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La calidad de vida, la migración y el desahogo de Madrid impulsan a Segovia

La provincia segoviana gana un procurador en las Cortes al aumentar su población entre otros factores por los trenes a la capital y Valladolid

Marta Gómez y Julia Garrote en un parque del barrio de San Millán (Segovia). Inés Arcones

Un parque de barrio en Segovia (53.738 habitantes) retrata el escenario de la ciudad: dos mujeres con dos niños en el parque, unas chicas tomando café al sol, un negocio con la verja bajada y paseantes que charlan en idiomas extranjeros. La provincia, liderada por su capital, ha crecido hasta las 160.277 personas, cifra inédita desde 2013. Han revitalizado el censo envejecido gente atraída por la calidad de vida de una ciudad pequeña, por la buena conexión con Madrid y Valladolid y también la migración. Esta subida de población conlleva que la circunscripción tenga un nuevo procurador en las Cortes de Castilla y León, de cinco a seis, para las elecciones autonómicas del 15 de marzo. Pero Segovia también ha adquirido un vicio urbanita: el precio del alquiler está disparado.

Marta Gómez y Julia Garrote, de 36 años, vigilan los columpios. “Hay parques, zonas verdes, un cine…”, enumera Gómez; su amiga destaca la “tranquilidad” en comparación con esos lustros en Madrid que ambas, funcionarias, dejaron atrás por traslado. “Faltan oportunidades laborales y el alquiler está inviable, proporcionalmente más que Madrid”, afea de su nueva ciudad Garrote, que se muestra triste con el cierre de comercios locales.

Venida de fuera, la vallisoletana Irene del Río, de 19 años, lleva tres “super bien” en Segovia porque se puede “ir andando a todas partes y moverse en tren, bus o coche”, con media hora de AVE a Madrid o Valladolid y una hora larga en carretera: “¡Jamás me iría a vivir a Madrid!”, asegura mientras toma café con Sofía García, de Aranda de Duero (Burgos) e igual edad, que habla horrorizada de las amigas que pasan horas en el metro, aunque reprueba la paralización laboral en Segovia. La madrileña Alicia de Pablo, de 20, ensalza las posibilidades del sector primario: “Prefiero 1.000 veces el rollo de Segovia al de Madrid, es menos agobiante”.

La ciudad acoge un sinfín de chavales charlando en inglés o francés. Estudian en la IE, una universidad de élite con alumnos pudientes a quienes popularmente se le imputa el disparado precio del alquiler en Segovia, en lo alto de las capitales españolas. Pero una segoviana matiza: quizá sea más culpa de los caseros que de los universitarios. La polaca Cardin Kiwak, de 32 años, feliz en la provincia y residente en La Higuera (235 habitantes) tira del carrito de su bebé, flamante segoviano. Ella, higienista dental, comenta el aumento demográfico del sur provincial, con localidades como El Espinar a un paso de Madrid, y alaba “la calidad de vida”, pero acusa el cierre de comercios en un ambiente “laboralmente escaso”. El librero Pedro Pascual, de 55, habla ante una placa de “Menos Amazon y más barrio”. “Tenemos tranquilidad y todo a mano… ¡Y poco más! Mis amigos van y vuelven de Madrid”, señala.

El 18,5% de los segovianos son de origen extranjero, según el Instituto Nacional de Estadística, en una línea creciente entre el bajón de los nativos. La venezolana Fernanda Balcázar, de 29, observa escaparates todavía novedosos para ella, que apenas lleva tres meses en la ciudad. “La gente es amable, es bonito, tranquilo, estoy en proceso de quedarme”, anuncia esta empleada de limpieza.

El alcalde de la ciudad, José Mazarías (PP), achaca el crecimiento a “la calidad de vida, el tamaño y un núcleo cómodo” y valora la conectividad profesional con Valladolid y Madrid. Mazarías ve “prioritaria” la construcción inmobiliaria, con o sin protección oficial, para mantener el ritmo. El sociólogo David Redoli incide en el auge del alfoz urbano y esa “población inmigrante o vinculada laboralmente a Madrid”, con ciudadanos de origen sudamericano como nuevos moradores.

Una terraza frente al campus provee los primeros tintos de verano tras este largo invierno. Varias estudiantes de Derecho departen sobre su futuro: muchas intentarán quedarse. Ángela Borreguero, de 18 años, cree que Segovia “renta” porque “tiene más calidad de vida que las ciudades grandes”, si bien “suben los precios y comprar vivienda está jodido”. Claudia Cristóbal, de 24, espera al tren en una estación criticada por su lejanía al centro. Vive y trabaja en la hostelería en la turística Pedraza (335 habitantes) y baja a Madrid en AVE para ver a su familia. Volvió del extranjero hace meses “porque Madrid está saturado y no puedes comprarte un piso”. Además, allí hay “rascacielos” y aquí, dice, ve montañas nevadas.

Un enjambre baja de los vagones, como a diario, y se mezcla con turistas saciados con su visita a Segovia. David Martín, profesor de 25 años en Madrid, vive en la capital segoviana y celebra la Alta Velocidad: “Sin el tren madrugador no llegaría a tiempo para primera hora”. Él estudió en la capital viviendo en casa, “infinitamente más económico que una habitación, llevo yendo y viniendo en tren a Madrid siete años y no me planteo cambiar”. El ingeniero alicantino Joan Miralles, de 35 años, lleva tres en la ciudad tras una década en Austria. Su pareja, conquense, sugirió instalarse en Segovia para evitar “el estilo de vida y los precios de Madrid” y la elección los ha fascinado gracias también a los descuentos en el tren: comercio de proximidad, sin prisas ni agobios en un alquiler céntrico a un precio asequible. Usa el ferrocarril tres días por semana, con dos teletrabajando, y todo fluye: “Estamos encantados”.

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