BARRIONALISMOSColumna
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Menudo verano

Extrañábamos nuestro día a día pero no es sencillo volver al pasado porque la normalidad, no la nueva normalidad, la otra, la vieja, la que anhelamos, resulta que está en coma

Una pareja vestida de chulapos bailando frente a la iglesia de la Virgen de la Paloma y San Pedro el Real en el día de su fiesta, en agosto.
Una pareja vestida de chulapos bailando frente a la iglesia de la Virgen de la Paloma y San Pedro el Real en el día de su fiesta, en agosto.Europa Press

Qué vacaciones tan raras estas, con un montón de gente sin covid-19 que hubiera querido no ya irse a la playa sino poder salir de casa o, aunque sea, pagar el alquiler, la letra de la hipoteca, la luz o/y el agua.

Qué vacaciones tan extrañas estas en las que, pese a no tener los bolsillos en números rojos, hay personas a las que les ha faltado la salud o el ánimo y no han tenido fuerzas ni para abandonar su cama.

Qué vacaciones tan raras estas en las que los hay que han querido y podido moverse pero el miedo ha provocado que, como mucho, hayan dado vueltas a la manzana.

Qué vacaciones tan raras estas en las que, aunque el coronavirus no entienda de fronteras, en algunas partes del país se ha celebrado hasta con champán legada de turistas, pero en otras se han llenado de barricadas las calles porque lo que venían eran inmigrantes.

Esta pandemia maldita nos ha arrebatado la capacidad de imaginarnos haciendo algo en algún lugar en unos meses o en unas semanas

La tele nos ha enseñado imágenes de aeropuertos en pleno mes de julio a medio gas. También hemos escuchado declaraciones de viajeros contrariados al enterarse de que si iban al Reino Unido, tendrían que pasar catorce días encerrados porque España no dejaba de escalar puestos en el ranking europeo de contagiados. Hemos visto, con distancia o sobre el terreno, playas divididas con cuerdas azules para que el contacto entre quienes plantaban la toalla sobre la arena no superara los dos metros y mesetarios con sed de mar paseando por la orilla con bikini y mascarilla.

Personalmente, hasta el final he dudado entre cogerme los días de asueto lo antes posible, por si más adelante nos tocaba quedarnos de nuevo confinados , o esperar a después, no fuera a ser que en septiembre u octubre “la cosa mejorara”. Quedarse en la Comunidad, con su habitual derroche de calor seco y temperaturas desatadas ha acabado por ser la opción o el imperativo vital de un montón de madrileños. Este año, sin las fiestas patronales de la Latina ni de Lavapiés en el horizonte capitalino ni en ninguno de sus municipios, sin casetas ni reencuentros ni música en las plazas ni risas por todas partes. Nada.

Esta pandemia maldita nos ha arrebatado la capacidad de imaginarnos haciendo algo en algún lugar en unos meses o en unas semanas. Nos ha quitado muchos de los quehaceres cotidianos, incluso los más tediosos. Se ha llevado el paisaje humano y de costumbres que teníamos delante y al que no prestábamos atención por ser cotidiano.

Debo admitir que, mientras estuvimos confinados, yo no eché de menos tanto viajar a lugares paradisíacos como poder ver a mis amigas en el bar al que solemos ir a comer el menú del día los sábados y a mi familia. Y luego, cuando pudimos, estuve un montón de tiempo sin verlas, por si acaso enfermábamos. Creo que, en general, extrañábamos nuestro día a día pero no es sencillo volver al pasado porque la normalidad, no la nueva normalidad, la otra, la vieja, la que anhelamos, resulta que está en coma. Y ya no nos podemos reunir como queramos ni cuantos queramos. Y chocamos los codos, en lugar de estrecharnos las manos, o darnos besos y abrazos. Acostumbrarse a esto será complicado.

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