Reyko, el fulminante flechazo musical de la enfermera y el tenista

Ella, gerundense, nunca había cantado. Él, serbio, figuró en la clasificación de la ATP. Sus caminos confluyeron en Londres, donde hoy ejercen como magos del electropop

Soleil e Igor, componentes del dúo Reyko, en su actuación en la sala Sirocco el pasado sábado.
Soleil e Igor, componentes del dúo Reyko, en su actuación en la sala Sirocco el pasado sábado.Víctor Sainz

La vida, ya lo decía la canción de Diego Vasallo, lleva por caminos raros. Tanto como para que un chico de Belgrado, promesa incipiente en el circuito tenístico profesional, y una muchacha de Olot apasionada por la enfermería acaben conociéndose en Londres y formando, casi por casualidad, un dúo musical con el que no dejan de anotarse súbitos e inopinados éxitos para series televisivas y anuncios comerciales. Y todo ello sin haber debutado siquiera en Madrid, una circunstancia que no se produjo hasta el sábado en una sala pequeñita y emblemática, la Siroco, ante poco más de 150 afortunados.

Todo está siendo muy loco, sí. Y tan azaroso como las propias existencias. Pero Igor y Soleil, los artífices de Reyko, sienten que con esta alianza sobrevenida le han encontrado encaje a las piezas de sus puzles vitales. Y lo tienen tan claro como para soñar con una idea hermosa y de difícil materialización: grabar juntos un disco al año, desde ahora y hasta que los cuerpos aguanten, para testimoniar e inmortalizar así lo experimentado y percibido cada 365 días.

Puede que el nombre de la banda aún no resulte del todo familiar, pero es muy probable que alguna de sus composiciones sí. Spinning over you (2018), la canción con la que aguzó los oídos una legión de cazatalentos, se convirtió ese mismo verano en sintonía para las rebajas de unos grandes almacenes. Era solo el comienzo. Set you free serviría un año más tarde como cabecera para la serie de Antena 3 Toy boy, en la que también sonaba Your game. Y Hierba mala, con su tímido y travieso guiño al reguetón, acabó colándose en La casa de las flores, esa loquísima producción mexicana para Netflix. Y todo en un suspiro, de manera inverosímil, sin apenas tiempo para analizar por qué este electropop sofisticado hace tan buenas migas con el lenguaje audiovisual.

“Nunca se nos ha ocurrido escribir una canción pensando: esta sonaría bonita en un anuncio”, recalca Igor en una Siroco aún vacía, con los curiosos ya haciendo tiempo a la entrada. “Pero quizá la voz de Soleil, tan delicada y susurrante, resulta poco intrusiva y se integra bien con las imágenes. Puede que ahí radique la clave”.

Y así se llega a uno de los ingredientes fundamentales en toda esta historia: esa voz tan frágil e impura, interferida por el aire; tan alejada de cualquier canon o academicismo, tan vaporosa y manifiestamente alérgica a la técnica convencional. Como las de Jeanette o Jane Birkin, por hacerse una idea. Porque Soleil ni se llama Soleil ni durante lustros había sopesado la disparatada idea de dedicarse a la música.

Fátima Cardelús, gerundense de 35 años recién cumplidos el jueves, se hizo madrileña de adopción en la preadolescencia, acabó el bachillerato con unas notas de escándalo y cursó Enfermería en la Universidad Complutense. Pero quería llegar aún más lejos y pensó en cruzar el Canal de la Mancha para especializarse durante cuatro años en osteopatía. Allí, en Londres, coincidió con un serbio espigado, atlético y rubiejo que había abandonado una prometedora trayectoria deportiva para concentrarse en la guitarra y matricularse en un máster universitario de producción musical. Congeniaron. Él necesitaba presentar media hora de música propia para el trabajo de licenciatura. Era algo retraído y le resultaba embarazoso cantar. Así que le propuso a su nueva amiga que se erigiera en intérprete.

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—¿Estás loco? ¡Si yo no sé una sola nota de música!

—Pero coincidimos mucho en gustos. Vamos a hacer la prueba.

Resultó ser una premonición memorable. La primera canción que compusieron juntos, I can feel your heartbeat (2015), resultaba todavía un poco dubitativa, pero ya encierra ese componente contagioso y adictivo con el que han hecho fortuna. “No sabíamos bien ni lo que estábamos haciendo, pero tiene su encanto”, se divierten al recordarla. Nunca la han editado de manera oficial, pero puede escucharse, junto a las otras cinco composiciones para aquel trabajo de fin de máster, en la plataforma Soundcloud.

Soleil e Igor, componentes del dúo Reyko, en su actuación en la sala Sirocco el pasado sábado.
Soleil e Igor, componentes del dúo Reyko, en su actuación en la sala Sirocco el pasado sábado.Víctor Sainz

Aquel chico alto, afable y un poco tímido responde al nombre de Igor Fejzula y nació en Belgrado en septiembre de 1981, pero el azar le llevó a Barcelona desde muy niño. Su padre, Petrit Fejzula, era el pívot titular en la selección yugoslava de balonmano y el Barça decidió contratarlo como su primer gran fichaje foráneo de la historia. Igor heredó ese amor por el deporte y al finalizar el instituto prefirió dedicarse durante dos años a recorrer las canchas de tenis de medio planeta. Alcanzó el puesto 711 de la clasificación mundial en la Asociación de Tenistas Profesionales (ATP). Podría haber escalado muchas posiciones más, pero llegó a la conclusión de que le apasionaba más empuñar una guitarra que una raqueta. “Lo dejé justo cuando todo el mundo empezaba a hablar de un chavalito jovencísimo, un tal Rafa Nadal, que iba a ser un crack”.

Los caminos raros de la vida a veces llevan a buen puerto. Nadal ha hecho historia en pista y tierra batida, Fejzula lleva camino de hacerla sobre los escenarios, Cardelús ha relegado la osteopatía hasta mejor ocasión. Nunca imaginó colocarse ante los focos, pero ahora le ha pillado el gusto. “Al principio tenía síndrome de intrusa”, se carcajea. “Como cantaba raro, le sugerí a una amiga islandesa que me impartiese unas cuantas clases. Lo dejé a la primera: me enseñaba a hacerlo todo mucho mejor, pero mi voz, sin ese toque aéreo, perdía toda la gracia”.

—¿Y los primeros conciertos?

—¡Me sentía como en Matrix! Era una sensación extracorporal, como si flotara. ¡Si yo solo sabía de enfermería! Pero ahora me noto segura, feliz, en mi sitio. Las canciones me guían. No soy perfeccionista, no sufro. Ese típico ego de la voz cantante no va conmigo.

No se sabe cuántos álbumes llegarán a publicar Reyko, pero de momento llevan dos en años consecutivos, como se propusieron: Reyko, en 2020, y Pulse, recién nacido en este 2021. El primero les salió más hipnótico y reflexivo; el segundo es excéntrico, frívolo, tarareable, inmediato. Un puntito gamberro, si se quiere llamarlo así. “Lo escribimos en pleno confinamiento”, confirma Igor, “y nos apetecía un disco ansioso, urgente, un poco atacado de los nervios. Más para saltar que para bailar”.

Una de sus escasas piezas en castellano, La verdad, acaba de escogerse como melodía para la nueva campaña de marca de EL PAÍS, Porque si somos más, la oscuridad es menos. “Como siempre”, se sonríe Igor, “no nació para ponerle música a nada. En origen se refería al lío legal en que nos metió nuestro primer sello discográfico, que nos tuvo un año entero sin poder publicar ni actuar. No paraban de decir mentiras, fue nuestra pérdida de la inocencia. Cualquier otro habría abandonado el proyecto, pero a nosotros nos sirvió para creer aún más en él”. Y concluye, esperanzado: “Al final, en música, política o periodismo, queremos pensar que la verdad prevalece…”.

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