MÚSICA

Bonnie Tyler: cantar 
como quien monta en bici

La icónica artista de los ochenta escoge Madrid para regresar a los escenarios después de 16 meses de sequía, el parón más prolongado de su carrera

La cantante Bonnie Tyler, durante un concierto en el Hipódromo de la Zarzuela, el 30 de julio de 2021, en Madrid.
La cantante Bonnie Tyler, durante un concierto en el Hipódromo de la Zarzuela, el 30 de julio de 2021, en Madrid.Ricardo Rubio / Europa Press

¿Conoce usted a muchos nostálgicos? Los hay a mansalva, y hasta puede que cada vez más. En el hipódromo de La Zarzuela, sin ir más lejos, se congregaron este viernes sus buenas 1.900 almas melancólicas en torno a la figura de Bonnie Tyler. Porque, por edad, predisposición y actitud, debemos asumir que la práctica totalidad de asistentes se habían dejado llevar hasta las afueras de la villa no por un compromiso de militancia melómana, sino por ese impulso tantas veces irrefrenable de la añoranza.

Podríamos abrir el debate de si Tyler merece ser referenciada como una figura incuestionable, puesto que su currículo dista de ser uniforme y se sustenta más en cuatro o cinco éxitos abrumadores que en la gloria duradera a 33 revoluciones por minuto. Es decir, todos somos capaces de desgañitarnos con It’s a heartache, y hasta de abrazarnos con cualquiera que acierte a encontrarse en las inmediaciones, aunque desconozcamos su nombre y no nos guíe ninguna intención libidinosa ni súbito impulso de socialización. Pero no hay manera de recordar que aquel himno de voz tan quebrada como el músculo cardiaco abría en 1978 un disco titulado Natural force, del que todos seríamos perfectamente incapaces de mencionar una sola canción más. 

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It’s a heartache cayó muy pronto, en el tercer lugar de la noche, porque la buena de Gaynor Hopkins (nombre real de nuestra protagonista) es lo bastante coherente como para comprender que nadie acude a sus conciertos ávido de sensaciones novedosas. Y eso que la visita madrileña de la galesa era muchísimo más que una escala rutinaria en una carrera profesional que sobrepasa ya con holgura el medio siglo. “Llevo subida a los escenarios desde los 17 años”, se sinceró nuestro rubísimo icono ochentero, “y nunca me había pasado esto de llevar 16 meses sin actuar. Por eso hasta hace solo un rato no estaba segura de si sería capaz de hacerlo. Ahora he descubierto que cantar en público es como montar en bicicleta: nunca se olvida”. 

Lo llaman empatía y Bonnie la practica a conciencia, cómoda en ese papel de entrañable vieja gloria. Porque es imposible tener un elepé de Tyler en los altares, pero más inimaginable aún que le formulemos algún reproche a una artista tan consciente de su afortunado protagonismo en una época trascendental. Los ochenta han sido tantas veces discutidos en la historia de la música popular como, en última instancia, eternamente reivindicados. Y no hay noticia de un solo detractor de aquellos años que, en un vis a vis con su conciencia, no acabe derramando alguna lagrimita al recordar cualquiera de los miles de placeres culpables que jalonaron aquella década. 

La ilustre visitante del viernes en este festival Plush Play también vive de las rentas que proporcionan los recuerdos, sin duda, pero conserva la ética y honestidad de una producción regular y frecuente, a ratos perfectamente aceptable. Su primera interpretación tras este apagón de cinco trimestres fue Flat on the floor, un blues generoso en musculatura que proviene del álbum Rocks and honey (2013), pero hace un par de años reincidió en la lista de novedades con Between the Earth and the stars, del que también dejó constancia a lo largo de la velada. Y así hasta llegar al muy reciente The best is yet to come, título más voluntarioso que verosímil: nadie con 70 añazos recién cumplidos sostendría cabalmente que lo mejor aún está por llegar. Pero alguno de sus cortes, en particular When the lights go down, está en disposición de superar los controles de calidad más exigentes.

A fin de cuentas, Bonnie conserva en perfecto estado (de devastación) esa voz áspera que la hace inconfundible entre un millón, y que es igual de característica también cuando habla entre las canciones. Y todo, consecuencia de una feliz desdicha: Tyler sufrió de joven una operación de cuerdas vocales que salió peor de lo esperado… y le estropeó para siempre la voz de esa manera tan singular. A veces, definitivamente, el destino es un cachondo mental.

A día de hoy, la septuagenaria cantante ha perdido algo de tesitura y no se atreve con las notas altas de sus de sus títulos más característicos, Holding out for a hero y, claro, Total eclipse of the heart. Ese que aún hoy la mantiene como una reina imbatible de los karaokes. Por cierto: Total eclipse… es, escuchada con perspectiva, mucho más sobresaliente y compleja de lo que acostumbran a ser los éxitos mundiales. Un mérito que debemos anotarle a su autor, Jim Steinman, uno de esos anónimos ilustres que rubricó también éxitos para Air Supply, Meat Loaf o Barbra Streisand y del que casi nadie se acordó en su fallecimiento, justo tres meses atrás. 

El clímax del corazón eclipsado sirvió a Bonnie Tyler para sacar pecho, una tentación muy humana a la que, con la pesada losa de los años, es difícil sustraerse. La cantante recordó que aquel éxito le sirvió para desbancar del número 1 de las listas a The wall, de Pink Floyd. Y también presumió, con toda la razón, de que ella había grabado Simply the best dos años antes que Tina Turner. “Tina la hizo inmensamente más popular, pero yo gané en autoestima: confirmé que era buena escogiendo el repertorio”. Todo ello mientras no paraba de sonreírnos y piropearnos y exhibir esa melenaza rubia, un rostro de lozanía impropia para la lógica de los dictados biológicos y unas uñas de un color coral tan fluorescentes que podrían divisarse, con toda probabilidad, desde el Faro de Moncloa.

Tuvo aún tiempo Bonnie, en el tramo final, para poner a prueba a los más documentados con el título más antiguo de su repertorio, Lost in France (1977), o para demostrar que puede salir bien parada, salvando las distancias, de un Turtle blues que todos asociamos a la memoria de Janis Joplin. E incluso en el último suspiro, por aquello de que ya había confianza, nos presentó a su marido, Robert Sullivan, con el que lleva 48 años de matrimonio y que asomó por el escenario para el consabido besito. “Hemos pasado buenos momentos en el confinamiento”, anotó ella con un ápice de picardía rijosa. Y que les dure, oiga: no todos los corazones van a padecer necesariamente el eclipse total de rigor. 

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