe del IPCC en el que se señala que “el metano tiene un potencial de calentamiento 86 veces mayor que el del CO₂ en un horizonte de 20 años”.

Cristina Rois, miembro de Plataforma por un Nuevo Modelo Energético, cree que el papel del gas en la transición energética “debe ser marginal”. “Es importante fijar su cometido mientras se desarrolla un sistema de energía cien por cien renovable, que ahora mismo no existe. Pero para que esto ocurra hay que trabajar con horizontes menos lejanos, porque si se sigue marcando en 2050, no nos dará tiempo”, explica Rois y añade que “lo que ocurra en los próximos 10 años será determinante”.

Debate comunitario

La Comisión Europea anunció recientemente que dejaba fuera por el momento al gas natural y la energía nuclear de la Taxonomía Verde, una clasificación que determina si una actividad económica es sostenible para el medio ambiente, para que los inversores puedan decidir dónde poner su dinero. El organismo europeo reconoce que necesita más tiempo para alcanzar una conclusión sobre las denominadas fuentes de energía de transición y pospone su decisión hasta finales de este año.

La falta de decisión de la Comisión ha provocado un intenso debate en el seno de la UE. Por un lado, aquellos gobiernos que se oponen a que se consideren como verdes inversiones que no lo son, como es el caso del Ejecutivo español, y los que temen que finalmente se establezcan criterios demasiado estrictos y dejen fuera de las inversiones públicas europeas actividades o energías necesarias para la transición hacia una economía sin emisiones de dióxido de carbono, como los países del Este. Existen casos como el de Polonia, en donde el 70% de la generación eléctrica es con carbón. Su estrategia para reemplazarlo por gas natural sería más difícil de implementar si se desincentiva la instalación de usinas a gas. Incluso Bélgica estudia reemplazar sus centrales nucleares con potencia a gas.

Desde Ecologistas en Acción se muestran en contra de dedicar más fondos públicos a infraestructuras gasistas. “Los periodos de amortización de 20 o 30 años de estas inversiones las convertirían, en el mejor de los casos, en activos financieros varados”, apunta Monedero. “Además de que nos seguirían atando al uso de este combustible fósil durante más tiempo del que, según las indicaciones científicas, es compatible para reaccionar ante la crisis climática”, añade.

La portavoz de la organización medioambiental señala que España cuenta actualmente con “una infraestructura gasística sobredimensionada y parcialmente parada” (fruto de la enorme inversión que se produjo en la primera década de este siglo), por lo que no se puede contemplar la opción de que siga creciendo con más capital público.

Por su parte, el sector gasista manifiesta su intención de sumarse a la descarbonización del sistema energético a través de la participación de gases renovables como el biogás o el biometano y de readaptar la infraestructura existente para su desarrollo. “Con los objetivos de descarbonización en 2050 en la mente, ahora mismo es igual de sostenible un gas renovable que otro tipo de energía renovable eléctrica”, dice Joan Batalla, presidente de la Asociación Española del Gas (Sedigas). “Por lo que la UE tendrá que tener esto en cuenta para cada uno de los sectores energéticos”, apunta en referencia a los criterios de la Taxonomía Verde.

La clasificación europea se ha mostrado a favor de reconocer la producción de biogás a partir de digestión anaeróbica (DA) y la integración de biometano en las redes de gas como actividades sostenibles.

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