LIBROS

En busca de un nuevo esplendor para la cuesta de Moyano

La asociación Soy de la Cuesta quiere revitalizar este “pulmón cultural” de Madrid

Impulsores de "Soy de la Cuesta". De izquierda a derecha: Pío Caro-Baroja, Carolina Méndez, Andrea Reyes, Fernando Plaza y Lara Sánchez.
Impulsores de "Soy de la Cuesta". De izquierda a derecha: Pío Caro-Baroja, Carolina Méndez, Andrea Reyes, Fernando Plaza y Lara Sánchez.Víctor Sainz

Aunque ya luce el sol y empieza a hacer calor, don Pío Baroja continua, impertérrito, con su abrigo, su bufanda y su boina en lo más alto de la cuesta de Moyano. Es que es una estatua. Un poco más abajo, en una de las librerías de viejo que acompañan toda la subida, está firmando libros su sobrino nieto, Pío Caro-Baroja. Este es de carne y hueso. “Recuerdo venir desde niño con mi tío, el antropólogo Julio Caro Baroja: mi familia siempre ha vivido en este barrio y buena parte de nuestra biblioteca procede de aquí”, cuenta. Sus primeros ejemplares de Tintín, que despertaron su afición lectora, también. Los devoró en una de esas felices inflamaciones de anginas que dejan a los chavales sin ir al colegio.

La cuesta de Moyano se fundó tal y como la conocemos en 1925, después de que durante algunos años los libreros, provenientes de otra feria en Atocha, se colocaran espontáneamente delante de la verja del Jardín Botánico hasta que, tras las quejas del director, fueron ubicados en este plano inclinado. Por aquí han pasado habitualmente muchos de los grandes de la cultura española (además de los ya citados, Ramón Gómez de la Serna, Camilo José Cela, Azorín, o Francisco Umbral, que la llamó “la calle más leída de Madrid”), pero lleva años en la precariedad, temiendo por su futuro: no es el mejor momento, por las distracciones que Internet opone a la lectura, por la competencia de Amazon, por la pandemia. El hecho de que esté en una pronunciada cuesta es un hándicap de serie, pero también parte de su encanto.

“Lo de la nevada de ‘Filomena’ ya parecía un chiste, qué más nos podía pasar”, dice Carolina Méndez, presidenta de los libreros. Falta el turismo nacional, faltan los trabajadores de la zona (donde hay pocos vecinos) que ahora teletrabajan y no se dejan caer por aquí. El mayor chorro de clientes proviene de los ciudadanos que se dirigen al Retiro, que sufre cierres parciales por los destrozos de aquel temporal y los días de viento.

Para defender y buscar un futuro a Moyano está la asociación Soy de la Cuesta, fundada en 2019 por la periodista Lara Sánchez. Venía de pasar unos años en Berlín, donde comprobó cómo la sociedad civil se asociaba para defender los espacios de cultura y ciudadanía, con notable éxito. “Nuestro objetivo es llegar a 2022 con todas las librerías abiertas y dinamizar el espacio”, cuenta. Actualmente hay cuatro casetas vacías que podrían ocupar jóvenes libreros de la ciudad.

Sánchez es nieta de Pepe Berri, que fue un destacado librero de la cuesta, y delante de su librería vivió parte de su niñez. Para financiar los inicios de la asociación se valió de unas cartas de Ortega y Gasset a Ramiro de Maeztu que conservaba de su abuelo, por las que obtuvo 5.000 euros. Ahora ya tienen 60 socios, por Madrid y el mundo, pero buscan crecer mucho más. Dice detectar buena receptividad en el Área de Cultura de Andrea Levy y celebra que el Ayuntamiento haya aprobado una subvención para la dinamización del espacio. “Por el puesto de mi abuelo pasaban políticos, escritores, periodistas, gente de todas las tendencias que entablaban tertulias espontáneas”, cuenta, “pero no se trata de volver a aquellos tiempos de esplendor, sino de crear un nuevo esplendor en el siglo XXI”.

“Este es un pulmón cultural: si las ciudades pierden lugares como este corren el riesgo de desnaturalizarse”, dice Pío Caro-Baroja.

Entre las actividades de la asociación, para generar ese esplendor, se encuentran los recitales de poesía (como el que se vio recientemente en el Día de la Poesía), las firmas de libros, o la actuación en el terreno “enemigo”, es decir, mediante el audiovisual y en las redes sociales. En sus inicios liaron a una docena de escritores (como Rosa Montero, Antonio Lucas, Arturo Pérez-Reverte, Javier Rioyo o Marwan), para que realizaran pequeños videos de apoyo.

Asociación y libreros piden una revisión de las condiciones de la cuesta. Por ejemplo, que se revisen los cánones y se homogenicen: ahora van de 3.000 hasta 12.000 euros anuales, según el caso. “El Ayuntamiento de Carmena nos quitó el canon durante dos años, pero luego nos pidió que lo pagásemos todo de golpe”, denuncia Méndez, y todavía andan en ello. Ahora el Ayuntamiento les ha quitado el canon de 2020, y esperan que también el de 2021. “Nosotros proponemos un canon simbólico de 1.000 euros que apoye a la cultura”, dice Méndez, “si no, es imposible”.

Pío Caro-Baroja, entre firma y firma de su libro El cuaderno de ausencia (Cátedra), celebra la desaparición del mercadillo y la churrería que se había colocado en la parte baja de la cuesta y que le confería cierto aire turístico-pachanguero. “Este es un pulmón cultural: si las ciudades pierden lugares como este corren el riesgo de desnaturalizarse”, dice con una sonrisa triste. “Esto tiene que durar al menos cien años más”, concluye Sánchez.

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